El escenario económico para Trump

Por José Manuel Peña, desde Nueva York.

Son las 2:30 de la mañana y estamos a unas pocas cuadras de Times Square. Por la ventana se ven patrullas de policía con la sirena encendida, haciendo ruido. Tímidas personas que caminan, algunos serios y otros en clara alegoría, no son más que la muestra del impacto que ha causado la elección de Trump como presidente. Mis compañeros, dos chinos, un tailandés, una pakistaní y otro par de chilenos, asumimos lo inevitable: ya está, ganó Trump. Cuando llega la hora de volver a casa, uno de ellos agrega con preocupación: “Mejor pidamos un taxi, la gente debe estar celebrando por allá y puede ponerse peligroso”.

La elección de Trump deja boquiabierto al mundo entero, literalmente; humilla a los analistas y a todos los que consideraban esta posibilidad como una broma de mal gusto. Con el paso de los días cada político, economista, periodista y persona informada intentará darle sentido a lo que sucedió.

¿Qué diablos significa tener a un personaje Shakespeariano (como acertadamente dijo el actor Bryan Cranston) a cargo del país más poderoso del mundo? Las ramificaciones son infinitas, desde el destino del pueblo sirio hasta el futuro de los glaciares en la Patagonia.

Si bien es cierto que la tarea de analizar las implicancias de su administración es dantesca, por algo hay que comenzar. Veamos en qué nos podría afectar el hecho de que una persona como Donald Trump sea presidente de Estados Unidos.

¿Qué simboliza Trump para la economía? ¿Cómo llegamos a esto? ¿Desde cuándo el campeón de la globalización decidió cerrar la cortina? Estados Unidos siempre ha sido y será sinónimo de globalización e integración económica, vendiendo sus “Coca-Colas” y “McDonalds” en cada esquina del mapa, haciendo sentir su presencia económica y cultural en los cinco continentes. Es por esto que llama tanto la atención ese deseo de ponerse en reversa, de volver a ser insulares y erguir muros en vez de puentes.

En mi opinión, este fenómeno (muy similar al visto en Inglaterra con el Brexit) tiene su raíz en cómo estas potencias vivieron la globalización durante el pasado. A pesar de su éxito como potencia globalizada, Norteamérica es una sociedad extremadamente insular que siempre ha protegido celosamente su modo de vida. The american way, desde la música, la comida, hasta sus valores y economía. En este sentido, el pueblo americano aceptó el experimento de la globalización con la condición implícita que no cambiase aquel modo de vivir. Solo se estaban expandiendo las fronteras de sus mercados y externalizando los trabajos que no les interesaban (nadie en Estados Unidos está dispuesto a coser poleras por un dólar al día).

El  problema radica en que durante este proceso el mundo cambió, y esos países  del tercer mundo que recibían con los brazos abiertos todo lo gringo (¿acaso no se acuerdan de las interminables colas para comprar McDonald´s cuando recién llegó?), ahora son consumidores informados que no están dispuestos a aceptar cualquier cosa, ya no son trabajadores iletrados capaces de realizar las tareas elementales. Los ejemplos son innumerables, desde China volviéndose el líder en producción de smartphones (y prácticamente de todo producto imaginable), hasta México estableciéndose como potencia automotriz. Este fenómeno ha hecho que la  globalización cambie desde un proceso unilateral (cuando las potencias determinaban las condiciones) a uno bilateral, en el cual las negociaciones fueron transformándose. Ahora son de igual a igual y la industria norteamericana se está viendo rebasada en múltiples flancos por economías que antes consideraban inofensivas.

Es en este marco donde el llamado a cerrar las puertas tiene la recepción y respuesta que vimos frente a las urnas, en las cuales el ciudadano promedio, ese al que no le interesa tener pasaporte y que ve en su comunidad un estilo de vida que no desea ser perturbado, tira por la borda el lema “Change” de Obama. A través de esa pérdida de interés, el “Make America Great Again” resuena como un llamado de vuelta a los años dorados. Recién ahora lo entendemos.

Incertidumbre. Esa parece ser la palabra que más se repite en el mundo por estos días. ¿Qué se puede decir de un presidente cuya única constante en su retórica es la contradicción? Donald Trump es probablemente uno de los candidatos presidenciales mas contradictorios, con más vueltas de chaqueta y mentiras en la   historia norteamericana (de acuerdo a Politifacts.com, 51% de sus declaraciones son falsas o pants on fire, el récord de todos los políticos analizados en el portal). No es de extrañar que NBC News (un influyente diario norteamericano) haya recolectado siete diferentes respuestas suyas –la mayoría contradictorias– respecto a la estructura de impuestos que va a proponer y ocho respecto al repago de la deuda soberana (quedan más de 20 respuestas distintas respecto a la inmigración). Desde el punto de vista financiero esto tiene un solo nombre, nos encontramos frente a un panorama repleto de incertidumbre, de esos que frenan en seco la economía. Las inversiones se verán paralizadas, dificultando por cierto la creación de nuevos empleos. Si no sabes qué impuestos vas a pagar en el futuro o qué tarifas sufrirán tus exportaciones, ni siquiera si vas a poder contratar extranjeros, ¿te arriesgarías a invertir en una nueva fábrica o aumentar tu dotación de empleados? Probablemente no.

Esta parálisis no solo afecta a las grandes empresas en Estados Unidos, sino que también a todo tipo de organización o persona natural, inclusive en Chile. La incertidumbre sobre las condiciones que van a regir para la exportación de frutas, verduras, vinos, o incluso cobre, pueden frenar los deseos de expansión de múltiples industrias en nuestro país y golpear nuestra ya abollada economía.

Lo que sabemos

Pero no todo el panorama es tan oscuro e incierto. Hay cosas que sí sabemos, porque aunque Mr. Trump ha sido extremadamente vago en cuanto a detalles, su retórica ha dejado entrever algunas posturas que se ven determinadas a imponer. Make America Great Again es una frase idealista que mira al Estados Unidos de la posguerra, poderoso y triunfante como en aquel entonces.

A ojos de Trump, este ideal se reconstruye en base a bajos impuestos, infraestructura y proteccionismo, una mezcla que llama a alejarse del paradigma  de la globalización, enfocándose en los más clásicos mecanismos de crecimiento. Cerrar las puertas a cualquiera que ponga en apuros al trabajador promedio.

Enfoquémonos en lo que más nos afectaría, el proteccionismo. Donald Trump ha planteado su deseo de abolir o renegociar todos los acuerdos comerciales que él no considere ventajosos para Estados Unidos, como por ejemplo anular el TPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, firmado por Chile el 2006). Se estima que un 10% del PIB mundial circula a través de algún tratado comercial con Estados Unidos, por lo que el efecto de esta medida es enorme. Todos los países que comercian con esta potencia deberán revisar bajo qué condiciones seguirán funcionando a futuro. El mismo Chile, en calidad de economía abierta, deberá prestar especial atención a esta nueva postura más cerrada de Estados Unidos y determinar los niveles de repercusión en su potencial exportador.

Lo que tenemos

Los dichos de Trump dan para mucho, hay varios escenarios que podrían quitarnos el sueño. Por ejemplo, el nuevo presidente habla de bajar los impuestos de manera abrupta y aumentar el gasto en infraestructura, pero sin decir cómo la va a financiar. Su racionalidad es simple y populista, su plan es tan genial que se supone que el país va a crecer un 3,5% durante su mandato (por sobre el 2% en la época de Obama), y ese crecimiento pretende compensarlo bajando los impuestos. Este mismo discurso lo hemos escuchado en diversos países (también en casa), pero sabemos que las cosas nunca son tan simples como se escuchan, sobre todo si el plan se basa en el enfrentamiento con otros socios comerciales. El verdadero problema será controlar la estabilidad fiscal de los Estados Unidos, la forma en que Trump reformará su deuda de Gobierno.

En varias entrevistas, Trump ha mostrado su intención de renegociar la deuda norteamericana (en palabras más simples, si es que te debo 100 pesos creo que te voy a pagar 50 para probar mi compromiso). Estados Unidos es el emisor más grande de deuda en el mundo (19 trillones de dólares o un 30% de la deuda mundial aproximadamente) y los bonos del tesoro americano son la fundación del sistema financiero global, referidos por lo general como el activo libre de riesgo.

Poner en entredicho la  seguridad del tesoro americano no es ninguna broma, puesto que la economía global no está preparada para que un presidente juegue con ella con tal ligereza. Por otra parte, el discurso de Trump llama a separar el mundo en bloques (latinos, asiáticos, árabes, entre muchos otros), dañando en cierta manera el proceso de cooperación global que tanto nos ha beneficiado. De una u otra forma, todo nuestro desarrollo económico y social se debe a la capacidad de compartir ideas, bienes y recursos, partiendo desde la rueda hasta llegar a Internet, por lo que romper este mecanismo sería como cortarle las alas al progreso.

Claramente el mundo tiene su inercia y cuatro años es un parpadeo en el gran  esquema de las cosas, pero la historia nos ha demostrado en múltiples ocasiones que todo gran cambio puede ser atribuido a eventos que en su momento parecen  inofensivos, mostrando su carácter trascendental solo a ojos de los historiadores, muchos años después.

Lo que esperamos

¿Puede que todo esto desemboque en algo terrible? Tal vez no tanto. Las implicaciones aparecerán con el tiempo y, aunque las cosas no se vean auspiciosas, tampoco creo que sea necesario comprar comida enlatada o construir un búnker en el patio trasero.

Veamos el lado positivo. Hoy el mundo se ha desarrollado tanto, que parece estar independizado de los Estados Unidos, al menos cuando lo comparamos con el pasado. El comercio entre países emergentes ha aumentado exponencialmente, de hecho ya se prevé que para el año 2030 representará el 30% del comercio mundial, según la Organización Mundial de Comercio.

Chile no está ajeno a las tendencias, pasando de exportar desde el 38% de sus  productos a mercados emergentes a un auspicioso 64% el 2014. Sin duda, este empoderamiento de las economías emergentes nos hace más resistentes a las políticas de un país como Estados Unidos y, aunque la dependencia seguirá existiendo, hoy tenemos mejores chances de prosperar por fuera de sus políticas.

Puede que todo esto sea una joda y en la práctica el Gobierno de Trump sea más de lo mismo, pero con más aliño. Segundos después del triunfo ya habían voceros de Trump poniendo paños fríos a las iniciativas más escandalosas. Varios de los primeros nombramientos caen dentro del establishment político de siempre.

El juego de las elecciones es conocido, ya sabemos que para ganar votos es necesario prometer el cielo, el mar y la tierra. Donald Trump lo sabe a la perfección, por eso lo explotó tanto, cautivando a 60.265.858 norteamericanos y alarmando a los más de 7 mil millones de habitantes de este planeta. En cuatro años más veremos si el susto fue pasajero o si realmente aquel búnker en el patio trasero tenía sentido.

  • José Manuel Peña es Ingeniero Industrial de la Universidad de Chile, Miembro del CFA Institute desde 2014. Actualmente está cursando el MSC, en Applied Analytics en la Universidad de Columbia NY.


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1 respuesta

  1. Muy buen análisis saludos

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