Notas para una consolidación “literaria” de la fantasía chilena

Por Emilio Araya Burgos.

La discusión sobre la «fantasía chilena» ha estado en boga últimamente. Hace unas semanas, León de Montecristo (Codex Draconis) publicó un artículo en el que se discutía la pertinencia de escribir sobre dragones en nuestro país. Más recientemente, el autor Joseph Michael Brennan (Las Cenizas del Juramento) publicó una breve columna en Soy Pensante, titulada “¿Puede consolidarse la literatura de fantasía en Chile?”. En ella se planteaba la pregunta de si un autor dedicado a este género podía prosperar en una realidad editorial como la nuestra.

Aquí he procurado comentar algunos de los puntos más relevantes de la columna del escritor Joseph Michael Brennan, desde el argumento, no con el objetivo de denostar o desautorizarlo, sino con la idea de que traigamos el debate a donde realmente pertenece.

Como académico, me he dedicado a estudiar los orígenes y las ideas de al menos una de las varias ramas de la fantasía literaria. Como autor, he intentado evocar visiones del Reino Peligroso desde que tengo uso de memoria.

El hecho de que solo yo pueda hacer algo no implica, necesariamente, que lo haga o deba hacerlo. Sin una motivación de fondo que alimente y sostenga el impulso de actuar de tal o cual manera, siempre podría elegir algo diferente. Desde esa perspectiva, tendríamos que mostrar cuáles son las cualidades o virtudes de la fantasía que buscamos promover. No podemos depositar una responsabilidad desmesurada en el público lector sin darle garantías concretas (como citas de alguna obra destacable, reseñas a la trama de algún libro significativo, entre otras).

Globalización literaria

Tomando en cuenta la hegemonía cultural de Estados Unidos y el status de lingua franca del inglés, no se puede negar que esta última goza de un privilegio similar al del latín en tiempos pasados. Es la lengua de la diplomacia y del conocimiento. También es el principal vehículo de entretenimiento en estos días de Netflix y grandes producciones cinematográficas. Incluso la industria del videojuego está dominada por paradigmas «gringos». La fantasía, por mucho que nos pese, también.

Naturalmente, esto no significa que la fantasía sea «un género gringo». Sin embargo, tampoco implica que debamos apoyar la industria nacional. Si asumiéramos esa posición tendríamos, por necesidad, que preguntarnos: ¿por qué, si los temas de [Inserte el título de una novela de fantasía chilena] y los de [Inserte el título de una novela angloparlante] son los mismos todavía prefiero la novela angloparlante? Hay, como digo, factores culturales que no se pueden soslayar. La calidad literaria, lo que en inglés llamamos artistry, la buena literatura, allende su consideración dentro y fuera de la academia, es capaz de generar experiencias estéticas potentes. Hacemos nuestra una obra literaria cuando nos habla directamente al corazón y al intelecto. ¿Hasta qué punto la fantasía chilena está al debe en cuanto a proveer experiencias estéticas significantes?

A menudo uno escucha el argumento de que solo existe la fantasía en inglés y que por lo tanto los autores hispanoparlantes están condenados a vivir a la sombra de Tolkien. Esto presenta dos problemas: el primero, que no se conoce la obra de autoras como Liliana Bodoc (La saga de los confines) o Verónica Murguía (Loba), quien por cierto estuvo de visita en la FILSA 2016. También está el caso de Paula Rivera Donoso (La niña que salió en busca del mar), Daina Chaviano (Un hada en el umbral de la tierra) y Patricia Truffello (La tierra hundida). Ana María Matute (Olvidado Rey Gudú) llegó incluso a ocupar un escaño en el brazo académico de la Real Academia de la Lengua Española. No es que no haya obras de fantasía escritas en nuestra lengua materna. Lo que ocurre, y que es de donde se desprende el segundo problema, aunque enunciado brevemente, es que confiamos demasiado en las librerías y no nos arriesgamos a buscar voces diferentes. El mercado, con su gran poder, promueve ciertas obras en desmedro de muchas otras. Ante esto, los lectores, aparentemente incapaces de pensar por ellos mismos, se ven sumamente limitados por las obras destacadas por los grandes sellos y casas editoriales.

Retomando el lenguaje

Volvamos, ahora, al asunto del lenguaje. Todo ese tema de la belleza épica del español falla a la hora de darnos ejemplos que permitan respaldar la afirmación. ¿Dónde se aprecia esa belleza? ¿En el ritmo, la cadencia, la fonética, la entonación, en la sutileza semántica de ciertos conceptos o en la precisión sintáctica de algunas de nuestras estructuras? Por otro lado, aunque suene de Perogrullo, ¿de qué variante del español estamos hablando? Los giros peninsulares son muy distintos a los rioplatenses. El castellano, dialecto del que deriva nuestro propio español chileno, se diferencia lingüísticamente del acento sevillano o madrileño. La lengua de Quevedo y de Cervantes no es la misma que la de José Donoso o Jorge Luis Borges o Verónica Murguía.

Aun así, es bastante cierto que toda traducción implica una pérdida y que hay cierto beneficio en leer obras de fantasía escritas originalmente en nuestra lengua materna. Con todo, es importante no menospreciar la voz y la labor del traductor. En este contexto, cabe traer a la memoria el caso de Matilde Hörne, la fallecida traductora de la entonces editorial Minotauro, quien dotó al Terramar de Ursula Le Guin de un lirismo que contrasta con la parquedad y parsimonia que la autora exhibe habitualmente en sus obras cuando las leemos en inglés. Su propia voz, sus propias preferencias literarias, sus propios sesgos como lectora y usuaria de la lengua de Shakespeare sumaron algo a la creación de Le Guin. Habiendo leído los libros de Terramar tanto en inglés como en español, puedo dar fe de que ambas son experiencias muy distintas y complementarias. La desventaja, claro, es que son instancias que dependen de ciertos privilegios.

Conclusión

El hecho de que depositemos toda nuestra confianza en la apuesta del público lector, creo que nos juega en contra a los aficionados al género. En otras palabras, si la fantasía chilena tuviera valores añadidos que ofrecer (además de solo ser entretenida u absorbente) aumentarían las posibilidades de contar con lectores más comprometidos. Una obra, cualquiera que sea, que no ofrece más que una lectura trepidante o personajes con relativo grado de carisma, no basta para despertar la fidelidad profunda que podemos sentir por los grandes de la literatura de imaginación. La ficción que resuena en nuestras vidas lo hace precisamente porque es una representación profunda de esta última, un viaje al interior a través de la belleza y la potencia del lenguaje. Si el lenguaje falla o no se yergue por encima de los estándares mínimos para que algo sea publicado, ¿cómo podemos esperar que el público se sienta atraído a nuestros mundos? Si las visiones de nuestra imaginación no pueden sacudirnos más allá del remezón efímero del mero entretenimiento, ¿cómo podemos pretender tener resonancia universal? Los posters, los banners, los trailers o los anuncios de Facebook acicatean la curiosidad de los fans, sí, pero no tienen poder sobre quienes quieren leer una literatura ambiciosa, escrita con celo, visión y talento. En este último punto, nuestra producción adolece indiscutidamente de múltiples carencias. Nos falta madurez, perspectiva literaria y vocación por hacer arte de buena calidad. Y, aun así, pretendemos que se nos den votos de confianza. ¿No deberíamos preocuparnos, primero, de merecer esa lealtad?

La literatura que logra impactar y enriquecer la vida de quienes la leemos no solo descansa sobre la publicidad o la buena voluntad de la audiencia. La novela es, ante todo, una provincia del lenguaje. Si el arte no embelesa, si no es capaz de estremecer o provocar, la responsabilidad no es de la ilusión ni de los ilusos. Es el-la ilusionista quien debe replantearse su trabajo. Cerrar los ojos a esa realidad es invocar la obsolescencia.



Categorías:Tinta y pluma

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1 respuesta

  1. Al señor Araya Burgos, quien tuvo a bien responder a mi columa del 7 de Enero publicada en “Soy Pensante,” no tengo mucho que decirle que sea constructivo y relevante en lo que se refiere al debate mismo. Le doy la razón en todo o casi todo lo que dice, y todo o casi todo lo que yo pudiera agregar, sería poco más que floritura.
    Sin embargo, el señor Araya Burgos dice lo que dice rebatiendo cosas que yo no he dicho, y no es mi deseo que impropiamente quede instalada la impresión de que tales ideas fueran mías.
    – No he dicho que el público chileno deba consumir fantasía chilena: he pedido que le de una oportunidad. En otras palabras, no he afirmado que hayan de preferirla por ser local; he sugerido que no se nieguen a ella por serlo.
    – No he dicho que no haya fantasía escrita en lengua española, sino que es poco conocida (en relación a su contrapartida anglo). Le agradezco al señor Araya Buurgos, en todo caso, por esa suscinta biliografía de consulta que nos ofreció.
    – No he dicho que el trabajo de un traductor deba ser despreciado o pasado por alto. Es un oficio que conozco bien, que he practicado abundantemente, y que practico. Dije, sí, que cuando se traduce, algo se pierde (lo que no impide, al mismo tiempo, que algo diferente se gane).
    Me llama la atención que un hombre de la erudición del señor Araya Burgos haya fallado en identificar el género del texto al cual decidió responder en su ensayo. Dicho texto era una columna de opinión, y no un artículo académico. No era necesario que yo ofreciera las evidencias que el profesor Araya me exige. No necesito explicar por qué me gusta el helado de vainilla cuando se lo recomiendo a un amigo. No me cargué entonces con la responsabilidad de probar que la fantasía nacional sea buena: creo que los argumentos están en los libros, y los jueces son (y serán) los mismos lectores.
    Al principio de mi columna, dije de dónde me venía aquella reflexión. Brotaba de la lectura de algunas primeras obras de fantasía nacional. Dese usted por enterado, profesor, de que creo que estas son obras de calidad, que no les falta artistry, que tienen dignidad literaria, que son – por derecho propio – obras de arte. Y esto no lo digo como experto en la materia, que no soy. Lo digo como consumidor de literatura de fantasía.
    Quizás al señor Araya Burgos no le interese que una obra de ficción sea recibida por el gran público. A mí, en cambio, me interesa mucho, y no me conformo con que circule entre entendidos y expertos. Hoy, al gran público se accede a través a través del marketing: el mejor libro del mundo podría estar ahora mismo en el disco duro de algún joven o jovencita, en Angol o en Mejillones o quién sabe dónde, pero será el buen trabajo editorial de selección y procesamiento del texto, la promoción y la publicidad, el apoyo de librerías y libreros, y la conciencia de los consumidores, los que puedan sacarlo del anonimato. Tengo muy claro que la responsabilidad primera está del lado del autor, pero hay muchas otras responsabilidades en juego, y cuyo rol es fundamental: apelar a estas últimas no es desmerecer aquella primera.

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