Capítulo 2: El héroe contra la sociedad

Por Aldo Berríos.

No quiero vivir en una sociedad perfecta. No me interesa saberlo todo. Soy un tipo con buenas intenciones, le deseo lo peor a la mayoría porque sufriendo se fortalecen. Con la escritura sucede algo parecido.

Como te diría un empleado bancario, las inversiones a largo plazo son más riesgosas pero también nos dejan mejores dividendos. Suena extraño, dado que como hoy nos movemos en un contexto que quiere las cosas a la rápida, los proyectos normalmente se quedan a medias, se desinflan. Ya nadie pretende esforzarse para conseguir sus ideales, ni mucho menos chocar de frente con las consecuencias de sus propios actos. La ley de causa y efecto no tiene cabida en ciertas cabezas. El mundo se llenó de profesionales y ahora faltan técnicos. El arte se llenó de técnicos y ahora faltan profesionales.

Confieso que cuando aparecieron los libros electrónicos puse cara de escéptico. Es una reacción normal cuando crees que te van a cambiar o quitar algo que amas. En este caso serían los libros físicos. Pero cuando me regalaron un Kindle mandé el idealismo a la cresta en una semana, más que nada por una cuestión de comodidad. El clásico ejemplo sería que cuando te vas de vacaciones puedes llevar cientos de libros en uno. Es verdad que se pierde un poco la magia de leer en papel, sobre todo cuando tocamos aquel tema de los aromas. También me da mala espina que no envejezcan de manera natural y progresiva como los libros, que no se vayan gastando las páginas que más hemos leído cuando estamos tristes.

Hoy te venden esa pomada de que los libros electrónicos socializan la lectura y te brindan interacción con otros, pero no sé, porque yo siempre leí para abstraerme del mundo normal, entonces estoy confundido con respecto a eso.

Recuerdo que durante una firma de libros en Filsa, una vez se acercó un joven para enseñarme que tenía mi novela en su Kindle. Pero como soy súper volado, le firmé el libro electrónico con un plumón de punta fina. Son detalles graciosos, nada terrible.

El tema de fondo es que los libros en formato electrónico evolucionan a pasos agigantados, de hecho se está poniendo de moda vender relatos cortos a precio de huevo. Escritores de la talla de John Grisham se están adhiriendo a esta moda de llenar los mercados chicos. Por menos de un dólar te llevas un texto que vas a leer en un par de horas. Eso valen las letras.

Así como Haruki Murakami recibió el Premio Christian Andersen para que no se sintiera tan mal por haber perdido el Nobel de Literatura ante Bob Dylan, todas las cosas tienen su lado positivo y su lado negativo.

Porque ahora incluso encontraron la manera de leer sin abrir los libros. Es cierto, aunque por el momento solamente los arqueólogos e historiadores podrán acceder a esta tecnología. Con el paso del tiempo las páginas vendrán a nosotros y no viceversa. Poco a poco estamos descifrando la forma de volvernos más flojos. Todo un logro, a mi parecer.

La cultura del ocio no es un problema, de hecho posee una fuerte dosis de realismo. Nuestra sociedad se asemeja mucho a esas señoras que andaban siempre con su tejido en la cartera. Tampoco las culpo, porque no tener algo que hacer debe ser bien terrible. Sin embargo, yo nunca he entendido a la gente que se aburre, porque es súper sencillo buscarse un pasatiempos, si son de lo más entretenido que hay. En ese lugar del cerebro donde antes teníamos la imaginación, ahora queda un espacio vacío.

Cuando era más chico tenía un pasatiempos que usaba como ritual de sanación y catarsis. Se trataba de jugar a ser peligroso, así como cuando alguien se pone a hacer circulitos de humo mientras fuma. Uno solamente parece amenazante, pero sin hacerle tanto mal a nadie. Mi ritual consistía en juntar neumáticos viejos a la entrada de mi casa, apilarlos durante toda la semana con el mejor orden posible. Cuando al fin llegaba el bendito domingo, me aproximaba a la pila de neumáticos y comenzaba a lanzarlos hacia la calle. Había un enorme relajo en verlos correr todos ordenaditos y simpaticones. El juego me duró hasta que un adulto se acercó a preguntarme por qué hacía lo que hacía. Curiosa pregunta para un niño. Hasta ahí no más me llegó el recreo mental, porque los adultos nunca van a ser vivarachos ni tampoco van a entender una cabeza abierta. Supongo que esa es la gracia de las edades, experimentarlas en carne propia.

Ahora que estoy grande y ya soy un tipo serio, anhelo mucho aquellos momentos de mi niñez. Tampoco he olvidado a ese viejo que me echó a perder el amor por los neumáticos sin rumbo. Porque la historia todavía no ha terminado: ese tipo quiso sentirse joven un rato y lanzó el neumático más grande que encontró hacia la calle. El muy tarado trató de jugar como yo, pero le salió todo mal. Justo venía entrando un auto de esos redondos. Ya saben, de esos que nos obligan a decir «poncho» y golpear al primer incauto que tengamos cerca. La cosa es que el poncho le hizo el quite al neumático y chocó contra un manzano que solíamos robar junto a los demás cabros de la cuadra. Y yo me di cuenta del desastre que había dejado el viejo, mientras él se tapaba la boca en señal de idiotez. Así de rápido volvió a tener la edad que le correspondía. Yo corrí como si me persiguiera el diablo, en este caso el pecado de alguien más. No quería que me echaran la culpa de un crimen que no había cometido. No tenía ganas de irme preso, mejor que enjaularan al viejo por dárselas de Peter Pan. Lo dejé solo frente a su desgracia y no me arrepiento en lo absoluto. Aunque se veía arrepentido de corazón, tampoco vamos a decir que era inocente. A veces me pregunto qué habrá sido de él, quizás de eso se trata la nostalgia.

No quiero vivir en una sociedad perfecta porque yo soy imperfecto, porque me he equivocado un millón de veces y me gusta. Así de simple. A veces es necesario nadar contra la corriente para conocer tu propia fuerza.