Ese día en que la realidad nos alcanzó sin vaselina

Por Eglé Flores.

Una se va a dormir un ocho de noviembre, confiada en que aún faltan los conteos de la región azulada y que Donald está lejos de tener suficientes votos electorales como para preocuparse. Despierta un nueve de noviembre con 372 mensajitos en el WhatsApp, aludiendo a que ya nos cargó Bertha*, que el amanecer zombie, que los intelectuales posmo no lo vieron venir, que Groening profeta. 

Abre los ojos grandes, muy grandes, mientras la tripa se retuerce y las estadísticas electorales del New York Times se cargan en el celular. Revisa los números, nostálgica de la invalidez del voto directo, clickea esperando encontrar consuelo en las estadísticas disgregadas… pero no hay consuelo que aguante un 53% de votantes rojos, no existe alivio ante un 42% de votantes rojas, de mu je res  vo tan tes  ro jas. Y, mientras recuerda aquel pasaje bíblico con voz en off: “padre, perdónalas porque no saben lo que hacen”, se reconforta pensando en que, al menos, no tendrá que pagar por la construcción del muro para salvaguardar su vayaina. Peña ya se ofreció.

Sigue leyendo, va más abajito y aplaude con corazón solemne a las negras, a los negros, porque se mantuvieron firmes, congruentes. Entonces rememora esos años, no tan lejanos, en que se sentaba todas las mañanas junto a una abuela negra en los primeros asientos del blue bus, y se preguntaba qué habría sentido esa mujer cincuenta años atrás cuando, después de la valentía de Parks, no tendría que volver a ceder el asiento a un blanco, ni a sentarse en la última fila, ni bajar la mirada, ni bajar la voz. Se entristece por todas esas abuelas negras, sus hijas y sus nietas, tan sabias para recordar con el voto, tan firmes para mostrar su convicción, tan abandonadas por el voto mayoritario a favor de un gobierno misógino y racista.

Se le desinfla el pecho al llegar a los números de su gente, 29% de votos rojillos. Se pregunta si ganó la ignorancia o si habrán votado drogados, tras la parranda que se patrocinaron la noche anterior a las elecciones con plata robada; porque bien lo dijo Donald, es lo único que saben hacer. Llegando a estas cifras, recurre a las memorias, a los tiempos de Bush hijo, a esas rutinas matutinas en la provincia de Carolina del Norte, donde corría con amigas por la vereda improvisada y, de cuando en cuando, escuchaba un melodioso go home salir de los autos que pasaban acariciando sus traseros latinos de catorce quilates. Estas memorias se hacen presentes para encontrarse con lo insólito: voto latino que deporta latinos, que tira su sistema de salud, que engrandece haters, a esos que gritaron, a los que todavía gritan: go home. Latinos que se gritan go home a sí mismos.

Entonces revive esos caminares por la ciudad que nunca duerme, donde latinas, negros, indios, blancas y árabes viven juntos, pero no revueltos. Donde, aparentemente,  co-habitar un espacio se ha confundido con integración social, racial y cultural. Donde los proyectos de vida están asociados a la raza y nacer en un barrio no implica morir en otro. Esa ciudad que, aunque azulada, tiene el pulso de una nación cuyos resultados electorales son reflejo de una realidad que nos alcanzó sin vaselina. Una nación de la cual Trump no es enfermedad, es el síntoma de un tejido social desarticulado, de un sistema económico que obliga a ser salvaje, de condiciones de vida desiguales y una clase política que no ha sido lo suficientemente hábil como para leer a sus votantes y reinventarse. No es Trump lo que preocupa, sino el mensaje de resentimiento y violencia detrás del voto de la mitad del electorado. Una clase hegemónica que pelea su status y una clase ignorante que aspira a una nación grandiosa que nunca conoció, porque aún no se ha construido en su totalidad. Solo existe en reductos, como muchas otras.

Desperté un nueve de noviembre. Celular en mano, exploré las estadísticas electorales mientras tomaba un tecito caliente; así como en el desierto donde el té baja la sensación térmica, así… tratando de controlar el incendio.

“Ya nos cargó Bertha”, frase mexicana que indica que la situación es crítica. Pregunta a tu mexicana o mexicano de confianza para conocer el significado más polémico.

Eglé Flores es feminista, escritora wanna be y mexicana en deconstrucción. Conocida por su título “El libro que aún no he escrito”, que aún no ha escrito.