Me logeo, luego existo

Por Franco Barbato.

Nuestra categoría existencial está determinada por una nueva dimensión. Somos tanto sangre y carne como perfil virtual. ¿Les suena a The Matrix?

Empezó como un big bang informativo: se multiplicaron las fuentes de información, los opinólogos, críticos, líderes de opinión, youtubers, haters, memes y varios personajes que hoy parecen universales. Sin importar el país donde nos encontremos y la lengua que hablemos, ellos están ahí, creando puentes entre las personas. Nuevos códigos, nuevas plataformas y formas de socializar, que si bien consideramos virtuales, nadie puede negar que existen. Son porque están ahí, se aferran al “Dasein” que Martin Heidegger desarrolló en su obra, Ser y Tiempo.

Por lo tanto somos aquí, en la vida real, pero también en un espacio que no existe, pero está; ese espacio toma la forma según el contenido que le inyectamos: fotos, frases (originales y otras manoseadas de autores que me atrevo afirmar la mayoría no conoce más que en una forma de mutilación intelectual), pensamientos, emociones, campañas ciudadanas, “funas”, denuncias, modas como #todossomos, #prayfor, #xchallenge, etcétera. Un mundo se levanta con arduo trabajo y es rico en diversidad, por lo que varios se sienten amenazados por esta libertad que algunos llamaron anarquía, creando métodos de control, supresión, leyes (un ejemplo adecuado vendría a ser esa ley SOPA, que venía un poco aguada), en donde también surgieron héroes de la libertad, tales como Julian Assange, Edward Snowden, Aaron Hillel Swartz, entre otros.

De esta dialéctica entre libertarios 2.0 y organismos de represión surgió la deepweb, una respuesta underground a los monopolios que incluso tiene su propio sistema de mercado: Bitcoins, dinero virtual con el que puedes comprar desde libros y música, hasta armas y menores de edad que ejerzan como prostitutas, también puedes buscar un sicario o drogas que superen los límites de nuestra imaginación.

Hemos creado una nueva sociedad que se supone no existe, porque no es real desde el punto de vista físico. No es tangible, pero interactúa a cada segundo con nosotros. Solo basta con mirar a nuestro alrededor, en el bus, el metro, caminando por la calle, cenando en un restaurante: todos con un teléfono en la mano. Es el triunfo del no-ser. Ahí está la tecnología, alimentándose de la intimidad, mientras nosotros decidimos publicar cada detalle de nuestras vidas.

El mundo ha cambiado dramáticamente, y como formamos parte del mundo no podemos verlo bien. La reciprocidad que tenemos como sujetos de este fenómeno nos obliga a considerar ciertos hechos como objetos sin consistencia. Es cierto, nacimos siguiendo otros códigos y tuvimos que aprender a emplearlos, tampoco tenemos el vocabulario requerido para cristalizarlos en conceptos más elevados. Toda la fuerza de un torrente, del espíritu de la historia, nos coarta la posibilidad de observar esta Nueva Era y al hombre que nació en ella. Hoy los niños son nativos digitales.

Esto recién comienza. No sabemos qué sucederá en un siglo. El avance en inteligencia artificial, teoría cuántica, astrofísica y otras disciplinas científicas se ven hoy cara a cara con lo que antes parecía imposible, con imágenes venidas directamente desde la ciencia ficción. Y lo que alguna vez imaginamos, hoy es real. Demasiado real. Imposible vaticinar el futuro de nuestra civilización, pero por supuesto que podemos garantizar que en este momento el ser humano se logea, y luego existe.