“La embriaguez de Noé”, de Juan Cortázar

Por Julio Rivera.

Cuando decimos que la literatura tiene que impactar desde el principio hasta el final, no estamos haciendo una simple referencia a las imágenes que el autor debe utilizar en la confección del relato, sino que también a cierto manejo de “polémica” en cuanto a los temas que abordará.

Digo lo anterior, porque un buen ejemplo para consultar y citar es lo que se da en La embriaguez de Noé (Luna de Sangre, 2016), del escritor Juan Carlos Cortázar (Lima, 1964). La obra está compuesta por dos historias, ambas poseedoras de todas las características necesarias para ser consideradas novelitas.

La palabra “polémica” no está usada al azar. Los cuentos tienen como denominador común la homosexualidad, la sexualidad y la religión. Me parece justo ubicar las tres palabras en ese orden, dado que el desarrollo de ambos trabajos narrativos se estructura en base a esos tres factores que en ningún momento se intentan esconder, sino que, por el contrario, el autor los expone con franqueza. Punto a favor, tomando en cuenta que la literatura poco a poco está perdiendo ese pudor al que estábamos malacostumbrándonos.

En La embriaguez… el narrador es un jovencito que sugiere cierto desasosiego y algo de celos, la voz encargada de entregarnos la panorámica de lo que le está sucediendo a Cristián apenas cumple cincuenta años; el protagonista decide hacerse prostituto. Se trata de un deseo que sugiere no solo anhelos sexuales, sino que también el inicio de una nueva etapa. Parece apropiado establecer dicha hipótesis, tomando en cuenta que el autor construye a su personaje en base a sueños y fantasías. Hay sugerencia al inicio de una segunda etapa en la vida de Cristián, quien desea hacerse prostituto exclusivamente para hombres mayores.

La pregunta obvia que surge es por qué y no para qué. En ese sentido, Cortázar maneja adecuadamente la tensión, el suspenso y las insinuaciones de que a cierta edad todos comenzamos a sentirnos aburridos, que caemos en una suerte de monotonía diaria y que la única solución que podría salvarnos es sentirnos vivos. Aparecen otras temáticas manejadas sutilmente, tales como la vejez y la vergüenza, aunque en el sentido de la reivindicación, dado que el protagonista lucha de manera invariable contra la naturaleza del tiempo.

El nombre que le da el título a esta novelita, La embriaguez de Noé, proviene de una escena bíblica que Miguel Ángel se encargó de retratar en la Capilla Sixtina; ahí aparece Noé, desnudo y con sus genitales arrugados, colgados, mustios. Este es el componente religioso al que me refería en un principio. Ahí también está presente la desvergüenza, el hecho de mostrarnos tal como somos.

El segundo apartado del libro es Animales peligrosos, en el cual se registra el homicidio de dos curas homosexuales (religiosidad y homosexualidad, otra vez) que es planeado por ellos mismos. La escena no deja de ser épica, en el sentido de los factores que rodean su muerte; factores eclesiásticos y sociales, claro. Hay polémica en el texto y eso se agradece, pero también una serie de críticas a la hipocresía de la curia mundial.

Ambos textos funcionan como un todo, como un libro que está compuesto por dos novelitas, cuyo denominador común son los conceptos y argumentos narrativos. Hay un manejo adecuado de la ironía, una escritura pulcra y ágil que no busca metáforas rebuscadas ni tampoco innecesarias.

Juan Carlos Cortázar sabe y entiende que tiene que ser así, dado que con ambos textos busca asombrar, pero también exponer ciertos temas que, poco a poco, vuelven a estar en pauta, aquellos que con el tiempo fueron perdiéndose: homosexualidad, sexualidad y religión.