Capítulo 1: El niño índigo

Por Aldo Berríos.

Como pecas, pagas. Así dice el refrán. Y debe ser cierto, porque yo estoy lleno de pecas y también de deudas. Nunca llego bien parado a final de mes. No me alcanza con lo que gano, aunque le haga empeño o le prenda velitas al santo de turno las cuentas me sobrepasan. Culpa mía por dedicarme a satisfacer meras obsesiones. La escritura es una de ellas, la punta del iceberg que mantiene encerrada a mi persona.

Esta columna vendría a representar mi lado B, la cara oculta de una pluma. Para empezar, debo decir que los escritores somos muy similares a los niños, vivimos pegados en una eterna fase de aprendizaje. Mientras más estudiamos, menos sabemos. Nos dedicamos a atrapar ideas que son como globos en el aire, para luego inflarlos un tiempo y volverlos a soltar. Somos inútiles, hermosamente inservibles.

Volviendo a la infancia, recuerdo que cuando chico me obligaron a repetir la frase «mi mamá me mima» hasta el cansancio para aflojar los labios, pero nunca me enseñaron que los papás funcionan de manera distinta. Por eso tuve que recibir con aplomo varias sacadas de cresta, porque le tironeaba los pantalones a mi viejo esperando que me quitara el miedo. Igual tengo que aceptar que yo era un pendejo molesto, uno de esos cabros chicos con los cachetes rosados, con los ojos repletos de inocencia. Algo así como un niño índigo. Entonces me hizo bien que mi papá usara su cinturón de cuero, incluso lo agradezco, pues cada castigo que he recibido durante esta vida me ayudó a cambiar de mentalidad. Hace algunos años atrás mi padre falleció en un accidente de tránsito y ahora con suerte lo veo en el espejo.

Para entender a los seres de letras tienes que pensar en esos magos que sacaban conejos desde elegantes sombreros. Cabe decir que las boinas pasaron de moda, ya no se usan. El único problema con estos magos es que necesitan vivir arraigados a la soledad del mundo, buscan sentirse enfermos para funcionar como deben. A ratos parecen animales inconsecuentes, por ejemplo consumen alimentos salados para obligarse a tener sed. En los bares saben perfectamente de lo que hablo, porque si te ponen maní en la mesa es para seguir bebiendo. Y todos empezamos con la cerveza, pero tarde o temprano llegamos a especializarnos en tragos más fuertes. De eso se trata la cosa.

Esta teoría también se aplica al conocimiento, que es como el maní de la mente. Tan solo basta con recordar a los sofistas, los mayores mentirosos que ha conocido la humanidad. Para ellos la vida era un choque entre sus conceptos elevados y el conocimiento de los demás. Casi nadie sabe que los sofistas siguen vivos, se refinaron hasta convertirse en esos mercaderes que tanto detestamos y conocemos, de esos que salen en la caja tonta. Creo que evolucionaron para perder una cola que les estorbaba: el orgullo propio. Lo dejaron atrás y ahora simulan modestia a la hora de atendernos. No es que sean serviciales, por supuesto que no. A ellos solo le interesa que no se les muera el negocio.

Por mi parte sigo comiendo maní a dos manos, pues aunque entiendo que es un anzuelo para fomentar el alcoholismo, los encuentro demasiado ricos. No me importa que engorden como endemoniados ni que dejen la piel grasosa, porque así funcionan los círculos viciosos. La necesidad te hace sentir que solo tu vicio te entiende.

Detrás de cada miseria hay un gesto involuntario, podríamos llamarlo el impuesto a nuestra felicidad. En el ejemplo de la cantina es fomentar la borrachera, mientras que en el caso del conocimiento es sentirnos cada día menos estúpidos. De hecho aquel impuesto ha venido creciendo, porque si antes las cosas valían su precio en dinero, ahora también valen «el tiempo invertido». Así de civilizados estamos, nos creemos tan elevados que hasta sentimos molestia cuando nos quitan el tiempo.

Yo pienso que las cosas no son siempre del color que creemos. Es más, una conversación no tendría por qué convertirse en un monólogo de político para que la podamos sobrellevar. Algunos darían lo que fuera para andar por la vida sin que los interrumpan. Sin el estorbo.

Cada vez existen más daltónicos emocionales, de esos que no pueden apreciar este mundo con todos sus gradientes y escalas de grises. Es sencillo reconocerlos, porque normalmente están pintados en blanco y negro. Así, bien distintos. Indiferentes.

Cuando achino los ojos juraría que algunos están cubiertos de polvo dorado, nunca he dejado de odiar a la gente que se toma demasiado en serio. Cosas de escritor, supongo. De alcohólico y niño índigo.



Categorías:La columna del capitán Trueno

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1 respuesta

  1. Esta columna me suena a una tonada que suena como parapapaaaaam…. padabadapatbatt, tipo jazz de fondo, en un lugar oscuro y con humo.

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