Soy Grinch, ¿y qué?

Por Paz Crovetto.

No recuerdo cuándo dejé de creer en el viejito pascuero, pero de seguro no tenía más de siete años. Tal vez mi espíritu inquisidor hizo que la magia navideña se esfumara, o pude haberme dado cuenta sola de que no todos lo pasan bien en esa época del año.

De niña, yo era la encargada de armar y desarmar el árbol de navidad, ese que hasta el día de hoy tiene adornos más viejos que yo. La ansiedad era tal, que me costaba esperar hasta diciembre para hacerlo, pero casi siempre aguantaba estoica, salvo un año que lo armé antes del veinte de noviembre. Dentro de mis labores también estaba la de envolver los regalos y hacer las rosas con cinta. Hasta el día de hoy mantengo mi amor por envolver.

Ese estado de felicidad se fue apagando, porque a medida que me iba haciendo grande también crecían las responsabilidades. Con el tiempo me dejó de gustar, no tanto por el gasto de dinero, sino porque empecé a notar que muchos hacían regalos navideños simplemente por cumplir. Y así fui perdiendo interés. El árbol no lo armé más; pesebre, para qué decir. Me fui volviendo una intolerante navideña, una especie de grinch que sufría cuando salían las banderas chilenas de las vitrinas en los supermercados, para dar paso a los pascueros gigantes: un bombardeo que nos recuerda que se acerca fin de año, dos meses antes de que realmente pase. Me parece un nerviosismo innecesario.

Un punto de inflexión sucedió durante el primer año que decidí no celebrar la navidad con nadie. Ni con mis padres, ni con mi futuro marido. Sin dar más explicaciones, pedí comprensión y me fui a cenar a la Plaza de Armas, en donde me comí una marraqueta latiguda con mortadela y un vaso de té junto a desconocidos. Una de las mejores experiencias que he vivido. Como todo grinch, me molestaba la navidad y su falsa alegría, pero esa velada en “el kilómetro cero de Santiago” me ayudó mucho a pensar. Más que rabia sentía pena, porque entonces pude ver y compartir la soledad de la gente, lo que reflejaban sus rostros cuando nadie estaba pendiente.

Años más tarde, cuando ya vivía lejos del alero materno, la época navideña seguía pasando sin pena ni gloria. No había árbol, pesebre, ni nada por el estilo. No tenía motivos para adornar mi casa, porque de todas formas pasábamos la navidad en otro lado con mi marido. La gente seguía reclamándome por mi falta de interés, cosa que tampoco me interesaba demasiado. En cualquier caso, yo estaba segura de que no era la única que pensaba así.

Y de un día para otro todo cambió por culpa del Rena, mi hijo.

Si bien él no hizo que amara ni vibrara con la navidad, me hizo entender que esa época es para el disfrute de los niños. El año pasado era más bebé y todavía no caminaba, por lo que me pareció complejo armar un árbol, ya que entre gateo y gateo pasan los accidentes.

Contra todo pronóstico, este año cedí en algo que no había hecho en años. Todo por culpa de un amor absolutamente irracional. Tomé a mi hijo y partí al supermercado, comprando un pino del porte de un niño de dos años. También compré pelotitas con campanas que suenan cuando se agitan y un juego de luces con forma de estrellas.

Fue raro sentarse con el Rena a armarlo, para nada desagradable como en las navidades pasadas. Me divertía verlo pelear con las ramas del árbol, tratando de poner los adornos; era tan linda esa carita de felicidad que ponía cuando miraba las estrellas. A veces me observaba con cara de travieso, con la punta del árbol entre sus manos, meciéndolo muy fuerte para ver cuánto resistía. Solo espero que el árbol sobreviva hasta el día veinticinco, cosa que estoy dudando cada vez más.

Hoy estoy más vieja, asumo que sigo siendo una grinch, pero más moderada. Entiendo que la navidad es para los niños y por eso les hago exclusivamente regalos a ellos, porque es hermoso ver cuando los abren. Pero sí me he preocupado, y lo seguiré haciendo con mi hijo, de que la navidad no sea una fecha para pedir cosas como si el mundo se fuera a acabar. Considero que a los niños se les debe enseñar que las cosas cuestan, que no siempre pueden tener lo que quieren. La navidad no es ninguna excepción.