Constanza Anabalón: “Hay que entender el pasado para poder seguir”

  • La joven autora nacional lanza su primera novela, Caja de resonancia (La Calabaza del Diablo), cuyo tema central es la memoria y el recuerdo.

Por Felipe Valdivia.

Está ansiosa, yo diría que hasta un poco inquieta. La entrevista fue realizada en un café de la Avenida Providencia, en medio de bocinazos y gente ajetreada por las compras navideñas. Ese día el termómetro registraba más de 30 grados de calor y el sol pegaba fuerte sobre el pavimento. Bastante fuerte.

Lo anterior no es solo un preámbulo periodístico para arrancar esta entrevista. Constanza Anabalón Tohá (1987) interrumpe la conversación para que me saque los lentes. Necesita hablar con su interlocutor mirando directamente a los ojos. Llama la atención su nivel de sinceridad.

Tal vez por eso es tajante en un juicio que hace sobre sus gustos literarios: “Me gusta mucho la Ciencia Ficción y también Cortázar, menos Rayuela, porque la encontré muy snob. Tampoco me gusta Carver y todo el mundo me dice, pero cómo no te gusta Carver”.

Y agrega: “Leo poesía, los favoritos de siempre que son Jorge Tellier y Alejandra Pizarnik”. Precisamente, su libro lleva colgado un epígrafe de la poeta argentina que habla sobre reparar la herida y el dolor.

Su primera novela, Caja de Resonancia (La Calabaza del Diablo) habla sobre eso. Es la historia de tres mujeres de generaciones distintas y en la cual Alejandra, su protagonista, trata de unir las piezas de un recuerdo que está alojado en el centro de un quiebre familiar. Como telón de fondo, surgen distintas etapas de la Dictadura de Pinochet.

—En la novela hay un fuerte énfasis en el manejo del recurso del recuerdo. ¿Qué tan importante era la memoria, el hecho de recordar para la protagonista?
—Lo que me parece interesante es que el personaje va creciendo a medida que la novela avanza. En un principio ella está un poco perdida y está buscando ciertas cosas. La obra está escrita en fragmentos, tal como sucede con la memoria. Uno recuerda en fragmentos, en imágenes desgarradas.

—En ese sentido, ¿ella está tratando de descubrir algo?
—Se supone que la mente no tiene tiempo, entonces efectivamente ella está buscando algo. A medida que va avanzando el texto, también le van pasando muchas cosas, le sucede a la madre y la tía de esta protagonista.

—Interesante el juego de las tres generaciones en una misma familia…
—Era algo que intuitivamente quería hacer y espero haber logrado, enseñar tres mujeres súper fuertes con sus visiones distintas. Son tres generaciones divididas por sus vivencias: una experimentó la dictadura, otra creció en dictadura y la última debió asumir todo lo que vino después de la dictadura. Cada una de esas tres perspectivas se interpreta desde una hegemonía patriarcal.

Lesbianismo como cosa natural

La protagonista es lesbiana y el planteamiento que la autora hace sobre el tema no deja de llamar la atención, pues el contexto está ubicado en los inicios de la década del 90, cuando en Chile la incertidumbre era el principal factor que reinaba en la sociedad.

Eso, sumado a que el tema de la condición sexual de la protagonista no es una prioridad para la autora. “Es más, parece ser un factor secundario en el eje central de la trama”, me aclara Constanza.

—En todo caso, hablar sobre lesbianismo en posdictadura igual llama la atención.
—No es un asunto culposo para el personaje. En otros libros u otras historias podría presentarse de esa forma, con mucho cuestionamiento y todo eso. La protagonista nota cierta libertad en el tema. Y la gracia está en presentar su lesbianismo como algo natural.

—La protagonista habla mucho desde la ironía, ¿a qué atribuyes eso?
—Yo creo que es una forma de suavizar el texto y también es algo que se da en la vida cotidiana. Cuando le sacas ese componente de humor negro, curiosamente queda una obra más sombría. Los personajes avanzan en medio de una tormenta, si no tuvieran esa condición ingeniosa quedarían estancados en el dolor y la culpa. Al final el humor te ayuda a superar ciertas etapas conflictivas.

—La novela tiene como telón de fondo la dictadura, la memoria y el recuerdo. ¿Qué tan importante crees que son esos factores para poder avanzar?
—Es esencial. Siempre me acuerdo de la frase de una película que vi hace muchos años, y que decía: “Sin pasado no hay futuro, porque el futuro es un reflejo del pasado. Eso pasa mucho en Latinoamérica. Me llama la atención el debate que se ha generado en torno a la posibilidad de que los violadores de Derechos Humanos puedan salir de la cárcel.

—¿Entonces la memoria es necesaria para poder superar el dolor?
—Me parece fundamental la memoria, recordar los caminos que tomamos para llegar hasta acá. Por una parte nos sirve para que algunas cosas no vuelvan a ocurrir, por ejemplo impedir una nueva Dictadura, pero al mismo tiempo recordar vendría a ser un acto de justicia. Pienso que es un discurso muy de derecha decir que siempre hay que mirar hacia adelante. Hay que entender el pasado para poder seguir.

—¿Y Chile puede avanzar, tomando en cuenta que Pinochet nunca fue juzgado?
—Se ve difícil. Más allá de la dictadura, existen consecuencias directas como la educación neoliberal y el sistema vigente. Hay que seguir muchos rastros para conocer la verdad.

“Me interesa abordar la memoria”

Constanza Anabalón es socióloga de profesión, por lo que a ratos nuestro diálogo se enfoca en un análisis bastante profundo de la sociedad actual. En ese sentido, Caja de resonancia pareciera ubicarse en el límite de una historia posmoderna, pero la autora me explica que también quiso desarrollar algo más hondo que eso.

En el libro la protagonista intenta encontrar algo. ¿Qué necesita encontrar?
—La protagonista puede parecer un poco light y posmoderna, pero la verdad es que yo creo que busca su propia historia, entender dónde está. Ella va uniendo las piezas de su tía y su madre, además del quiebre familiar que hubo.

—¿Cómo se desarrolla ese conflicto entre sus familiares?
—Lo interesante de ese juego es recordar, ahí entra a jugar solamente la mamá y la tía, porque se muestra este quiebre, pero también cómo se resuelve. Finalmente la protagonista actúa como portadora de la memoria. Es más bien quien une las piezas, no es ella quien entra en el conflicto, sino quien lo entiende. En el fondo tiene que ver con nuestra generación, sobre no perder la historia en todos los sentidos posibles.

—¿Por qué elegiste los versos de Alejandra Pizarnik (Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos) como epígrafe?
—La historia se trata de eso, que la protagonista descubra cuál es la herida.

—¿Tú crees que uno puede descubrir su propia herida?
—No sé si uno termina descubriendo cuál es la herida fundamental, pero yo creo que junto con la memoria se van reconstruyendo ciertas cosas que nos pueden sanar a un nivel personal, más íntimo. Al final es el inicio de un proceso.

—¿Y Chile logró superar esa herida?
—Yo creo que no, mientras nos escondan la verdad seguiremos estancados en lo que fue la Dictadura. Para sanar esa herida, por ejemplo, es necesario que hablen los que saben dónde están los detenidos desaparecidos. Vivimos en una sociedad sumamente individualista. Es como si hubieran destruido los tejidos y entramados sociales.

—¿Por qué es necesario seguir escribiendo de la Dictadura?
—Va a depender de varios factores. Si fuera por evitar temas gastados, entonces después de los griegos no podríamos escribir nada más. Hablar de la Dictadura depende desde dónde estás mirando y escribiendo. Siento que ahora mismo está empezando a hablar la generación que nació después. He escuchado muchísimas veces que escribir sobre la Dictadura es irse a la segura, pero no creo que sea tan así.

—¿Qué otros temas te interesa abordar?
—Me interesa particularmente el tema de la memoria, cuando pienso en grandes temas me quedo un poco en blanco, no podría responderte esa pregunta en este momento.

—¿Estás trabajando en algo nuevo?
—Ahora mismo estoy trabajando en un libro de cuentos, cuyas historias son bien distintas. Quizás los grandes conceptos que las cruzan son Ñuñoa y el tango. Pero todavía no he pensado en ninguna fecha.

***Revisa un adelanto de Caja de resonancia***

Portada Caja

***

Un verano nos fuimos todos en caravana hacia el sur. Era la época en que mis padres se separaron y todo se solucionaba viajando. Cuando fue el primer quiebre nos mandaron junto con mi hermano un par de semanas a Temuco. Con el quiebre definitivo comenzamos esta caravana, cuyo destino final era Chiloé. Tenía siete años. Comenzaba a sospechar que los adultos a veces tenían buenas ideas.

Iba mi tía con sus cinco hijos, sus nietos, mi madre, mi hermano y yo. Ah, y el marido de mi tía, un filósofo loco que solía hacer puré en tetera y se encerraba por las tardes en la pieza del planchado a ver el canal ARTV.

Fue un viaje de risas, de goce. Las primeras cabañas donde nos quedamos se llamaban “La Viuda Alegre”. Eso nos dio material para un par de días. Allí conocimos a Patricia, la cabra de monte que se creía perro. Corría para todas partes con el Dog (el perro ovejero-madre postiza). Hacía unos sonidos que emulaban un ladrido. Te pedía cariño, y si tenías la mala ocurrencia de dárselo se montaba en sus dos patas traseras. Seguramente sería una anécdota para un tipo de uno ochenta. Cuando tienes un metro veinte de vida, estas cosas asustan.

Lo de Patricia fue gracioso hasta el día en que debíamos continuar el viaje: se subió al portamaletas y nos demoramos más de media hora en bajarla. ¿Cómo bajas a una cabra que se cree perro del portamaletas de un auto?

También conocí a mi primer amor. Se llamaba Felipe, era hijo de los dueños de las cabañas. Intenté conquistarlo haciendo una coreografía que vi en Los Simpson, con música de la Pantera Rosa. Esa onda. Lo peor es que me resultó.

***

La banda sonora de nuestro viaje al sur fue Silvio Rodríguez. Era el comienzo de los años noventa. Nuestros padres y tíos andaban exaltados y felices, pensando que la Alegría “ya venía”. Eslogan que, entrado el siglo XXI, pudimos desmentir de forma triste y oscura.

Todavía recuerdo esos cassettes roñosos, regrabados mil veces, que mi madre enarbolaba como estandarte de una guerra cultural subterránea a la dictadura. El tráfico de cassettes de Silvio Rodríguez, Joan Manuel Serrat, Joan Báez, Isabel Parra, Víctor Jara, entre tantos otros. Me encantaba el sonido del momento exacto en que el cassette entraba por la rendija. Imaginaba que había un pequeño cantante allí dentro, y ese click era su carraspeo antes de comenzar.

En el viaje de ida sólo los dejamos hablar a ellos. Fue un lindo gesto. Hicimos un trueque frente a ese silencio impuesto por casi veinte años. Además, ninguno de nosotros quería hablar. Solo reír y comer. Como la gente normal.

Recuerdo haber despertado una mañana sumamente temprano, recién salía el sol. Me escabullí de las frazadas que apresaban mis piernas, que se me enredaban como dos serpientes viejas y arrugadas, y corrí hacia el patio. Atravesé los pastizales, sorteando los girasoles que se interponían. Probablemente al día de hoy esa hazaña hubiera durado dos zancadas. Llegué hasta la orilla de la laguna, donde estaba mi madre. Sentada en una pequeña estructura de madera repleta de musgo. Tenía los jeans arremangados, y sus dedos jugaban con el agua. Movía sus pies en círculos concéntricos, apenas rozando el agua. Luego metía los pies lo más hondo posible y los levantaba con furia. Intenté ser silenciosa, pero no me resultó. El radar de madre me descubrió. Me arremangó los pantalones del pijama, y me sentó a su lado. La miré largo rato hacer su ritual. Sentí que estaba en el lugar más hermoso de la tierra.

Luego dejó de moverse y sólo se quedó mirando el agua. Cuando me empecé a aburrir le pregunté qué era lo que miraba tanto. Me dijo que algo se le había perdido. Le ofrecí mi ayuda, pero me dijo que nadie podía ayudarla. Quizás se te quedó en la casa, respondí. Cuando volvamos, le pregunto a mi papá si lo vio. Se largó a llorar.

***

Todas las noches nos quedábamos jugando cartas hasta entrada la madrugada. Con siete años, “entrada la madrugada” era cualquier horario después de medianoche. Jugábamos Carioca o Black Jack, no había muchas más opciones. Considerando que era la época en que el cable aún no se masificaba, y sumado a la mirada fulminante de nuestra madre si osábamos sugerir durante un viaje “prender-la-tele-solo-un-poquito”, las cartas eran una muy buena opción. Así que con mi gorro chilote puesto, hice crujir los dedos, y mientras el mate corría, jugábamos a las cartas y comíamos papas fritas con ramitas.

Recuerdo que la última noche el juego se extendió bastante más. Yo iba ganando todas las partidas y mis primos me decían que “si tienes buena suerte en el juego, tendrás mala suerte en el amor”. Con la literalidad que acompaña a la primera infancia, no pude dejar de pensar en Felipe, el hijo de los dueños de las cabañas, en que me había ido demasiado bien con las cartas, en que ya no lo volvería a ver más, y un asco me invadió por completo. Me llevaron azul verdosa hasta la cama. Le pedí a mi mamá que se quedara conmigo, pero me dijo que más ratito.

Desperté a una hora incierta, con el golpeteo de copas y descorches. Me acerqué un poco a la puerta, y sólo pude escuchar las voces de mi mamá y mi tía. La de mi madre se escuchaba entrecortada y ya imaginaba su aliento avinagrado. Mi tía le hablaba suave, como convenciéndola de algo. Entonces nos iremos a Antonio Varas, dijo mi madre después de beber el último trago de vino. En zigzag se fue a la cama.

 

No lo olvides,

yo escribo mirándote a los ojos.



Categorías:Entrevistas

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