La Teletón: chilenos cuando nos conviene

Por Paz Crovetto.

Soy una convencida de que la frase “chileno de corazón”, más que ser una verdad, es una forma diferente de decir “soy chileno cuando me conviene”. Y eso aplica a las manoseadas “27 horas de amor”.

Hay varios ejemplos para entender esto, podríamos usar un desastre natural, un terremoto o un aluvión como símbolos para desenmascarar nuestra trillada fraternidad. También funcionan los partidos de Chile y las celebraciones en Plaza Italia, como si Baquedano tuviera culpa de la emoción entre nuestros compatriotas. O la donación personal, que se publica en todas las redes sociales, que tal o cual Fulano hizo para la Teletón. Eso, al menos para mí, es ser oportunista. Ser patriota cuando me conviene serlo. Y serlo a viva voz. Que se entere el mundo que sacrifico parte de mi sueldo en diciembre, mes de muchos gastos y amigos secretos, para donarlo a una causa que está catalogada como “de todos los chilenos”. No estoy discutiendo si es buena o no la gestión de Teletón, ni mucho menos la de don Francisco. Sea como fuere, creo que es mejor tenerla, porque realizar terapias y kinesiologías en la salud privada es carísimo, un gasto que muchas familias no pueden solventar. En muchos casos son familias uniparentales que viven en lugares remotos. También es un privilegio contar con lugares de rehabilitación y terapias especializadas para sus pacientes, con una banda musical y talleres de arte.

Esa misma gente que se vanagloria de una obra que no es propia, pero que la hace suya, no es capaz de donar un peso en el supermercado porque con ello la empresa “rebaja sus impuestos”; o no ayuda con la rifa de los bomberos, porque “hoy ando apurado”; o no compra el agua Late! que dona sus ganancias.

Ser chileno es sinónimo de ser doble estándar, porque esa gente que llora con la presentación de los casos más tristes que muestra la Teletón, es la misma gente que se hace la dormida para no ceder su asiento en la micro o el metro. Es la misma que ni siquiera le presta atención a esa señora que vende parches junto a su hijo en los happy hour.

Lo que le pasa a la sociedad es terrible, porque no sabe usar el concepto “alteridad”. No tiene idea de cómo ponerse en el lugar de otros. No sabe agradecer a diario lo que tiene. No siente pena por lo que le pasa al resto. Vivimos en una sociedad apática y poco sincera.

La gente no sabe que ayudar al prójimo no tiene que ver solo con lo religioso, de eso que tanto reniega. Ayudar al prójimo es observar con detenimiento al que está a mi lado, que no siempre necesita una moneda de paso, sino que quizás ser escuchado, querido.

Dejemos de mirarnos el ombligo alguna vez en la vida. De nada sirve ponerse la polera con el emblema patrio una vez al año y donar más de lo que corresponde.

Es momento de cambiar nuestra actitud, la sensación de ayudar es uno de los regalos más lindos que podemos conocer en esta vida, porque cuando yo arrimo el hombro me ayudo a mí mismo a mejorar como ser humano, a reforzar mis valores, de esos que tanto le faltan a la sociedad y de los que tanto se jacta cuando aparece en la tele.



Categorías:Vida en Paz

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