La culpa es de Fidel

Por René Marchito.

Queda la sensación de que con la muerte de Fidel Castro algo se acaba. No sé. Un ciclo, una etapa, una puerta que se cierra para siempre. Uno de los últimos estandartes de la Guerra Fría bajó para siempre de aquella asta revolucionaria. Acaso es el punto final a una larga crónica que venía escribiéndose desde fines de la década del 50 cuando la Dictadura de Fulgencio Batista, títere de Estados Unidos se veía vencido por los barbudos de la gloriosa Revolución.

Podríamos llenar páginas y páginas sobre lo que significó la figura de Fidel Castro, no solo para Cuba, sino que para todo el mundo. Para la izquierda y la derecha o, si usted quiere, para el fascismo y el comunismo. Porque al final eso es. Fidel era una figura mundial, un personaje envolvente y que tuvo un sueño, una ilusión y un anhelo que lo hizo realidad junto al Che. Querámoslo o no, la presencia del Comandante es esencial para entender parte de la segunda etapa del siglo XX y comienzos del XXI, porque el legado que deja es el caudillismo de la izquierda latinoamericana, aquella que se vio tantas veces influenciada y beneficiada por la guerra de guerrillas que luchaba en contra de ese maldito capitalismo que terminó triunfando en casi todo el mundo.

Ahora bien, mi opinión personal está fraccionada. Se divide –paradójicamente– en dos etapas (Antes de Fidel y Después de Fidel). Porque Fidel Castro solo se convirtió en Fidel Castro tras alzarse al poder, al emprender ese glorioso viaje desde Santiago de Cuba hasta La Habana, donde miles de cubanos recibieron a los guerrilleros con la esperanza de comenzar una nueva etapa. Una etapa mejor. El Che al lado, Camilo Cienfuegos, el propio Raúl Castro y muchos más que lideraron la ofensiva, no sospechaban el poder al que se aferraría con el paso de los años. Analizar el legado de Castro nos lleva lamentablemente al uso y abuso de poder. Soy de izquierda (muy de izquierda), pero no temo reconocer que los años de Fidel en el poder obedecen más a una dictadura de izquierda que a una democracia.

Estoy absolutamente convencido de que el Che no habría tolerado que los Castro se perpetuaran en el poder durante tantos años. Estoy seguro de que no derrocaron a la dictadura de Batista para tomarse el poder gratuitamente. Si se revisan los libros de historia, si se revisan archivos de prensa de la época, si se analizan los hechos en su amplitud, podremos confirmar que Batista era un títere manejado por Estados Unidos, cuya intención –como en gran parte de Latinoamérica– era apoderarse de los principales recursos de la nación. Hasta ese entonces, Batista había sometido a su pueblo a las miserables condiciones de analfabetismo y carencias en sistemas de salud pública, corrupción y delincuencia en las calles. Las cosas no podían seguir así. De ahí emerge la figura de la Revolución y su líder, Fidel Castro.

Salud y educación gratis para los cubanos. De eso se hizo cargo la revolución durante los primeros años. Hasta hoy. De eso y de equilibrar los bienes dándole a los más pobres lo que era justo. Pero algo pasó, algo que me remueve el estómago de solo pensarlo. El poder hizo lo propio en Fidel y lamentablemente todos los sueños, las esperanzas y el anhelo de cambio se esfumaron con una larga dictadura que se mantuvo hasta que se retiró definitivamente del poder en 2006.

Quiéranlo o no, Fidel era un líder innato. Un líder que se convirtió en dictador. Un líder que llevó la batuta de los sueños de la revolución y de la ilusión de muchos que aún pensamos que el mundo puede ser más equitativo y justo. Sí, es cierto, estamos viviendo la resaca socialista de la década del 70, pero me niego a despertar si eso significa estar del lado de los poderosos, los empresarios y los que tienen más. Cuba era la utopía de estar del lado de los trabajadores. Si durante estos días hemos revivido esas anacrónicas discusiones que nos dividían como sociedad es única y exclusivamente porque el modelo socialista no pudo llegar a buen puerto, pero no porque no resultara, sino que por el contrario, por culpa de ese boicot del capitalismo gringo y también por su aferramiento al poder. Hasta siempre, Comandante.

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