De pokemones y cabezas gachas

Por Paz Crovetto.

Soy treintona, mina y poco amante de la animación japonesa. Pero algo en mí hizo que, siendo más joven, amara una serie en particular: Pokémon. Yo creo que fue porque vi a Pikachu y lo quise para mí en ese mismo instante. Así es que me dediqué a averiguar entre mis compañeros de curso dónde daban la serie y en qué capítulo iba. Todos ellos me miraron con cara de “¿cómo es que no sabías de la existencia de esos monos?”. No sabía, pero quería hacerlo y pedí que me contaran de qué se trataba.

De alguna forma fui a parar al canal Cartoon Network, ese mismo donde veía los monos de Hanna Barbera cuando era chica. Ahí transmitían Pokémon, por lo que comencé a familiarizarme con los personajes, los equipos, quiénes eran los buenos y quiénes los malos. También supe que los pokemones, que para mí eran como mascotas, se guardaban en unas bolitas rojas con blanco, de las que salían cuando Ash decía el nombre de alguno de ellos,  seguido de un “yo te elijo”. Y ahí aparecía un gran pokémon en la pantalla.

Al pasar el tiempo me di cuenta que estos animalitos —eso eran para mí—, se dividían en categorías tales como bicho, dragón, eléctrico, fantasma, fuego, agua, lucha y tantas otras. No solo eran 150 mascotas para derretirse de ternura (no todos, porque habían algunos bien feos), sino que también evolucionaban. Me llevé una tremenda sorpresa cuando lo supe. ¿Cómo podía ser posible que una criatura tan bella como Charmander se convirtiera en Charizard? Me costó entenderlo.

El tiempo seguía pasando y seguían dando Pokémon, con diferentes nombres y muchos capítulos. Me había costado una eternidad el poder aprenderme cada uno de los nombres con su respectiva evolución, así es que desistí de continuar viendo la serie que tanto me cautivó cuando llegaron las nuevas generaciones. Desde entonces que nunca más supe de monos japoneses (los Súper Campeones no cuentan, ellos son INSUPERABLES).

Ya en mi vida adulta, creí que el nombre de aquella serie era meramente un recuerdo, hasta que escuché al paso a alguien hablar  de un nuevo juego que se lanzaría mundialmente. No le di mayor importancia porque no uso mi celular para jugar, por lo que no me entusiasmé nada. Salvo ESE día, cuando supe de un tal PokémonGo, el juego que la iba a romper, que te hacía interactuar con la realidad. En ese momento volvió a mí la nostalgia de un Pikachu amoroso, apretable, o de mi adorado Charmander. Estaba un poco ansiosa por el lanzamiento, lo que se acabó cuando me di cuenta de lo que generó ese juego las primeras semanas de su funcionamiento: todos caminando ensimismados, metidos en el celular sin mirar para el frente. Me sorprendió ver la cantidad de gente de mi edad juntándolos como si se fuera a acabar el mundo, y se multiplicaban, porque estaban parados en todas las esquinas y parques esperando para guardarlos en sus pokebolas.

No había gente que no hablase del tema, de que su celular no soportaba el peso del juego o de cómo se le iba la batería por el uso del GPS, porque ese programa te ubicaba los bichos que andaban dando vuelta cerca tuyo. Si hasta el lugar en donde trabajo es Estadio Pokémon. Sí, estadio, porque también se puede pelear entre pokemones. Basta ir a un estadio, sacarlo de la pokebola y ponerse a pelear, aunque hay que tener cierta experiencia para hacerlo.

Vi gente chocar con otra por andar “pajareando”, también vi gente caerse, escuché de accidentes en las calles por culpa de conductores que iban cazando pokemones. Fui testigo de cómo un papá hacía un tremendo taco a las 7:30 de la mañana para parar el auto, ya que su retoño “necesitaba” cazar un pokémon. Muchos descuidaban a sus hijos en la plaza por capturar un bichito. Hasta ahora he visto demasiadas situaciones extrañas y graciosas. Por eso prefiero quedarme en el pasado, abrazando a mi Pikachu de niña, viendo cómo ponía caritas lindas o cómo se enojaba muy fuerte, antes de andar todo el día pendiente de mi celular. El único tesoro que me interesa es encontrar pan fresco.



Categorías:Vida en Paz

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