Gonzalo León: “La narrativa chilena se mueve en esa tradición del borrón y cuenta nueva”

Por Aldo Berríos.

Gonzalo León es un escritor de la vieja escuela, de esos que ya no se ven tan a menudo en las librerías. Sus ideas fluyen como torpedos, otras veces como una suave brisa que muchos agradecemos. Se nota que es un tipo sin pelos en la lengua. Escribe columnas basadas en autores clásicos como Proust y otros tan contemporáneos como Diego Zúñiga (Camanchaca), tiene un taller de narrativa y maneja el circo literario con una habilidad notable. Muy pronto lanzará una novela epistolar llamada “Manual para tartamudos” a través de la Editorial Narrativa Punto Aparte, la cual será presentada el día 18 de noviembre en Valparaíso (Librería Metales Pesados) y el 24 de noviembre en Santiago (Librería Ulises, Barrio Lastarria).

Jugando con el idioma y la traducción del pensamiento

Leer con contexto es una de sus tantas preocupaciones, descubrir obras e ideas siguiendo patrones críticos. Le gusta hablar del contenido y trasfondo de un proyecto. Esta inquietud en Gonzalo es bastante llamativa, prueba fehaciente de su inteligencia emocional, de un aforo innato para extrapolar la escritura y aplicarla a otras causas justas.

—Recuerdo que en una de tus columnas abordaste el tema de la traducción desde un punto de vista más eficaz, destilándola a través de un ensayo en donde se mencionaba que “empezó siendo algo de príncipes y sabios, pero luego estuvo vinculada con la religión, aunque siempre hubo textos imposibles de traducir, básicamente porque se les consideraba sagrados”. ¿Cuáles son tus impresiones como escritor al ver un mismo texto en dos idiomas?
—Yo lo que hago es citar El fantasma en el libro, un libro del escritor y traductor español Javier Calvo, al que tuve acceso gracias al mismo autor, ya que no se encuentra aún en Argentina y parece que derechamente no llegará a editarse allá. Calvo traza una historia de la traducción y los grandes cambios que ha sufrido: desde los primeros grandes traductores, como Cicerón y San jerónimo, que se atrevieron a traducir textos que eran considerados “sagrados”: la filosofía griega en el caso de Cicerón y la Biblia en el caso del santo. Pero además Calvo dialoga con Música prosaica, ese ensayo sobre la traducción que hizo Marcelo Cohen. Basándome en Cohen, opinión que también comparte Calvo, podría fijar mi opinión sobre la traducción, y es que hay muchos escritores, sobre todo chilenos, que están escribiendo un español internacional, textos que no ofrecen ninguna resistencia para ser traducidos, textos que por decirlo se “ofrecen” al traductor en el sentido mercantil y erótico del término. No hablo de ausencia de coloquialismo, sino de frases estructuradas de un modo simple y de temas que no ofrecen ninguna singularidad (nada menos singular que hablar de las dictaduras en nuestro continente). Que un texto se resista a ser traducido puede ser interpretado políticamente como un texto que no está de acuerdo con la globalización. Eso no implica que para ofrecer resistencia haya que escribir textos nacionalistas, plagados de coloquialismos, es algo que está en la sintaxis pero también en incorporar giros argentinos, peruanos, chilenos, mexicanos. Creo que cuando escribimos no solemos pensar en esto: en qué consiste la traducción y qué está en juego; habitualmente se piensa que es poco menos que un elogio o un premio que haya alguien en otro país, lejano más encima, de primer mundo, interesado en entenderte. Yo no comparto esta creencia. Me acuerdo cuando estaban traduciendo a Pedro Lemebel; yo era vecino de él en el barrio Bellavista y solíamos vernos y saludarnos y a veces charlar unos minutos: una vez se quejó de una traducción al inglés que le estaban haciendo a un libro suyo, porque estaba perdiendo toda su gracia o el valor literario que encontraba que tenía para Lemebel, y eso que Pedro no sabía inglés, pero sabía escribir y conocía su lengua y su escritura. Muy pocos escritores chilenos se quejarían como lo hizo él hace quince años. La traducción opera con lógicas de mercado: por qué traducir un texto y no otro. Algunas veces el traductor le propone al editor y para convencerlo tiene que argumentar algo más que su valor literario, y ese más allá está en las lógicas de mercado: Se va a vender. El auge de la traducción a principios de los 80 en España se debió a que las editoriales fomentaron soluciones fáciles y que tomaban menos tiempo; a grandes rasgos consistió en eliminar las frases subordinadas, los subjuntivos, y adoptar como convención el español del doblaje de películas, que era un español que además nadie hablaba en España. Muchos textos se tradujeron así, y hoy muchos escritores escriben así. Los ensayos de Cohen y de Calvo son muy buenos para pensar la traducción desde y hacia la escritura.

—También en esa columna sugerías que los traductores más intrépidos empezaron siendo amateurs. ¿A qué crees que se deba este fenómeno?
—No, lo que digo es que en los orígenes de cualquier oficio está el amateurismo. ¿Cómo ser profesional si no hay nada por qué ser profesional? Ahora ese espíritu, que es un espíritu genuino de traducir por traducir y no hacerlo por guita solamente, ha estado presente en toda la historia de la traducción. No siempre lo que nos parece actual y que funciona de determinado modo ha funcionado igual: las lógicas de mercado que te hablaba son relativamente recientes. Entonces eso no nos puede impedir ver que eso no siempre ha sido así. Por ejemplo, ¿por qué las principales obras de James Joyce las tradujeron al castellano por primera vez amateurs? Ulises lo tradujo José Salas Subirat y el Finnegans Wake, Marcelo Zabaloy.

Acerca de Chile y su hoguera de las vanidades

Hace un tiempo atrás, Gonzalo León hizo un listado con ocho escritores latinoamericanos que le parecían indispensables. Esta lista estaba compuesta por Pablo Montoya (Colombia), Marcelino Freire (Brasil), Pablo Katchadjian (Argentina), Cynthia Rimsky (Chile), Sergio Galarza (Perú), Fernanda Trías (Uruguay), Heriberto Yépez (México) y Edmundo Paz Soldán (Bolivia). No hay nada más refrescante que ver a alguien exponiendo su intimidad a través de una opinión, de un compromiso.

—¿En qué criterio te basaste para elaborar esa lista?
—En realidad ese criterio fue más bien personal, arbitrario, producto de algunas lecturas, pero en ese mismo texto decía que para hacer algo serio debería conocer cada tradición, saber cómo funcionan las tradiciones peruana, ecuatoriana, venezolana, etcétera, y de verdad sé cómo funciona la chilena, la argentina y algo la colombiana. Es un desafío tener una visión de la literatura latinoamericana. De hecho, para hacer una buena antología habría que dedicarle fácil un año por país, o sea si son doce países serían doce años. Porque no se trata de ver lo que está pasando en otros países a través de los suplementos culturales, eso ya está sesgado. Estoy leyendo a una autora ecuatoriana muy buena, se llama Daniela Alcívar Bellolio y tiene un libro de cuentos muy bueno que se llama Para esta mañana diáfana. Aquí la soledad recorre cada uno de los cuentos y la protagonista vaga por distintos lugares, paisajes casi paradisiacos, en donde nunca hay nadie o muy poca gente, es como si la presencia del ser humano para los narradores de los cuentos se hubiera borrado del mapa. Esto me da pie para preguntar: ¿Quién sabe lo que se está publicando en Ecuador?

—¿Qué sensación te provoca la literatura chilena actual?
—Uf, gran tema en el que podría extenderme mucho. Pero en síntesis creo que la narrativa chilena está pasando por un muy buen momento, más incluso que la poesía, aunque me temo que no va aprovechar el buen momento debido a problemas propios más que ajenos. Y es que no existe ese eje tradición/ruptura que sí hay en la narrativa argentina, lo que hay es tradición por lo nuevo entendido como novedad de temporada que considera además que la juventud es una virtud literaria. Todavía más preocupante es la falta de ese eje tradición/ruptura, porque eso hace que estemos empezando cada quince años todo de nuevo; nada se incluye, todo se resta, se borra, se elimina u olvida, es todo lo contrario a lo que sucede en la narrativa argentina, donde sí existe la tradición de la ruptura y la ruptura de la tradición. Quizá esto es difícil de entender en Chile, pero si doy un ejemplo puede ser más fácil. Héctor Libertella escribió respecto a la literatura de Borges “que por haber nacido un poco marginal y descentrada, por lo mismo terminó haciéndose centralmente argentina”. Creo que es difícil comprender esto porque lo que nace marginal en Chile muere marginal. Y es que la literatura argentina se mueve de lo central a lo periférico y viceversa: hoy por ejemplo Cortázar es un escritor no solo marginal sino menor, habiendo ocupado la centralidad en la literatura argentina antes que Borges. Eso sería impensado en Chile, donde los escritores que consiguen cierta centralidad tienden a permanecer en ese lugar por una “eternidad”. La narrativa chilena se mueve en esa tradición del borrón y cuenta nueva. Hoy los escritores que han logrado cierta centralidad hablan mal de sus predecesores (la generación de la Nueva Narrativa) y eso lo único que consigue es que este paradigma se repita, es decir que en quince años los autores que tengan cierta centralidad hablarán mal de los que hoy son actuales. Muchos se quejan que la tradición narrativa es pobre en relación a la argentina, y cómo no va a ser pobre si todo lo que se construye se derriba cada quince años.

—Algunos opinan que “escribir es sin llorar”, pero aparentemente no estás de acuerdo con tal premisa. ¿Cuál es tu postura frente a la crítica literaria y los sistemas de lectura?
—Yo creo que detrás de esa afirmación está oculta una gran mentira y una cosa muy fascista: que cuando uno está en desacuerdo con un crítico, ya sea por una crítica a un libro propio o a uno ajeno, necesariamente se está quejando porque no recibió los elogios que cree merecer, eso por un lado y por el otro, que el crítico tiene la última verdad. Y eso es falso, o mejor, te lo pongo así: ¿Quién dijo que no se podía contradecir a un crítico? ¿Quién si no el autor puede garantizar que su obra pueda ser leída de uno u otro modo? Solo en Chile ocurren tan marcadamente estas creencias. Los prólogos de Borges, por ejemplo, no son otra cosa que asegurarse de que sus libros van a leerse de un modo. Eso no quiere decir que Borges quisiera agradar, él quería imponer un modo de lectura porque sabía que ahí estaba su gran apuesta. De hecho, y como dice Piglia, la tradición no es otra cosa que el contexto en el que se lee y la vanguardia consiste en destruir una tradición y construir otra. Borges les heredó a los argentinos y a todos los lectores del mundo un modo de leer, un sistema de lectura, saltándose a los críticos, obligando a la academia argentina a leer como él. Por eso Borges es grande, no por sus libros. Y aquí hay algo obvio: la crítica se trata de leer. ¿Por qué un crítico va a leer mejor que un escritor? Lo que ha pasado en algunas partes es que la carencia del escritor, la poca lectura y su falta de intención (arte) de imponer un modo de leer propio, ha pasado a ser la virtud del crítico, que sí intenta al menos imponer un modo de leer propio. Entonces el crítico es virtuoso por defecto y quiere convencernos que es virtuoso solamente. Uno leyendo reseñas o críticas en medios argentinos, chilenos o españoles, se da cuenta, a veces sin necesidad de leer el libro, de que ha sido mal leído, que más que un modo de leer hay una suerte de encaprichamiento, de hacernos creer que las cosas son así y no asá, sin evidencias o con evidencias bastante cuestionables.

—¿Haces algún balance con respecto a las ferias literarias en Chile, versus las de otros países?
—Pese a que desde que vivo en Argentina he escrito para el suplemento donde trabajo sobre la industria del libro a propósito de la Feria del Libro de Buenos Aires, no me interesan las ferias. La atracción de la feria pasada fue #SoyGermán, con eso te digo todo. Me interesan más las ferias de verduras, pescados y mariscos. Y en estos años las he extrañado porque hay muy pocas en Buenos Aires, o hay que ir muy lejos.

Un profeta lejos de su tierra

Lleva cerca de cinco años viviendo en Argentina, después de haber trabajado en el diario estatal La Nación, en donde escribió más de doscientos artículos. Hoy se mueve como un embajador natural en el país trasandino. Ya quedaron muy lejos sus tiempos de turista, a raíz de eso parece relevante averiguar su opinión acerca de los fondos culturales chilenos. La distancia le ha dado ese toque de madurez, experiencia y neutralidad que se requiere para evaluar un programa de Gobierno.

—Los fondos de cultura han sido criticados en innumerables ocasiones, se les tilda de desordenados y amiguistas hasta cierto punto. ¿Consideras que hay arbitrariedad en ellos?
—Yo me he ganado dos veces la beca de creación y he participado exitosamente de dos ventanillas abiertas, las últimas veces que he postulado he quedado inadmisible. Se ve que con el tiempo me he vuelto incapaz para llenar un formulario o las reglas a las que están sujetas estas becas se han vuelto tan caprichosas y estúpidas que para ganarlas hay que dedicarles mucho tiempo, y yo no tengo mucho tiempo. Además no vivo en Chile, y me he dado cuenta de que estos concursos están diseñados para gente que vive en Chile. Por ejemplo, en las últimas becas de creación, si no quedaba inadmisible y la ganaba, tenía que venir a Chile (hoy estoy acá, aclaro) y dar un taller en un colegio. Yo me pregunto, señores del Consejo: quién me pagaba el pasaje y la estadía. Pero además el chileno que vive en Suecia, ¿tenía que pagarse un pasaje y venir también? Sí, me contestaron la vez que llamé al Consejo del Libro. Son cosas básicas que el ministerio de Cultura no piensa: creo que hay mucha gente ideando reglas, bases, formulando inadmisibilidades y muy poca pensando políticas claras, por ejemplo, para los que no vivimos en el país. Y ojo, que para la ventanilla abierta es algo similar, porque hasta el año pasado, si no vivías aquí, tenías que designar a un representante que viviera acá y él firmaba el contrato con el estado. ¿Pero cómo hacías para obtener el cheque? ¿Tu representante te lo mandaba por Western Union (lo que implica un descuento) o te lo depositaba en tu cuenta en pesos chilenos, pero y si no tenías cuenta en pesos chilenos? Creo que la política cultural que tenemos es no tener ninguna política cultural, se trata de redactar bases, formular inadmisbilidades, llamar a concursos, pero eso lo hace la CORFO también, ¿o no? Entonces, me pregunto en serio y más allá de la persona que esté ocupando el cargo: ¿qué mierda hace un ministro de Cultura además de ir a cócteles y conversar con artistas?

—¿Le ves futuro a la publicación con ayuda del Estado?
—No.

La envidia del escritor, una guerrilla silenciosa

Gonzalo ha escrito mucho acerca del fracaso, pero asomando un dejo de optimismo. Nos recuerda que el valor de una obra se alcanza aspirando a algo más que el éxito, incluso se refiere a ese lapso de vida que tienen algunos libros cuando los comparas con otros de carácter inmediato. Recalca que siente una profunda admiración del trabajo por el trabajo, un mundo muy distinto al de los aplausos y otras ambiciones terrenales.

portada-prueba-manual-para-tartamudos_4—Dentro de las novelas epistolares los escritores suelen dejar un sello personal, exponen sentimientos que están a flor de piel y que emergen de manera espontánea. ¿Qué elementos personales se colaron en tu novela “Manual para tartamudos”?
—Pese a ser epistolar, no tiene ningún rastro personal o de intimidad, o muy pocos, porque lo que yo hice fue parodiar al género, imitarlo, se trata de un sacerdote (esto se sabe al final y más o menos) que ha sido obligado a vivir en Argentina, entonces de ahí empieza a escribir cartas a un amigo. Esas cartas son ficción, nunca las mandé, pero cuando las escribí pensé en cuando escribía cartas y cuando las recibía, recuerdo que era especialmente fetichista con los sobres.

—¿Qué opinas del auge de la autoficción en estos tiempos?
—Lo único que sé es que cuando dejé de escribir crónicas se puso de moda escribir crónicas y cuando dejé de hacer autobiografía y autoficción se puso de moda hacer autobiografía y autoficción. Y sí, estoy parafraseando a Tom Wolfe.

—Hablemos de envidia laboral, la típica rivalidad entre autores. ¿Crees que se sobrepone la desdicha a la felicidad por los logros de otros en nuestra cultura?
—Creo que solo se envidia lo que se admira, por lo tanto es un sentimiento positivo. Uno piensa: este escritor es increíble, quiero escribir como él. En ese pensamiento hay envidia. No es sana envidia, es envidia y punto. Lo que pasa es que la envidia como sentimiento negativo ha pasado a ser un argumento para todo: si yo digo que Alejandro Zambra es un mal escritor, cosa en la que en Argentina varios colegas piensan y coinciden conmigo, es porque le tengo envidia; pero si digo que Piñera y Lagos son malos líderes, ¿es porque les tengo envidia también? No, ¿no es cierto? Entonces la envidia supone que tanto el sujeto envidiado como el envidiador comparten un contexto, y yo, para volver a Zambra, no comparto ningún contexto con él. Zambra ha construido una carrera literaria donde es muy bueno, y no solamente muy bueno, es el mejor chileno, pero es el primero en una carrera donde yo y otros no competimos. Zambra está en otra liga, mucho más exigente en cuestiones extraliterarias. Y a mí no solo me interesa la literatura sino que realmente me interesa y cualquier cosa que me distraiga de ella me aburre y a veces me deprime. Creo que para mí sería muy deprimente ser Alejandro Zambra o Roberto Ampuero.

Hablando de amores inmortales y pasajeros

Dado que la mayor parte de los escritores vive en un perpetuo estado de inconformismo, podríamos decir que son seres enfermos. Respecto a eso, Gonzalo ha escrito que todos padecen enfermedades, ya sean notorias o invisibles. También pone por delante de la muerte a la escritura, a la vida y el amor. Son claves de coraje para exorcizarnos a través del dolor. De hecho, su frase favorita es “No estamos solos, estamos mal acompañados”.

—Según tus propias palabras, hay una contradicción entre el ser pasional y el calculador. ¿Cómo concilia el amor un artista mientras dedica la mayor parte de su tiempo a pensamientos, hojas e investigaciones?
—Creo que Witold Gombrowicz dijo algo como: Dime qué cosas amas y te diré qué clase de artista o escritor eres. Pero por otro lado están los escritores que funcionan por el descarte, o van descartando opciones hasta que encuentran lo que quieren hacer, ese fue el caso de Borges. De todos modos uno se mueve en ese arco: entre el amor a ciertas cosas y el descarte/odio a otras. Yo me siento más tentado a ser como Gombrowicz.

—Entre literatura, sexo y amor, ¿con cuál te quedarías?
—Imposible y cruel descartar una cosa. ¿No te parece?

Acá les dejamos un extracto del Manual para tartamudos, para que nuestros lectores que no conocen a Gonzalo León puedan familiarizarse con su prosa.

 


Mi muy entrañable:
Estoy intentando instaurar un modo de pensar basado en 1) la observación naturalista 2) la intuición como moral 3) el desprejuicio estético 4) la irrelevancia absoluta de los sentimientos del otro 5) el más estricto apego al mandamiento de amar al prójimo 6) la destrucción de los preceptos anteriores 7) la construcción de nuevos paradigmas 8) el uso en el lenguaje de palabras o expresiones que denoten incertezas, como “al parecer”, “creo que” o “imagino tal vez” 9) la primacía de la fe en el individuo 10) el fin de cualquier tipo de conclusiones, inclusive ésta.

2 de enero de 2012

Estimadísimo:
Ya me di cuenta por qué hay tantos lisiados en el barrio: no todos sufren la misma clase de discapacidad; los menos tienen alguna extremidad amputada, otros, principalmente ancianos, caminan encorvados arrastrando la frente, pero la mayoría es gente con alguna lesión en la cadera. Hoy cuando daba un paseo por el barrio observé un inmenso bache en, no me lo vas a creer, calle Chile, pero no estoy hablando de un simple hoyo, sino de un hoyo de casi un metro de profundidad o más. Tú sabes que a veces exagero, pero no te miento si te digo que las personas y la locomoción que a esa hora circulaba por ahí esquivaban el bache. Si un colectivo llegaba a caer, lo más probable es que después del accidente no sirviera para nada, así es que ya puedes ir haciéndote una idea lo que le pasaría a un viejo o incluso a mí. Si exagero, no miento. El hoyo tenía más o menos estas dimensiones: un metro y medio de largo, medio metro de ancho y uno o dos de profundidad. Cualquiera que cayera ahí saldría lesionado, discapacitado, amputado. Sorprendido, me acerqué a un policía de la federal para preguntarle por qué no lo tapaban, y él muy suelto de cuerpo me dijo que ese hoyo lo tapaban una vez al año, y que el daño que le hacían los colectivos obligaba a repararlo periódicamente, aunque, agregó, la existencia del bache se remontaría a por lo menos ciento cincuenta años, cuando un ingeniero francés construía una zanja de cinco mil kilómetros de largo, que precisamente empezaba en lo que hoy es calle Chile y Combate de los Pozos, a sólo seis cuadras del Congreso. Según el policía, que a decir verdad más parecía un historiador (sus lentes ópticos, el tic de llevarse permanentemente la mano a la barbilla, tomarse un tiempo para hablar y empezar todo con un “mirá, esto no es de ahora” así lo indicaban), esa zanja dividiría la civilización de la barbarie de los indios. Pero en vez de aislar la barbarie lo que propició fue que las vacas que pastaban por ahí, ante la imposibilidad de saltar la zanja, se precipitaran dentro de ella, y una vez que caía una, caía otra, y con dos vacas el hoyo se tapaba y las vacas que las seguían se encontraban con un improvisado puente. Las atrapadas rara vez morían, pero quedaban incapacitadas, sufriendo una terrible agonía que concluía cuando los indios o los criollos las sacrificaban para hacer un asado. Por eso decía el policía-historiador que “esto no es de ahora” y que en otras palabras el bache no tendría solución aunque lo taparan con cemento de última generación (desconozco a lo que se refería con eso), porque algo pasaría y nuevamente se estropearía, y la gente caería y quedaría lisiada de la cadera o amputada de alguna extremidad. Como ves, hay algunas cosas que no tienen solución. Lo bueno es que esto no es de ahora, porque si fuera de ahora me entraría a preocupar. Amigo, sé que mis cartas han sido más espaciadas últimamente, pero por favor compréndeme, los “laburos” van bien y el día se me hace corto y parece que más que vivir el presente viviera otro tiempo. No es que me queje, aunque tú sabes lo bueno que soy para quejarme por todo, quiero decir: estoy bien, adaptándome a esta nueva realidad, procurando vivir, que no es poco, como solías decir. A propósito, no te he podido llamar: el locutorio pasa lleno los domingos, al parecer todos hablan ese día, es el más barato pero no el mejor para llamarte. Trataré de hacerlo en otro momento.

10 de enero de 2012

Finalmente no vinieron a instalarme el teléfono fijo, me quedé con el internet y el cable. Pasando a otro tema, ¿te acuerdas del paraguayo que me tatuó el nombre de tu hermana en el pecho? Bueno, ayer estuve en su departamento-estudio conversando con él de cine porno. El tipo es un capo, en serio, ubica a todas las actrices por su nombre, especialidad, nacionalidad, inicios, es una verdadera enciclopedia ambulante. Hablamos por ejemplo de una actriz, cuyo nombre no había escuchado nunca, no recuerdo su nombre ahora (y no es raro porque hasta hace poco nunca había visto una porno), pero es una búlgara, húngara, checa o chica, que lo único que ha hecho en la industria porno son fistings, es decir, se ha pasado un par de años con manos empuñadas metidas en el culo, manos de mujeres, de hombres y la suya. Íbamos a ver una película en donde ella misma se metía su propio puño, pero al final me arrepentí. De todos modos el paraguayo es una persona muy amable y buena onda. Después de conversar de esta actriz estuvimos hablando un buen rato de los trámites que hay que hacer acá para obtener la residencia temporal, él ya tiene la definitiva y yo, como sabes, hace poco obtuve la temporal. Hablamos del Museo de la Inmigración que está al lado de Inmigración, donde ambos hicimos los trámites, y él me contó que antes el museo era el hotel donde se quedaban los inmigrantes mientras encontraban algo más definitivo; hoy la historia de esa inmigración se cuenta en ese museo. Me dieron ganas de ir a ver una muestra que él me contó. De hecho le propuse ir de inmediato, pero se excusó porque tenía que trabajar: iría una chica a tatuarse la cara de un hombre. Me preguntó si me gustaría mirar, que a veces resultaba entretenido. Tú sabes que no me gusta la onda del voyeur, básicamente porque le tengo pánico a que me descubran; pero el paraguayo me indicó un lugar tan perfecto para observar que no tuve más remedio que quedarme. Sonó el timbre del portón del edificio y mi amigo-vecino-inmigrante desapareció por un par de minutos. Me puse en el lugar indicado, por donde observaría todo perfecta y discretamente. La chica tenía buen cuerpo, pero al principio no le distinguía la cara, y tú sabes lo determinante que es el rostro en el gusto por las mujeres; me refiero a que un bonito rostro, por ejemplo, subvenciona la falta de tetas o un lunar inconveniente en… La falta de culo, como me decías antes, es imperdonable; sin embargo, esta mujer tenía culo, y su piel, cuando se sacó la ropa (el tatuaje sería en un lugar obvio), tenía esa textura que actúa como imán, al menos para mí (ahora lo puedo decir), una piel lisa y extendida como un territorio sin límites y por supuesto sin marcas, casi como de madera, “sanita” como decían nuestras abuelas. O tal vez como de cuero. ¿De ahí debe venir la expresión buen cuero, no? Después de una breve conversación sobre los detalles del tatuaje, el paraguayo ya estaba sobre el culo de la chica. Se comportaba como todo un profesional, todo lo contrario a mí que pensaba en el modo de hacerme una sin que se notara. Por fin agarré un papel higiénico y un condón y comencé a hacerme la paja, y cuando ya me estaba yendo logré divisar el rostro de la chica y, te juro, no pude continuar. Sólo tenía ganas de marcharme, pero no podía: las instrucciones del paraguayo me lo impedían: si me quedaba era hasta el final. Frustrado, me puse a leer una revista de tatuajes que encontré por ahí, leí los artículos, procurando no mirar las fotos. Y mientras leía, pensaba en la mala suerte que estaba teniendo con las mujeres. Fue aquí cuando recordé la idea del paraguayo de hacer un museo del cine porno latinoamericano, desde la época en que las películas tenían argumento y no eran tan genitales hasta las absolutamente bizarras. Quizá podría estar al lado del Museo de la Inmigración, y aceptar donaciones como tu colección de revistas Bravo y otras más del mismo nivel, o de pronto transformar al Museo en una industria porno latinoamericana y tener ahí trabajando a todas las chicas que vienen del exterior a prostituirse; les serviría de catálogo promocional y se convertiría en un paso que abreviaría la obtención de su residencia, o sea dos pájaros de un tiro; con el paso del tiempo incluso podría llegar a ser el Sexywood. Dime qué te parece la idea. Bueno, la seguimos en otra ocasión.

Gonzalo León nació en Valparaíso, Chile, en 1968. Es autor, entre otras obras, de la novela Pendejo (2007), el libro de cuentos Un imbécil leyendo a Nietzsche (2009), Cocainómanos chilenos (2012), La última gauchada (2014) y El exilio dorado (2015).