La noche mágica para llorar a un grande

Por Felipe Valdivia.

El día entero fue mágico y caluroso. Aquel sábado 7 de enero se podía percibir un ambiente especial en el Estadio Nacional, donde se realizó la Cumbre del Rock Chileno. Varias cosas sucedieron durante esa jornada. Por la tarde se reunían, en dos escenarios, muchísimos artistas nacionales, tanto contemporáneos como aquellos que vivieron su mejor momento musical durante la década de los noventa. El festival cumplía diez años y al mismo tiempo volvía a su escenario original. Pero el telón de fondo real era esa mística que nos ayudaría a despedir un héroe musical, una leyenda. Desde que se supo esta noticia la gente decidió asistir a la Cumbre con un ánimo distinto. Y es que la despedida definitiva de Jorge González ameritaba nuestro compromiso.

Incluso desde fines del año 2016, cuando el ex Prisionero anunció su retiro de los escenarios, la productora a cargo del evento reconoció que el tono del festival cambiaría drásticamente. A Jorge González no se le puede negar su estirpe de leyenda. Tener la posibilidad de homenajearlo fue notable.

Los más de 35 mil asistentes al concierto se notaban ansiosos por verlo una última vez. Ello se reflejó, por cierto, cuando distintos artistas en su tiempo estipulado (20 minutos por banda) reversionaron canciones de Los Prisioneros o del propio Jorge en modo solista.

Por ejemplo, el público pudo corear la propuesta de “Tren al Sur” que presentó la cantante Nicole o la rockera “Estrechez de corazón” que se atrevió a reinterpretar el grupo Weichafe. De alguna manera, los asistentes eran uno solo cuando se trataba de rendir homenaje a la principal estrella de esa jornada.

La sensación térmica en el Estadio Nacional era de casi 40 grados, por lo que predominaron las postales de torsos desnudos y cholguanes sobre las cabezas, material que la productora instaló sobre el césped con el propósito de resguardarlo. No obstante, el ánimo y la energía estaban presentes. Pero lo mejor estaba por venir.

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Un concierto masivo con sabor a intimidad

La noche fue cayendo tan lento como la misma espera para ver la presentación del grupo Día Cero, conformada por los ex integrantes de La Ley, a excepción de Beto Cuevas. A esas alturas de la jornada y con 40 minutos de retraso, el público estaba un poco molesto, dado que después de esta banda recién sería el turno de escuchar a Jorge González.

Tímidamente fueron apareciendo poleras y cintillos con la cara y nombre del artista, también de Los Prisioneros. Fue inevitable recordar ese glorioso concierto del año 2001, cuando la agrupación original se reunió frente a un Estadio Nacional repleto. En esa oportunidad, el reducto deportivo completó las 80 mil personas, y como fue una presentación en fecha doble, hablamos de 160 mil fanáticos. Aquí la cifra era considerablemente menor, pero de todas formas el estadio dejó en evidencia esa emoción tan propia de una despedida.

Poco antes de las 22:30 horas, las pantallas gigantes comenzaron a mostrar diferentes etapas del músico nacional. Un joven Jorge González entrevistado tras el éxito en Chile de una banda ícono de la década ochentera. También apareció su vanguardista proyecto en solitario, su reunión con Los Prisioneros, esa recordada conferencia de prensa en la que arrojó los micrófonos ante la insistente pregunta de una periodista, además de aquel concierto en la región del Biobío, el mismo día en que sufrió un ataque cerebrovascular.

Poco a poco una luz rompió la oscuridad del escenario. En paso silente, cansino y pausado Jorge González hacía su aparición. Los gritos se fundieron en un emocionante y masivo olé, olé mientras el músico miraba hacia el horizonte, acaso intentando identificar a ese mismo público que creció escuchando sus canciones. Porque finalmente de eso se trataba la velada, de que padres e hijos pudieran compartir un momento que quedaría registrado como uno de los principales hitos del rock nacional.

Aferrado en todo momento a una silla, el músico inició el repertorio con sus últimas composiciones. En las pantallas podía apreciarse una cierta nostalgia en sus ojos, una mirada en la que intentaba dar las gracias por ese tremendo cariño de un público que lo acompañó a lo largo de su carrera, vibrando con sus creaciones.

Un coro unánime, de aquellos que erizan los pelos, se dejó oír cuando Jorge González interpretó las canciones emblemáticas de Los Prisioneros. Sin embargo, hubo una canción en particular que lo emocionó: “El baile de los que sobran” fue cantada de principio a fin por el público. Ese fue el clímax de la despedida, una canción que fue escrita en plena Dictadura, pero que aún sigue más vigente que nunca.

Punto aparte para referirse al homenaje propiamente tal. Me parece que no estuvo a la altura, considerando la importancia que representa la figura de González para el rock nacional. Lógicamente no es culpa del artista ni menos de su staff, sino que de la productora que organizó esta Cumbre del Rock Nacional. Tampoco le sacaron partido a algunos momentos emotivos, por ejemplo cuando el Ministro de Cultura, Ernesto Ottone, le entregó la Orden al Mérito. Tal vez se pudo hacer más.

Más allá de ese punto negativo, Jorge González cerró la noche entregándole un premio a otro grande, acaso el encargado de llevar la batuta a partir de ahora con la estirpe de ídolo: el vocalista de Los Tres, Álvaro Henríquez.

Una noche mágica para llorar a un grande. Hasta siempre, querido Jorge.

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Categorías:Musicolocado

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