Capítulo 3: El justiciero de la muerte

Por Aldo Berríos.

La gente de hoy no sabe lo que es morirse. Piensan que la cosa es para la chacota. Pero yo me tomo muy a pecho esta cuestión, simplemente porque ya estuve muerto una vez. Se me fueron todos los síntomas innatos de mi ser durante un par de minutos en un accidente casi fatal. Y recuerdo que me sentía sanito y angelical, pero que a la luz del fondo no le caí tan bien que digamos. Parece que el cielo es medio selectivo para sus asuntos, medio prejuicioso para llevarnos a nosotros, los hijos de Dios. Uno entiende que San Pedro sea un tipo autoritario y Opus Dei, porque sino la santidad sería una cosa bien caótica. Nadie querría ir al cielo si nos ofreciera anarquía.

También me canso de esas personas que dicen ver fantasmas, porque todas parecen calumniadoras de la verdad. Tienen una sombra extraña en la cara, algo así como una falsedad adquirida. Creen que somos tan crédulos como para tragarnos cuanta fantasía nos inventen. Como les decía antes, yo estuve ahí, bailando en plena línea roja junto al Sapito Livingstone y Julio Martínez. La muerte no es ningún descanso, tampoco sirve para darse ínfulas de grandeza ni para presumir de la cercanía que tuvimos con ella. Porque eso es lo otro, la mayoría de los oráculos se creen la raja. A otro nivel. Te miran con desprecio, por encima del hombro como si ellos fueran mejores por ver rarezas. Y la gran mayoría tiene una vida de mierda. Esa es la pura y santa verdad: se lo pasan fantaseando con el otro mundo porque este ya les quedó grande.

En mi caso, cuando volví a la vida como lo hizo Lázaro no me sentí muy iluminado ni profeta. Me dolían hasta las uñas, con suerte podía hablar en el idioma de la gente ordinaria. A puteadas. Creo que tenía ganas de fumarme un pucho, y eso que era bastante chico. Resulta que la vida está llena de vicios que te aferran a ella, al menos así me decían los psiquiatras algunos años más tarde, cuando asumían que yo era un suicida con cierto talento.

El trabajo también vendría a ser una maña, un vicio aprehendido. Me enferma analizar estas cosas, aunque al menos no me veo igual de enfermo que mi papá, porque al pobre le cortaron un pedazo de su intestino grueso, ese que está por debajo del delgado. Todavía tenía una marca bien fea antes de morir, y yo pienso que debe ser terrible vivir sin un segmento tan grande, más que nada por las consecuencias. Porque mi viejo se cagaba cada dos minutos, funcionaba como un ser incompleto y así lo hacía notar.

Hoy tengo sueño, hace varias semanas cargo una jaqueca infeliz que me sigue para todos lados. Preparo una ducha para quitarme la modorra. Se va calentando el agua, entonces me miro en el espejo. Lentamente se empaña mi imagen. Limpio el espejo para verme, pero nuevamente se enturbia mi reflejo. Al final dejo de enjuagarlo, no tiene sentido seguir haciéndolo. A veces pienso que la muerte es una mezcla entre cansancio y hastío frente a lo que vemos de nosotros mismos.

Báñate más seguido, ese fue el mejor consejo que me regaló San Pedro cuando lo fui a visitar allá en el barrio alto. Voy a pecar de sincero, porque también se puso a dar jugo con varias frases antediluvianas: el agua purifica, la gente pobre no se baña, las personas se ensucian a pesar de que al alma nunca le sobra el jabón espiritual. Yo me baño cada tres o cuatro días, pero es que sigo siendo un caso extraordinario. Estoy irradiado por una dimensión inexplicable y de ahí que siempre huela a magnolia fresca. Alguien tiene que hacerle justicia a la muerte.