Si te he visto… sí me acuerdo

Por Paz Crovetto.

Es cierto, la vida es rutina. A veces es tedio, a veces más rutina. Una como madre la aplica, porque los niños la necesitan y sí, soy una convencida que con ella son más felices. Porque mi hijo sabe que después de comer le toca bañarse y va solito al baño a llenar su tina.

Mi vida también es rutina y a mí me conviene que sea así, porque me perturban las cosas que no son programadas y generan ansiedad en mí. Sé que a veces es necesario “chasconearse” y salir de la zona de confort. Lo hago, no tan seguido, pero lo hago a propósito, para ver si era o no tan terrible como pensé. Imagino que no soy la única que piensa esto, pues lo veo a diario.

Esta rutina mía empieza bien temprano en la mañana. Me carga correr a esa hora, porque llego acelerada al trabajo y eso, para una persona que ya es acelerada es terrible. Por eso dejo todo listo el día anterior: mis cosas, la mochila y ropa de la guagua, la mamadera y el agua lista. Además, tengo todo a mano para evitar perder tiempo, ya que considero que empezar tan rápido a primera hora no es sano.

Salgo a las 7.30 de la mañana, me subo al auto con mi crío y mi marido, llego a la sala-cuna, me bajo con la guagua, mi marido entra el coche y mi mochila, dejo a la guagua, agarro mis cosas y corro al trabajo, donde entro a eso de las 8. Llego transpirando igual que caballo de carrera y eso que está todo cerca. Tengo la ventaja de trabajar muy cerca de donde vivo y tengo a mi hijo –también estratégicamente– en una sala-cuna cercana.

He transitado este mismo camino desde hace años, aunque tuve que cambiarlo un poco cuando nació el Rena, para ir a dejarlo antes de llegar al trabajo. Por tanto, me desvié un par de cuadras en mi periplo matutino y me encontré con gente que no conocía y aún no conozco, pero que como las veo a diario ya son parte de mi paisaje.

Si pudiera describir cómo ha sido el ver a gente todos los días, sería algo así:

El primer encuentro es el de dos perfectos desconocidos. Ni siquiera nos miramos, simplemente pasamos el uno frente al otro, sintiendo la brisa de un cuerpo que camina hacia ti. Con el paso de los días y las semanas, ese encuentro deja de ser casual y las miradas se empiezan a encontrar, pero no de manera romántica. Ya no pasamos tan rápido y siempre esperamos vernos en el mismo lugar, lo que sirve de punto de referencia para saber si estoy atrasada o no.

Cuando ya han pasado meses desde ese primer encuentro, la situación cambia, empieza a asomarse una sonrisa de cortesía, porque casi se ha entablado una relación. Y si llevamos años viéndonos, nos saludamos, compartimos algunas palabras, como ocurrió antes de cambiar a mi hijo de jardín. Como al papá que veía todos los días con su hijo siempre en el mismo lugar. Las veces que no coincidimos en esa esquina fue porque él iba atrasado a tal punto, que lo veía casi dos cuadras después de lo acostumbrado. Él, con un paso apurado, solo movía sus cejas en señal de “voy muy atrasado”.

O como la señora que caminaba siempre muy apurada por Hernán Cortés, a quien vi mucho tiempo, pero que nunca intercambiamos una mirada, una sonrisa o una palabra. Es que las relaciones no hay que forzarlas, creo yo.

Hoy, la realidad es otra: el Rena va a otra sala-cuna, también en un lugar cercano a la casa, incluso más que antes, lo que ha hecho que la rutina cambie un poco y el camino también.

Como me voy en auto, ya no puedo interactuar con esas personas de la manera que lo hacía antes. Sigo viendo a algunos, pero de lejos, desde la comodidad de un auto apurado mientras ellos caminan, contrarios a mí, como la señora anterior que sigue siendo mi reloj y me recuerda si salí antes o después de lo necesario.

Veo otras caras, pero no olvido las anteriores, a esas que sí he visto, de las cuales sí me acuerdo, como parte de la rutina de mi vida de madre, que me recuerda que cada mañana no se puede vivir con la tranquilidad que uno quisiera, porque tener un bebé en casa revoluciona a cualquiera, incluso a alguien tan rutinario como yo.