Cosecha ’85

Por Paz Crovetto.

Soy cosecha ’85, modelo 5 de febrero. Para mí, el escenario de mi primer lustro, de mi primera infancia, en la que me moví desde un cuarto piso de un hospital institucional, pasando por Providencia, la ciudad de Concepción, hasta Providencia nuevamente, donde mis mañanas transcurrían en el patio de un jardín infantil. También institucional.

Me crié como una niña no se podría criar hoy: con poca tele, callejeando toda la tarde, comiendo pan con paté para la once, jugando al elástico, pegando con engrudo las láminas de mi álbum de Mario Bros, cuando era millonaria con 100 pesos.

Ir al colegio también era diferente. Hasta sexto básico no recuerdo haber hecho tareas. El recreo parecía ser más entretenido que en la media y duraba menos. Tenía dos y para cada uno había su colación. Sí, colación casera, jamás plata para comprar algo en el kiosko y, si eso alguna vez pasó, fue porque encontré alguna moneda en la casa y no la devolví.

Mis zapatillas eran marca Dolphito, aún me acuerdo de su aroma. Tenían olor a chicle. Y para el verano usaba zapatillas de lona o alpargatas Iberia. También recuerdo los zapatos Calpany, en esa linda lata verde que tantos usaron después como costurero.

Y duraban tanto las cosas, como los uniformes que por lo menos a mí no se me rompían, porque los cuidaba o simplemente crecía poco. No siempre medí el 1,75 mts. de hoy, casi toda mi escolaridad fui una de las más chicas, hasta que un día crecí todo lo que no había crecido en años de una sola vez.

Los útiles del colegio se cuidaban tanto que había que ponerle nombre a cada uno de los lápices, sacándole una lonja con un cortante. Y el estuche duraba más de un año, como la mochila. Es más, a mí me llamaba la atención ver a mis compañeros con mochila nueva todos los años, o zapatillas ¿Por qué usar unas nuevas, si las del año pasado estaban en buenas condiciones?

Las vacaciones tampoco eran como las de hoy. En la década de los noventa era difícil salir en verano fuera del país. En ese sentido fui afortunada, porque tras harto esfuerzo y gracias a que mi tía no vivía acá, pudimos ir con mi familia a Miami, donde no pagamos alojamiento, ya que la Nena tenía una casa con piezas disponibles. El resto de los años agarrábamos comida para el viaje, una mamadera con bebida Free y nos íbamos rumbo al sur, a Villarrica, a la casa de mis abuelos. ¡Qué momentos recuerdo de esa casa que aún visito! Y el paso obligado: la tienda donde trabajaba mi tía Herna, una zapatería en donde me esperaba para probarme un par de zapatillas nuevas. ¡Qué feliz me ponía con eso!

Recuerdo que de niña me mandaban a pagar las cuentas, una a una, en lugares diferentes, con efectivo. Y cada cuenta en un sobre con su determinada cantidad de dinero por separado, para no confundirse, muy distinto a lo que pasa hoy.

Mi generación conoció la bebida en determinadas ocasiones, se crió con leche en polvo, con grumos, o leche caliente con nata. Somos la generación del Cola Cao, de los monos de Hanna Barbera y de los edificios sin ascensor. Del jugo Yupi que se comía en la palma de la mano, de los 1/2 hora. Del cine con asiento reservado y de las tortas de bizcocho. De las películas en VHS y de los cassettes. De Cachureos y Pin Pon, del Perro Lenteja y Pipiripao.

Crecimos con pocos canales en la tele y nadie murió por eso. Caminábamos de la mano de la mamá por muchas cuadras, quisiéramos o no. Era la época donde todos los niños creían en el viejo pascuero hasta grandes, también en el conejito de los chocolates y en el ratoncito de los dientes.

Sabíamos lo que era el esfuerzo y de lo que costaban las cosas, por eso se cuidaban como si fueran únicas.

¿Y hoy? Hoy nos dicen la Generación Millenium, que viene a mover el piso de los más viejos. Que somos factor de cambio.

Y cómo nos ha cambiado la vida. Antes extrañaba un poco eso de ser niña. Hoy lo añoro. Lo necesito. Quiero volver al tiempo donde mi preocupación máxima era andar en bici y comer limones con sal, cuando daba lo mismo dónde iba, porque no era peligroso como hoy darse una vuelta solo, ir al supermercado de la esquina con 7 años, sin más compañía que las manos sucias y las monedas justas para comprar pan.