La crisis de centroizquierda en el mundo: similitudes entre el caso europeo y chileno

Por Juan Pablo Sáez K. /Periodista con Máster en Ciencia Política.

La reciente crisis del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) —graficada en la renuncia forzada de Pedro Sánchez al mando del partido y la posterior formación de una “comisión gestora” liderada por Javier Fernández, encargada del período de interinato hasta nuevas elecciones— pareciera no solamente ser una crisis acotada a esa alineación, sino más bien un ejemplo de la descomposición progresiva del centroizquierda a nivel mundial. A este capítulo terminal de la crisis de uno de los partidos base de la transición española se agregan los precedentes del PS francés —cuyo líder y presidente de la República, François Hollande, concluirá su período en abril del próximo año con una impopularidad récord que le imposibilitará, muy probablemente, ser reelegido— y del laborismo inglés, incapaz no solo de evitar el triunfo reciente de los partidarios del Brexit, sino también de forzar unas elecciones anticipadas ante el fracaso del expremier Cameron.

¿Es la crisis del centroizquierda europeo extrapolable a la situación que experimenta hoy la Nueva Mayoría (básicamente el eje PS/DC) en Chile o, al revés, estas formaciones locales están en mejor pie que sus símiles europeos? El caso francés ofrece varias similitudes con la situación por la que atraviesa el centroizquierda chileno mientras que el caso español nos ayuda a dibujar un escenario hipotético de crisis.

El regreso del PS francés al poder en 2012 y el de Bachelet en 2014 tuvieron tintes de gesta heroica. Tanto Hollande como la presidenta chilena sucedieron a gobiernos administrados por la derecha, aunque con algunas diferencias: mientras que Bachelet se impuso fácilmente en la primaria del centroizquierda y luego en la presidencial de 2013 reemplazando así a un corto gobierno de derecha, la izquierda francesa debió esperar veinte años para ver a un presidente socialista regresar al poder; el último había sido Mitterrand, que debió dejar su cargo anticipadamente en 1995, aquejado de un cáncer. Hollande no llegó a la primera magistratura siendo el candidato favorito de su partido: el indiscutido era el director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, quien tras el escándalo por acoso sexual contra una mujer en Estados Unidos en 2011, debió declinar la candidatura. El caso es que el poco carismático Hollande logró ganar la elección, aunque ayudado por una fuerte ola de descontento anti-Sarkozy. En otras palabras, a diferencia del propio Mitterrand en 1981 y de Bachelet en 2006, no fue su liderazgo indiscutido lo que lo llevó al poder, sino más bien la inercia del descontento hacia el gobierno de turno. Lo mismo ocurrió con Bachelet en 2013: fue el descontento del electorado frente a la gestión de Piñera, más que un liderazgo de la presidenta sobre los partidos que la apoyaban, lo que le permitió ser reelegida.

En ambos casos tenemos administraciones apoyadas en sus inicios por mayorías electorales líquidas, poco fieles a los partidos y sus representantes, dirigidas por líderes débiles, entendiendo por “debilidad” la falta de control por parte del líder sobre los partidos que supuestamente deben apoyarlo. Por otra parte, en ambos casos las previsiones electorales son en extremo negativas: las posibilidades de que las coaliciones detrás de Hollande y Bachelet puedan continuar en el poder son muy remotas. En el caso de Hollande, el PS francés discute la posibilidad de que sea otro político y no él quien lidere la próxima campaña presidencial, habida cuenta de su impopularidad récord, mientras que en el caso chileno los resultados de las municipales no hacen más que refrendar las negativas proyecciones electorales del centroizquierda adelantadas por los expertos varios meses atrás. Tenemos por lo tanto dos casos muy similares, en los que encontramos una socialdemocracia sometida a una ola de tensiones entre partidarios y opositores de una agenda de reformas radicales; tensiones que contaminan la gestión de un poder ejecutivo debilitado. El futuro tras estas dos experiencias se avizora similar, aunque en el caso francés las previsiones son aún peores para el centroizquierda, puesto que según los últimos sondeos el representante de esta corriente llegaría tercero en una primera vuelta, dejando que el candidato de la derecha (muy probablemente Sarkozy) y la representante de la extrema derecha (Marine Le Pen) se enfrenten en un eventual ballotage.

¿Qué ocurriría con el centroizquierda chileno después de una hipotética derrota en las presidenciales y legislativas de 2017? La situación del PSOE español ofrece algunas pistas, todas desoladoras. Hagamos memoria. El socialismo español ya había pasado por una etapa de crisis al final del último gobierno de Felipe González cuando fue sucedido por el líder del Partido Popular, José María Aznar, quien gobernó desde 1996 hasta 2004. El gobierno de Aznar hubiera excedido fácilmente los diez años de no mediar uno de esos accidentes capaces de cambiar el curso de la historia: el atentado terrorista en la estación madrileña de Atocha, en abril de 2004, a tan solo tres días de las elecciones generales que, según todos los sondeos, ganaría el presidente en ejercicio. Recordemos que Aznar acusó públicamente a la ETA de haber perpetrado el atentado, tan solo horas después del ataque. Cuando se comprobó que los responsables eran en realidad miembros de Al-Qaeda, Aznar fue acusado de mentiroso, lo que finalmente provocó su derrota ante el candidato del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, quien hubiese gobernado por más tiempo de no ser por la crisis subprime de 2008 que terminó hundiendo su administración dos años después.

Es posible advertir que los cabos del gobierno de Zapatero constituyen “accidentes históricos”; ciertos eventos inesperados de la contingencia determinan el inicio y el fin de su administración y junto a ello el control del PSOE sobre los destinos de España. En otras palabras, el centroizquierda no llega al poder gracias a una propuesta programática suficientemente atractiva, sino que más bien a causa de un “accidente histórico”. El mismo evento provoca además su caída: es decir, huérfano de una propuesta ideológica clara el centroizquierda español es incapaz de sortear una crisis económica mundial manteniéndose en el poder. Es este vacío programático-ideológico el que lo empuja al despeñadero electoral (evitando apenas el “sorpasso” de Podemos que le ha usurpado el discurso puro y duro de la izquierda), condenándolo a una caminata por el desierto que se anuncia larga y pródiga en divisiones internas que amenazan incluso el futuro del partido.

Al igual que en el caso español, el centroizquierda chileno regresó al poder en 2014 ayudado por otro “accidente histórico”: las marchas ciudadanas de 2011 que se inician con las manifestaciones anti-HidroAysén y continúan con las estudiantiles. Estas últimas terminan imponiéndose en la agenda política de manera inesperada, al punto de provocar la caída de dos ministros de Educación de la administración Piñera (Lavín y Beyer) y la salida del ministro del Interior (Hinzpeter). Aprovechando esta coyuntura, el centroizquierda chileno (la Concertación devenida Nueva Mayoría) configura un discurso político en base a la dualidad libertad/igualdad; un choque de conceptos que calza con los intereses del movimiento estudiantil (acceso igualitario a la educación versus libertad de fundar universidades privadas que bloquean dicho acceso igualitario) y que sirve de plataforma para la reelección de una Michelle Bachelet ideológicamente más cargada hacia la izquierda, aunque siempre alejada del establishment de los partidos políticos. Convengamos que el nombre de la candidata concita el apoyo de los partidos de la Nueva Mayoría, sobre todo del PS y de la DC (la viga maestra del centroizquierda transicional), más por pragmatismo electoral que por su liderazgo. Bachelet, quien goza de una popularidad inédita a nivel local e internacionalmente es reconocida por haber dirigido la ONU-Mujeres, es en sí misma un “accidente histórico” del que el establishment partisano se cuelga para regresar al poder: no hay retorno posible de los partidos tradicionales del centroizquierda a La Moneda sin la mediación de Bachelet.

Con la venia del establishment la candidata construye su discurso político sobre la base de tres reformas clave que apelan al ethos de la izquierda: una juvenil (la reforma de la educación que apela al estudiantado escolar y universitario) y otra histórico/transicional (las viejas demandas por una subida de impuestos a los más ricos y por una abolición de la Constitución del año 80). Este discurso se desmorona rápidamente, a solo meses de iniciado el gobierno, con el lobby contra-reformista del establishment centroizquierdista (léase la DC y una parte del PS/PPD) que apunta primero a una moderación de las reformas tributaria y educacional y luego al ataque permanente contra el ministro de Hacienda de la época, Alberto Arenas, ideólogo del programa de gobierno. Los escándalos de corrupción ligados a la familia Bachelet y al entorno político de la presidenta (el caso del exministro Peñailillo) no hacen más que sepultar el envión reformista. A diferencia del caso español, aquí no hay ausencia de programa sino más bien un exceso de contenido ideológico que al poco tiempo se devela vacío, huérfano de un apoyo real por parte de los partidos. La no adopción por parte del establishment del programa construido por Bachelet vuelve al centroizquierda un híbrido de ideas sin contenido, con un solo objetivo posible a la vista: la administración del poder del Estado. La aplicación de esta mera función sin un sustento ideológico claro transforma la gestión política en una acción estéril, incapaz de enfrentar de manera exitosa una crisis política (el caso de Chile o Francia) o económica (el caso del PSOE de Zapatero entre 2008 y 2011).

Para concluir, y respondiendo a la pregunta planteada al inicio de este artículo, aunque los casos europeos aquí analizados sí son extrapolables a la situación del centroizquierda chileno, surge la interrogante sobre hasta dónde llegará la crisis partidaria de este sector, más aun tomando en cuenta la emergencia de una corriente similar al Podemos español (la suma de Revolución Democrática y de Izquierda Autónoma) que comienza a carcomerle al centroizquierda las ideas clásicas de esta corriente, sobre todo el valor de la igualdad en contraposición a la idea de libertad. En efecto, nadie puede prever si la crisis en la que está sumido el PS y el PPD (la proliferación de facciones que alimentan a la anarquía interna de los partidos y la fuga a cuentagotas de una serie de militantes que dimiten de estos partidos para iniciar aventuras personales) es de carácter terminal o si se están dando las condiciones para un replanteamiento o refundación de los mismos. El caso de la Democracia Cristiana —cuyo domicilio ideológico ha sido históricamente cercano a la izquierda, exceptuando la época de la Unidad Popular— parece más complejo, pues arrastra una crisis de identidad desde inicios de los 2000, cuando, lejos del control del poder, su discurso político terminó por desdibujarse.



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