Para Hillary, con amor y sordidez

Por María José Viera-Gallo.

Quiero llorar por, y por qué no, con Hillary. Arrimarme a los pies de su cama y decirle: mamá, mother, mom, sé cómo te sientes, de verdad lo sé. El peor del curso, el más matón, el más descerebrado, inseguro y narciso, el que te hizo la vida imposible en el colegio burlándose de tu inteligencia, de tus tempranas lecturas de Neruda, de tus encuentros con Susan Sontag y tus amigos afroamericanos, el que odiaba que no fueras una muñeca celebra chistes, sino just Hillary Diane, y que después, mientras tú estudiabas en Yale, conocías a tu marido Bill, hablabas en la conferencia de Beijing sobre el derecho al aborto; y él, momificado en su burbuja de la quinta avenida, evadía impuestos, levantaba Torres con su nombre de cartoon, se alimentaba de tele-basura, y ahora, a tus 69 años, te trataba en tu cara de nasty woman y amenazaba con tomarte presa, ese loser de pelo blondor anoche te ganó. Y eso que tú le ganaste por 200 mil votos.

Quiero llorar porque perder así se parece a perder desde siempre. Al final del día, poco importa ser la matea del curso si un muy poco sexy millonario, uno que acosa mujeres en aviones, camarines y ascensores, puede robarte el puesto de toda una vida de trabajo.

Quiero llorar porque el mundo está lleno de hombres buenos, pero son pocos los buenos que nos gobiernan. En enero, Obama volverá al lugar que le corresponde, allá atrás en la última fila de la clase.

Tú tendrás al dulce y cómplice Bill, quien te admira por lo que eres y no por lo que le recuerdas que él no es (se nota en el puchero con la boca que hace cuando te escucha hablar).

Quiero llorar porque me recuerdas a mi mamá y a otras mujeres feministas de tu generación, cuyas demandas todavía no encuentran un epílogo feliz en el siglo XXI: igualdad de derechos reproductivos, salariales, y para qué seguir.

Quiero llorar porque nunca celebré a Bolocco Miss Universo pero sí a Michelle Bachelet presidenta. Tal como dijiste ayer en tu sentido discurso de perdedora, no fuiste tú, pero será alguna otra chica por ahí quien logre un día el último sueño americano.

Es cierto que tu partido se encapsuló en la lógica del poder, que toma martinis con Wall Street, que sigue pegado en El Fin de la historia de Fukuyama, y no supo, no pudo adelantar esta resaca del capitalismo tardío que se siente no solo en Detroit sino que también en Tomé, y no se quita con una tableta de Advil.

Es cómodo alegarte tantas cosas. Tu voto a favor de la guerra en Iraq, por ejemplo. Pero déjame recordarte lo que sí hiciste bien. Gracias a tu plan de salud universal para todas las mujeres embarazadas de NYC, siendo tú senadora y yo chilena, latina y sin green card pude parir a mi hijo en un hospital público y gratuito de Manhattan. Ningún matón me pidió mis papeles ni me habló de irme a parir a mi país.

Quiero llorar porque mi hermana vive en USA y lo primero que quiere hacer el tramposo es anular el plan de salud Obamacare.

Quiero llorar por las ciudades norteamericanas que votaron en masa por ti -y que los analistas acusan de burbujas liberales y elitistas, como si en Brooklyn no hubiera una clase trabajadora de hombres blancos, italo-americanos, polacos, judíos y americanos que le dijeron No al tonto peligroso del curso.

Quiero llorar porque ocho años de George W. Bush, Cheney, Rumsfield, me mostraron lo más feo de la masculinidad blanca ganadora: su primitivo amor por la guerra. Hablo de hombres que nunca dejaron de jugar monopoly, que aprendieron a hacer de su ignorancia un orgullo y una broma infinita y destruyeron el país que Obama volvió a pegotear.

Llorar con los ojos muy cerrados porque lo que ahora se viene es un reality show que no quiero que mis hijos vean.

Quiero pensar que las profecías del viejo Marx son más duraderas que las propagandas de Fox news. Anoche, cuando me acostaba pensando en esas lágrimas tuyas de la derrota que nadie filmó, vi cómo miles de personas marchaban por las calles de Oakland, Portland, Atlanta gritando Not my president, y pensé en ti, Hillary.

Te imaginé secándote la cara con la punta de la última chaqueta que usaste como candidata, la morada, diciendo fuck him, no una vez, sino varias.

Y todo estuvo un poco mejor.

Maria José Viera-Gallo es escritora y periodista, autora de “Verano Robado”, “Memory Hotel”, “Cosas que nunca te dije” y “Química & Nicotina”. Vivió en Nueva York más de siete años.