Felipe Olavarría: “Hay necesidades sociales que no deberían depender tanto de la cortesía”

  • La fundación Miradas Compartidas, dedicada a la inclusión de jóvenes con capacidades intelectuales diferentes, cumple cinco años de existencia y la celebración incluye un recital de la primera banda conformada por músicos en esa condición. Pese a que la temática ha sido visibilizada con mayor fuerza entre las autoridades, desde la entidad subrayan que aún hay una mala gestión por parte del Estado.

Por Felipe Valdivia.

Compromiso. Esa parecer ser la palabra clave para entender el merecido espacio que la fundación Miradas Compartidas ha logrado ganar en su lucha contra la discriminación. De hecho, el concepto compromiso se repite en varias de las respuestas que el Gerente General, Felipe Olavarría, nos entrega para explicar el enorme trabajo que vienen realizando con chicos de capacidad intelectual diferente.

Hasta la fecha poseen 12 proyectos que funcionan de manera simultánea, entre marzo y diciembre, que incluyen fútbol, natación, teatro, radio y pintura, entre otros. Más de 190 familias se han visto beneficiadas, de las cuales el 75% se encuentra becada.

Parecen cifras sustanciales, pero lo cierto es que aún no es suficiente, reconoce Olavarría. Le gusta que le digan Pipo. Precisamente en la fundación lo llaman de esa forma, dejando en evidencia la coordinación que existe entre los integrantes de esta entidad sin fines de lucro.

Su trabajo no es menor, pero funcionan a través de dos líneas de acción: las academias de Deporte y de Talentos, cuyas disciplinas son utilizadas como vehículos de inclusión, a cargo de profesionales de primer nivel que guardan directa relación con lo que están enseñando.

El único objetivo es mejorar la calidad de vida de estos adolescentes para una verdadera inclusión, convirtiendo ese anhelo en una suerte de utopía social.

Parece una idea titánica, especialmente en Chile: “Hemos ido avanzando de a poco, falta mucho camino por recorrer. Ahora están más expuestos y eso lo encuentro positivo, porque ya no los tienen encerrados”, afirma Pipo Olavarría.

—De todas formas, durante los últimos años, se ha hablado mucho del concepto de inclusión social.
—Se habla de inclusión en los colegios, pero al final no se les exige lo que les corresponde y siempre son los bichos raros de los cursos. La gente no sabe de discapacidad intelectual, hay mucha ignorancia con relación a este tema y prefieren relegarlo a un segundo plano.

—¿Qué cosas faltan por mejorar?
—Muchísimas cosas. Por ejemplo, ahora los discapacitados tienen derecho a voto y la gente lo encuentra extraño. Se habla de inclusión laboral, pero todavía no existe una accesibilidad real a sus beneficios.

—En ese sentido, el trabajo que ustedes hacen es fundamental.
—Siempre nos dicen: «¡Qué bonito lo que hacen!». Yo los quedo mirando y respondo que hay necesidades sociales que no deberían depender tanto de la cortesía. El día en que esa concepción arrogante desaparezca todo será distinto. Esto no es algo bonito, es algo urgente y apropiado para que nuestra sociedad funcione como debería.

—¿Qué falta para que Chile sea realmente un país inclusivo con jóvenes de capacidad intelectual diferente?
—Primero que todo, el apoyo del Gobierno. Después de eso, tenemos que crear un país más amistoso para que se puedan desenvolver las minorías, las personas con discapacidad intelectual no tienen oportunidades para surgir porque no se las dan. No creo mucho en la inclusión que se supone que tenemos en Chile. Todo está hecho a la rápida, mal diseñado, es una mala copia de los modelos que funcionaron en otros países, donde sí se daban las condiciones para sacar adelante esos planes de acción. Y así, suma y sigue. Los chilenos somos poco tolerantes, todavía no aguantamos las diferencias.

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Actuar más y no hablar tanto

En Chile existen 320 mil personas con discapacidad intelectual y la deuda que hay con ese universo –enfatiza Olavarría– la tiene toda la sociedad, aunque sindica al Estado por culpa de su mala gestión.

En ese sentido, subraya la necesidad de aumentar el presupuesto para que se fomenten mejores programas y beneficios: “Como todo en la vida, lamentablemente esto se soluciona con plata; también hace falta tener una buena administración para mantener el proyecto a lo largo del tiempo”.

—¿En estos cinco años de existencia de la fundación, han tenido la oportunidad de participar en debates públicos?
—Cuando me invitan a exponer sobre discapacidad no voy, porque siento que es perder el tiempo. Nosotros somos más de actuar y no de hablar tanto. Por ejemplo, cuando falta una escuela de fútbol en Ñuñoa vamos a una empresa, coordinamos con Zamorano y le damos a 20 cabros la posibilidad de recibir horas de fútbol de primer nivel gratuitas.

—¿Entonces qué le pedirías al Estado?
—Que mejoren el nivel de los educadores diferenciales. Recuerdo que cuando estudiaba esta carrera en la Católica de Valparaíso, los profesores eran bien pencas, solo unos cuantos se salvaban. Cuando les dije que quería crear una fundación para mejorar la calidad de vida de personas con discapacidad intelectual, ellos me respondían: «No sea iluso, que usted y todas sus compañeras van a trabajar en una escuelita en la punta de un cerro y van a ganar tremendo billete».

—¿En serio te decían eso?
—Discutía mucho con ellos, porque no te motivaban. Al final me terminaron expulsando de la carrera cuando iba en cuarto año, por echarme un ramo que se llamaba números romanos.

—Otro signo de cómo funciona la sociedad chilena…
—Acá las personas no saben qué es la discapacidad intelectual. Siempre la asocian al Síndrome de Down (que es un tipo de discapacidad intelectual) o visualizan a un niño del «Pequeño Cottolengo», siendo que hay un universo de síndromes en relación a esta discapacidad.

—¿Crees que Chile es un país inclusivo o aún discriminamos a los chicos y chicas con capacidades diferentes?
—Hay tantos estigmas al respecto. Por ejemplo, le dan a las personas con Síndrome de Down una connotación sexual, los tildan de calientes. Nada más lejos de la realidad. Estos mitos urbanos son parte del problema.

—Nos hace falta romper esquemas…
—Con las personas que tienen Síndrome de Down tú puedes hablar prácticamente de todo y siendo bien estimulados también se vuelven personas maravillosas. Tienen mucho por entregar. Eso es lo que falta en este país, que les propicien una oportunidad para que nos enseñen su verdadera identidad.

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Cinco años de servicio

El escenario, en todo caso, no es tan pesimista. De hecho, Pipo Olavarría comenzó este proyecto en España en 2008, donde implementó una iniciativa similar a Miradas Compartidas. Claro que la sociedad europea es distinta a la nuestra. No hay punto de comparación en todo ámbito de cosas.

En España lograste posicionar la idea de inclusión con bastante éxito. ¿Cuál era la realidad de nuestro país en esta materia cuando comenzó la fundación?
—España es uno de los países más modernos en cuanto a temas de inclusión. Van 20 años adelantados a Latinoamérica, así que imagínate cómo era el panorama en Chile cuando llegué con la idea de generar inclusión a través de la entretención. Las instituciones me miraban como si estuviera loco.

—¿Cuáles son los hitos más importantes en estos cinco años de vida de la fundación?
—El primero es que hayamos podido consolidar un equipo comprometido con el proyecto. Aquí somos circo pobre, todos hacemos de todo. El compromiso que tenemos es súper importante para que esto funcione. Tarde o temprano nuestro proyecto dejará de ser tan audaz para la gente, esperamos que las empresas también se adhieran a esta noble causa que se renueva día a día.

¿Qué significa para ustedes el potenciar la inclusión de estos jóvenes?
—Todos tenemos la misma visión, que es otorgarles el espacio que ellos se merecen en la sociedad. Esto lo abordamos desde la normalidad y no desde la lástima, que es lo que se suele hacer. Lo pasamos bien con ellos, hemos conseguido que generen redes de amistad y que tengan un sentido de pertenencia que muchas veces no tienen. Eso es la raja.

—Cumplen cinco años y lo celebrarán con un gran evento, en el que la banda musical Los Compartidos –primera banda inclusiva del país– ofrecerá un recital. ¿Qué sienten al presentarse en un escenario con tanta gente?
—Este es un gran proyecto que venimos desarrollando hace casi cuatro años de la mano de Audiomúsica. Nos propusimos hacer una banda de rock, liderada por personas con discapacidad intelectual, liderados por un gran músico (Jorge Mercado) que se dedica a formar bandas de rock. La verdad es que no sé qué sentirán. A veces pienso que no tienen mucha conciencia de lo que vamos a hacer. Ellos se juntan a tocar y con eso vibran.

—¿Existe alguna palabra o concepto que no puedan decir estos chicos y chicas, tomando en cuenta que los pueda eventualmente frustrar?
—Que digan lo que quieran, siempre y cuando no le falten el respeto a nadie. Son libres.

—¿De aquí a cinco años más crees que la sociedad chilena será realmente inclusiva?
—Ojalá.