¿Puede consolidarse la literatura de fantasía en Chile?

Por Joseph Michael Brennan.

Lo que voy a decir no es una queja ni un lloriqueo, sino una reflexión que me surge después de una primera incursión en el mundo de la fantasía nacional. En los últimos meses he leído “Las crónicas de Équilas” de Alejandro S. D’Alessandri, “Javo Rivera y los Tres de la Orden” de Héctor Olmedo, y el primer volumen de “Zahorí” de Camila Valenzuela. También, a través de “Corazón de Obsidiana” de María José Barros, me he familiarizado con el cómic de fantasía nacional.

Quizás no lo sepan, pero es difícil escribir fantasía en Chile, o mejor dicho, es difícil instalarse como escritor de fantasía. La razón está a la vista: los consumidores de este tipo de historias –que somos legión– preferimos a los autores anglófonos, los éxitos mundiales que llegan traducidos a nuestras manos. No me sorprende, puesto que la fantasía es un género que nació en lengua inglesa y tiene en ese idioma a sus mejores exponentes. Así se explica la paradoja de que, mientras que la literatura de fantasía está siempre en el top 10 de ventas, es muy raro que en este figuren autores nacionales del género. Al mismo tiempo, la fantasía británica y norteamericana, cuando tiene cierto éxito, llega con el apoyo de los medios audiovisuales (cine y/o televisión), y una montaña de merchandising, por la cual tenemos –reconozcámoslo– cierta debilidad.

Sin embargo, hay razones por las cuales podemos sugerir que se le dé una oportunidad a los fantasistas hispanohablantes, especialmente a los nacionales.

Ante todo, porque solo ustedes pueden dársela. Hablo aquí en primera persona, como autor. Lo más corriente es que nuestros libros salgan primero al mercado chileno y, si el libro no se vende en Chile, es muy que probable que nunca llegue a venderse en otro lado.

Segundo, no hay razón alguna para suponer a priori que los libros de fantasía de autores nacionales son peores que cualquiera venido de afuera. La fantasía no es un “género gringo” por naturaleza (aunque nos lo parezca por el estado actual de las cosas), escribir fantasía tampoco es agringarse: si este es realmente el género de la imaginación desatada, me parece tan universal como la imaginación misma. Y esta tierra tiene tanto que ofrecer como cualquier otra. Está en ustedes, en nosotros, descubrir mundos y sagas que han pasado desapercibidos, y que tienen calidad para convertirse en éxitos mundiales.

En tercer lugar, con escasas excepciones como Laura Gallego, los autores de fantasía que leemos nos llegan traducidos. Hay una maravilla oculta en el lenguaje, y percibir esto es un privilegio que les toca solamente a los lectores que acceden a libros en su lengua original. Surge una cierta belleza en nuestra lengua española cuando describe mundos maravillosos y aventuras épicas. Darle una oportunidad a un autor chileno, o hispanohablante al menos, nos permite acceder a ese gozo adicional, desconocido para muchos aficionados al género. Siempre me llamó la atención cuando la gente me decía que Tolkien era un mal escritor: no conozco a nadie que, habiéndolo leído en inglés, pueda decir lo mismo.

Yo me siento medio hipócrita al decir esto. Por una parte, mi álter ego es historiador celtista y ha preferido siempre las cosas de afuera. Como lector, recién ahora estoy descubriendo la fantasía chilena. Soy un fiel creyente de que a uno puede gustarle lo que sea, y el menú es enorme en un mundo globalizado. Pero si los chilenos no le damos una oportunidad a nuestros autores de fantasía, nunca llegaremos a figurar en el gran panorama global, para convertirnos en parte de la riqueza cultural de la humanidad.

Así que si me permiten un consejo que viene, tal vez, demasiado de cerca: amigos de la fantasía, ¡piensen en darle una oportunidad a la imaginación local!