Adicta a los libros: la biblioteca personal

Por Carolina Varela.

Ya perdí la cuenta de los libros que guardo en mis estanterías. Debo tener cerca de quinientos de ellos. La última vez que los conté iba por los doscientos, y fue hace varios años, así que el número ha ido cambiando.

La mayoría de los que conoce mi biblioteca me pregunta si los he leído todos. La verdad, no. Es difícil leerlo todo cuando se tiene poco tiempo, pero de todos modos se quiere contar con el ejemplar. Es un defecto de los amantes de los libros, nos enamoran sus portadas, sus páginas interiores, la calidad del papel, el diseño, etc. Queremos comprar y comprar más, aunque no nos alcance la vida para leerlos todos. ¿No les ha pasado? ¿O soy una de las pocas raras que quedan?

Los libros son como tesoros personales de los que amamos leer. Tengo una Kindle entre mis pertenencias, pero no basta para mí. En sí el lector electrónico es mucho más cómodo que cargar con varios libros a la vez; si no me creen, tienen que sentir cómo suena mi hombro izquierdo, el que se resintió desde que entré a la universidad a estudiar Literatura. Pero no lo lamento. Es mi adicción lo que me lleva a adquirirlos de forma seguida.

Borges habla de su amor por los libros en uno de sus cuentos, “La biblioteca de Babel” (1941), donde nos enseña una biblioteca que parece ser infinita, compuesta por todos los libros posibles y que antecede al hombre. La sed de conocimiento inherente a los seres humanos está ilustrada aquí, una sed que fue varias veces replicada durante la historia, en especial en el siglo XVIII, a través de la Enciclopedia.

¿Qué hace que un hombre pretenda abarcar el conocimiento a través de una biblioteca? Como se trata de puertas a diversos mundos, los libros encierran el infinito conocimiento de cientos de hombres y mujeres, sus deseos de imaginar otras realidades, la crítica hacia la que vivieron, sus ideas para el futuro o la nostalgia del pasado, entre otras cosas. Pero fuera de la idea romántica que encierra el poseer una biblioteca propia, ¿qué nos lleva a acumular tomo tras tomo?

Durante mi infancia, los libros que poseía eran prestados o comprados en ferias libres, por lo tanto, de mala calidad muchas veces. De ahí se podría desprender el que ahora de adulta y con capacidad para adquirir libros originales, me ha llevado a crear tamaña colección. Soñaba con una biblioteca propia desde muy pequeña, una que pudiera admirar y a la que regresar una y otra vez. Al menos un libro al mes cae en mis manos, compra o regalo, y se acumula en mí esa sensación de delicada sorpresa y felicidad que solo un adicto puede comprender. Sí, soy adicta a los libros, no temo reconocerlo. Pero ¿y si, como dije al principio, no nos alcanza la vida para leerlos todos? ¿Qué queremos decir con este acaparamiento?

Uno de los acaparadores de libros más famoso fue Umberto Eco, ensayista y escritor italiano recientemente fallecido, creador de títulos como “Baudolino” (2000) y “El nombre de la rosa” (1980) entre otros. Su tesoro personal se elevó por encima de los treinta mil ejemplares. Otros veinte mil habitaban la casa de vacaciones cerca de Urbino. Por lo general, Eco bromeaba con la cantidad de libros que no había leído aún, y estaba consciente de que la vida no le alcanzaría para leerlos todos.

Las bibliotecas personales, a diferencia de las públicas, se asocian a lo que el propietario ha leído (o pretende leer), por lo tanto, a su conocimiento. Y si no hemos sido capaces de leerla toda, entonces nos aferramos a la esperanza de descubrir más todavía.

Algunos pensarán que se trata de vanidad. Escuchar decir: “Oh, mira cuánto has leído” y regodearse con la suposición del visitante. Pero no creo que se trate totalmente de ego. No en todos los casos, claro. ¿Y qué haces con tantos ejemplares no leídos?

El escritor Nassim Taleb llamó a este acaparamiento la “antibiblioteca”. Taleb no la considera una simple muestra del ego del intelectual, sino que apunta esta colección como un instrumento de investigación y conocimiento del mundo. Y hace una salvedad que me llamó mucho la atención: mientras más se lee, más aumenta el espacio de lo que se ignora. Por lo mismo estamos condenados a leer y leer, a mirar a través de estas puertas lo que aún queda por descubrir.

Mientras no afecte las relaciones sociales con los que tenemos alrededor, dudo que acumular libros sea peligroso. Yo misma he descubierto a mi hermano pararse frente a la biblioteca y contemplarla en busca de algún ejemplar interesante. Es esa la sensación que crea una estantería, la de estar de pie frente a infinitas posibilidades. Una sensación que se intensifica en las visitas a las librerías y que reinicia el proceso, el de adquirir un ejemplar para la colección y cargar con la esperanza de multiplicar nuestro tiempo para leerlos todos.



Categorías:Chica que lee

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1 respuesta

  1. ¡Me pasa exactamente lo mismo! Yo conté mis libros hace como 3 años e iban por los 500 y algo, así que ne atrevo a decir que deben superar holgadamente los 600 en estos momentos. Pero siempre quiero más, esa felicidad que me da el hecho de comprar un libro, de saber que en breve estará en mi estantería y a mi disposición para leerlo cuando yo quiera, es maravillosa. Una vez, hace años, cuando estudiaba derecho en Valpo, me quedé sin dinero para comer como dos días por comprarme una versión antigua y empastada de La Reina Margarita de Dumas… y ni un sólo día me he arrepentido. Cada vez que lo veo, siento que me quedaría con cero pesos una y otra vez por ese libro. Y sí, cada día siento que no me alcanzará la vida para leer todo lo que quiero leer.

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