La Democracia Cristiana y el candidato único

Por René Marchito.

Lo dijo en una entrevista con La Tercera: “Sería extraño competir con Lagos en las próximas elecciones”. Son palabras de la actual presidenta del Partido Socialista, senadora Isabel Allende, quien está tratando de posicionarse como candidata presidencial, pero que aún no ha podido despegar. Ni siquiera figura en las encuestas.

Lagos, el ex Mandatario que hace algunos meses atrás afirmó que “Chile está viviendo su peor crisis política desde el Golpe de Estado”, reafirmó las declaraciones de la senadora Allende y dijo que efectivamente sería raro que dos candidatos que piensan de forma similar compitieran por la próxima administración del país. Así las cosas.

Más allá de estas supuestas coincidencias entre ambos partidos oficialistas, sus dirigentes buscan un anhelado objetivo, el cual parece concitar el apoyo mayoritario tanto del PS como del PPD: llevar un candidato único a las próximas elecciones presidenciales. Parece lógico, considerando que el Partido Radical levantara a su propio abanderado, a pesar de que éste dice (inexplicablemente) no estar oficialmente en carrera, aun cuando actúa y habla como candidato.

A la presidenta de la Democracia Cristiana, diputada Carolina Goic, no le cayeron bien ni estas declaraciones ni las que emitió posteriormente el ministro secretario general de Gobierno, Marcelo Díaz, quien apoyó (y evidenció) la idea de un candidato único. La DC está inquieta, expectante y, por qué no decirlo, resentida por cómo se han llevado estas negociaciones (¿secretas?) entre el eje PS-PPD. Pero ojo, estos estados anímicos en el partido no obedecen únicamente a un comportamiento reciente de la falange, sino que desde que comenzó la actual administración.

Profundas diferencias en cuanto a las reformas impulsadas por el Gobierno; temas valóricos de los cuales no han podido ponerse de acuerdo con sus socios, pese a que previamente estaban establecidos en el programa de Gobierno; y la falta de respaldo a algunos de sus ministros, parecen ser la punta de un iceberg que refleja un tema mucho más complejo, acaso un divorcio insoslayable entre el eje de izquierda del Gobierno (el mayoritario, desde mi punto de vista) y el sector más conservador de la Democracia Cristiana que ha trabado la aprobación de varios proyectos de ley.

Hay dos preguntas que habría que hacerse en este momento político del país. La primera se refiere a la continuidad de la Nueva Mayoría como conglomerado, entendiéndose con esto a la extraña convivencia entre el Partido Comunista y la Democracia Cristiana. No son desconocidas las viejas y actuales disputas, aunque no deja de llamar la atención el fuerte gallito que han sostenido distintos dirigentes en cuanto a la implementación de las reformas. El problema es que la DC no entendió nunca que estas transformaciones venían previamente establecidas en el programa de Gobierno, por lo que la tozudez con que han actuado algunos de sus más insignes parlamentarios se entiende solo bajo la lógica del anacrónico conservadurismo que los caracteriza. Si este pacto de Gobierno va a continuar, lo que tienen que hacer los máximos dirigentes de todos los partidos que la conforman es sincerar posturas, comprometerse a cumplir el próximo programa con sus respectivas reformas y dejar de lado las disputas de poder al interior del Ejecutivo, porque al parecer, sería eso lo que motiva a la DC a mantenerse en un bloque junto a los comunistas.

El segundo cuestionamiento se refiere básicamente a las intenciones que tiene la Democracia Cristiana. Si sus ambiciones están orientadas a una mera presencia en el Gobierno, entonces será difícil que en un eventual nuevo pacto existan coincidencias entre los distintos componentes. El país –debe entenderlo y leerlo la DC– ya está embarcado en una serie de reformas que apuntan a mayor igualdad, gratuidad en educación, pluralismo y derechos sociales exigidos por la propia sociedad. En ese sentido, viejas posturas falangistas no coinciden con la agitada agenda propuesta por los denominados partidos más de izquierda del Gobierno.

La idea de un candidato único no es un disparate. Es la consecuencia de estos casi cuatro años de Gobierno en que nos acostumbramos a situarnos como espectadores de una vieja riña entre la DC y los sectores más liberales, aquellos que por cierto ven con desconfianza re-pactar con el sector que trabó mayormente la aprobación en el Congreso de las distintas reformas.

Pero si hablamos de candidato único (PS-PPD) también tenemos que referirnos a qué tipo de dirigente será el que represente al eventual nuevo eje. Lagos no concita el apoyo mayoritario y es lógico, tomando en cuenta de que es un político con ideas añejas, acostumbrado a ceder ante el poder de los grandes grupos económicos y por ende, más inclinado a la hipócrita alianza público-privada.

De convertirse Lagos en el eventual candidato, no sería extraño que la Democracia Cristiana cerrara filas en torno a él. De hecho, algunos viejos políticos ya lo han dejado en evidencia en algunas declaraciones a la prensa. Más que mal es una dirigente que podría representar sus intereses, sobre todo en eso que dicen que es un político con una intachable trayectoria con capacidad de negociar.

De manera contraria, la Democracia Cristiana tendrá que buscar un nuevo hogar político, levantar un candidato propio o bien, tomar esa disparatada (¿?) idea que alguna vez tuvo don Carlos Larraín cuando propuso una alianza política entre Renovación Nacional y la falange. Claro, algunos pusieron el grito en el cielo, pero yo fui uno de esos a los cuales no le pareció una idea tan surrealista.



Categorías:Chile País Generoso

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