Con cariño, para el profesor Cohen

Por Felipe López Pozo.

Ya había superado los últimos resabios de mi adolescencia. A pesar de que portaba una rebeldía con causa, netamente marxiana, mis gustos artísticos iban por el lado anglosajón del rock, folk, jazz y otras “bondades del imperialismo”. Partí escuchando a Los Prisioneros y The Beatles, para posteriormente traspasar ese umbral resguardado por Bob Dylan, el cual tenía la llave para conocer otro mundo, el de la música con los pies bien puestos sobre la tierra. Poco a poco voy armando la banda sonora de mi vida.

Escuchando a Jeff Buckley conocí a Leonard Cohen, durante una época en la que también estaba inmerso en los “American recordings” del viejo Johnny Cash. Fue un momento muy especial, íntimo, como cuando tres vertientes confluyen en un mismo río torrentoso, justo antes de terminar su recorrido en el océano. Buckley fue el embajador del “Hallelujah” de Cohen, mientras que Cash era uno de los ancianos de su misma tribu al interpretar “Bird on a wire” en sus últimas grabaciones en vivo. Ese fue el punto de inflexión para llegar hasta Cohen, esa voz como de profesor de filosofía que trata de ganarse los porotos a pesar de los infortunios y las amantes estafadoras.

Quien se aventura a escribir poesía, debe tenerlo como un referente, más aún –que es altísimamente probable- cuando se fracasa en el punto de partida. Leonard Cohen naufragó en sus primeros intentos de imitar a Federico García Lorca, vendía poco y sufría bastante. Bob Dylan le sirvió como incentivo, o más bien como un antídoto para el mal de ojo. Cohen desvirgó su propia voz y entrenó sus dedos, recorría el sendero de un bardo cuando el siglo XX marcaba las seis de la tarde entre juergas.

En un principio Cohen siguió los pasos de Dylan, para luego cruzar la vereda y conocer las fachadas de la urbe. Con su sombrero calado, conoció de cerca aquellos letreros con luces de neón de los bares y moteles. Todo eso quedaba plasmado en sus relatos. Sus musas cachondas o depresivas estaban ahí, sentadas en las escaleras, esperando la llegada de un amante de traje y corbata. Puede que Cohen no las haya dejado satisfechas, pero al menos les hizo justicia.

Después de unos cuantos polvos existenciales, tomó las vías adyacentes a la calle Desolación. Cortó su pelo, soltó un Aleluya con una foto de Lead belly en su billetera y fumó unos cuantos cigarros. Parecía buscar la salida de este mundo antes de que alguien cerrara la puerta por fuera.

Con coros o sintetizadores, sus palabras estaban enchapadas de melancolía, sexo, amores incompletos y veleros noctámbulos en una permanente búsqueda de algo. Cohen se tenía que marchar en el mismo año que David Bowie, con la misma paz de una mente complacida y un silencio tan fuerte como la guerra que ambos vivieron en carne propia.