Volver a Los Simpson

Por Maori Pérez.

Durante el retrógrado gobierno de Sebastián Piñera, vi en YouTube la regresión de Claudio Valenzuela, el vocalista de la célebre banda chilena Lucybell. No recuerdo desde qué existencia reencarnó Claudio en el vocalista de Lucybell (posiblemente un atormentado e hilarante trabajador de oficina para la Warner Brothers en tiempos de Betty Boop). Pero sé que ese vídeo en particular, una de las tantas ocasiones en que he buscado a Lucybell, dice más de los gobiernos retrógrados que cualquier adivino; porque habla desde el poder, habla desde el desordenado orden que tiene el azar. Y tal vez sea necesario pensar más las cosas desde la regresión que desde la adivinanza, si al menos deseamos entender solamente una parte de la reciente candidatura y elección de Donald Trump.

Regresemos al pasado.

En las eras neandertales, las cosas eran intensas y duraban poco. Un psiquiatra me señaló alguna vez: “Vivías hasta los 17 años máximo. Las técnicas de seducción, por supuesto, eran mucho menos sofisticadas. La idea de que en tiempos como esos se descubriera el fuego no deja de tener sentido… La vida era como una flama que se apaga de súbito”.

En general, la actualidad me da miedo y seguridad por igual, como quien dice que el presente puede tener un pasado pero también un futuro. La prehistoria, sin embargo, me da mucho más miedo que una artificialidad absoluta o una distopía totalitaria, o una mutación seudo-alienígena de todo lo que conocemos, como hay ejemplos de lo que se piensa que podría ser el futuro. Únicamente por una cosa de disposición me da más miedo haber nacido que tener que morir; en cuanto morir, ese descanso eterno, me parece mucho más sencillo, mucho menos responsable que hacer todo lo que una vida implica, realizar portentosa y heroicamente mi destino en 70 años o menos.

Yo soy un adulto. Pese a afirmar lo anterior, tan negligente, puedo afirmar que soy un adulto (y lo anterior queda, pues, atrás). Pero soy un adulto al que incluso una vida tan cómoda e infantil como la que tiene lo cansa día tras día. Creo que ser anciano, en contraposición a un simple adulto, es honesta y estéticamente correcto. Las cosas me cuestan, pero me veo como si no me costaran tanto; y sí, me cuestan tanto. Mejor ser un viejo al que se le nota lo que le cuesta. Y mejor que ser un viejo, estar muerto, de modo que no cueste más. El futuro es esperanzador. El pasado, en cambio, es aterrador y decepcionante. No se transita por el pasado sin una pizca de remordimiento. No se relee un libro sin traicionarlo.

Hablar de la prehistoria cuando un republicano asume el poder de los Estados Unidos de América es, sin lugar a dudas, un lugar común y corriente. Desde Devo hasta Nirvana, desde las sesiones primitivas de Lucybell en Chile, con la asunción de Piñera, hasta la invención del punk en el Perú, pasando por la literatura de Chuck Palahniuk, el cine de Fincher y, a un nivel más profundo, la popularización de la Internet, son ejemplos que revelan a su modo, con sus detalles, el ímpetu arcaico, amenazante y precario de un tipo de gobierno posándose en la cultura cuando esta asunción de la violencia ocurre.

Se dice que Trump es anti-establishment; y no lo es, en tanto encarna los valores contrapolíticos del establishment del que la revolución duda. Pero tampoco es posible decir que Trump sea, como pretenden los Bush, alguien tan jodidamente republicano que incluso un republicano no apoyaría, alguien que no pensaba ganar. Porque, mirado por donde se lo mire, Trump siempre se sintió muy seguro de sí mismo y la mitad de votantes de un país lo apoyaron. La lógica artificial del sistema normaliza solo aquello que consigue la victoria, solo aquello crea realidad, y Trump no ganó solamente por esa o esta otra virtud de su discurso y su estrategia; ganó porque era natural que ganara. Adivinar lo que es natural —ese placer esquivo de Los Simpson, de Michael Moore, etcétera— es tan asertivo como un voto de protección: votar por quien va a ganar y no por quien debería salir electo.

Hasta hace muy poco, decirle a un niño, a cualquier niño, que un rubio había salido presidente en Estados Unidos, ¿lo habría sorprendido? Común comunidad, la del blanco de corbata.

Las razones por las que un gobierno así asume, en la posición histórica de la que surge, pueden ser teorizadas bajo el mismo marco del lugar común. Que es la verdadera cara de un sistema antiguo. O es el aspecto más natural del ser humano (la violencia y la sexualidad) buscando su sitio en el artificio sistémico. Incluso cuando una república ha envejecido, cuando ha envejecido en el sentido moral, cuando se ha oxidado moralmente como nos pasa a los locos, como le pasa muy habitualmente a la enferma derecha chilena y a una izquierda, si bien enferma, mucho más responsable; vale, cuando estamos gagá, tengamos 13, 45 o 91 años, actuamos exactamente así. Nos volvemos tribales, paranoicos e hipersexuados, más abiertos a algún tipo de éxito individual que compense la tragedia individual –cual es la tragedia del éxito–, que a las aburridas y tal vez históricamente arbitrarias tecnificaciones sociales por las que es reconocido el bien común, donde podíamos (podremos) ubicar a Hillary Clinton, a su discurso y sus estrategias. Cuando una nación enloquece, cuando apoya algo tan loco como elegir presidente a Trump, la esencia de la razón se subvierte.

El tema principal de esta columna iba a ser Los Simpsons. Cómo, en un mundo loco gobernado por Lalo Cura la realidad supera a la ficción, pero la ficción se desquita igualmente. Ese era en realidad el tema. Es decir, íbamos a hablar del capítulo Bart to the future, segundo capítulo futurista de Los Simpsons en donde Lisa, quien sería la presidenta del país, un país en bancarrota debido a una administración orientada a los niños, la del ex presidente —precisamente— Donald Trump.

Como toda segunda parte, exceptuando la segunda parte de Volver al Futuro o de Star Wars, esta vuelta o contraataque de Los Simpson no recibió demasiada aclamación por parte de la crítica. Aunque claro, el sentimiento tras la votación pareciera ser el mismo, con alharaca en todas partes. Demás está decir que espero el día en que un mal libro, una mala crítica, incluso algo bueno que tenga la poesía, te hagan salir a la calle o por lo menos te avisen que saldrás.

Maori Pérez es un escritor y músico chileno, autor de “Diagonales”, “Lados C”, “Instrucciones para Moya” y “Química y Nicotina”, entre otros.