Martín Muñoz Kaiser: “Mocha”

El brujo y el aprendiz bajan de la balsa, chapotean en el agua, sus pies se hunden en la arena y arrastran la embarcación hasta la mitad de la playa. El sol se precipita lentamente hacia el horizonte; aún es un disco amarillo que forma arreboles en los jirones que avanzan perezosos en lontananza. El olor del agua salada y el viento marino le revuelven los cabellos azabaches al chico.

A la izquierda, hacia el sur, hay una montaña de rocas partidas y un altar que ha sido destruido no hace mucho. Melián lo mira con aprensión mientras recoge ramas secas para hacer una fogata y cocinar los peces que han capturado durante la navegación. Sabe que ahí es adonde se dirige con su maestro, que ese es el lugar donde enfrentará su prueba final. El crepitar del fuego y el cadencioso romper del oleaje envuelven a los hombres sentados en la arena. El camino de los cielos fulgura con alba luz mientras avanza la noche; la luna aún no despunta y los peces ya se han convertido en nada más que espinas dorsales y cabezas de ojos vacíos que se carbonizan entre las brasas.

—Este es el destino de las almas de los reches, los verdaderos hombres, aquellos que no se dedican a la guerra ni a las artes curativas. Es aquí donde debes morir para nacer de nuevo como un Neguepin, un maestro de la palabra —dice Curimán a su discípulo, quien lo mira nervioso.

—¿Morir es una metáfora de caminar por el astral?

—Eso ya lo has hecho. Necesitas morir para poder ganar la visión; morir de verdad… Perder la conexión con tu cuerpo, pero yo me ocuparé de que nada le pase mientras estás afuera.

—No creo poder convertirme en un buen Neguepin si estoy muerto, maestro.

—Nada es un regalo. Para mantener el equilibrio hay que pagar el precio establecido. Hay una razón por la cual los machis venían a aprender a esta isla, y también hay una que explica por qué KaiKai-Vilú, la gran serpiente, se manifestó aquí mismo. Existen puntos en la Tierra donde se unen los diferentes universos y estos conviven con mayor intensidad. El machi despierta luego de su paso por el mundo de los espíritus habiendo aprendido a ver lo invisible y habiéndole preguntado a los Negen por el conocimiento que necesita para sanar a su pueblo. Los seleccionados venían aquí a caminar en el otro lado, a buscar la sabiduría y la conexión con el gran espíritu y con los Negen, los espíritus guardianes. Mocha es un lugar donde se superponen los mundos.

El viejo se incorpora y se saca el chaleco, de uno de sus cinturones extrae una calabaza tapada con cera de abejas, la abre y se la pasa a Melián, quien bebe todo el contenido y luego se queda mirando fijo la pira. El brujo chasquea los dedos y el joven cae hacia atrás sin vida. Melián se levanta y ve su cuerpo recostado en la arena, mira a Curimán y este le sonríe indicándole la montaña de rocas partidas. En la playa, enormes ballenas jorobadas varan y abren sus bocas para dejar que las almas de los muertos avancen por la costa y se pierdan en el bosque. Entre ellos van muchos ancianos, algunos jóvenes y otros niños. Todos se ven felices y corren ligeros por la isla en busca de sus familiares, que los reciben cantando con júbilo. Fuegos fatuos arden azules y fríos en la noche, y Melián camina sin dejar huellas hacia la otrora pirámide de los sacrificios. Sus padres, hermanos, primos, tíos y abuelos lo llaman desde el bosque. El joven se siente tentado de internarse en él y olvidar su misión. Quiere ir y fundirse en el calor de los brazos de su madre, dejar de ser un huérfano, un niño despreciado, un paria, un abandonado. Los recuerdos de su familia son un peso y una motivación; se ve a sí mismo recolectando digüeñes y maquis, a su madre llamándolo a comer, lavando su ropa en el río, escarmenando lana junto al fuego, con el ají ahumado y las tortillas de rescoldo; recuerda las lecciones de su padre en el campo de entrenamiento, las manos de su madre acariciando su rostro, poniendo ungüentos en sus heridas y finalmente la noche del ataque de las criaturas; él y su madre corriendo por el bosque, los aullidos de los monstruos y su olor a podrido, el aroma metálico de la sangre de su madre.

Su ceño se anuda y contiene una lágrima.

Si logra volver a su cuerpo podrá verlos de nuevo, permanentemente. Recuerda entonces a Kutralpangui, el puma que ha decidido cuidar después de haber matado a su madre en las planicies del valle central, durante su rito de iniciación. Piensa en los parajes llenos de árboles y ríos del país del mar, y lo vacíos que estaban sin su familia; él era el último vástago de su madre y toda su estirpe terminaría con él si decidiera desviarse del camino.

Melián sube los escalones tallados en piedra y entra por una grieta que se abre en uno de los costados de la mole derruida. Dentro, las paredes titilan con un verde oscuro que semeja el cielo nocturno. Baja entre coscorrones de roca desgarrada hasta donde el agua de mar forma una laguna salada; en el centro de esta se erige un laurel joven y en flor, en cuyo tronco se enrosca una culebra blanca y brillante. El aprendiz de brujo nada hasta quedar a solo un metro del árbol, flotando cerca de él: quedando bajo su abundante follaje. Se impulsa con habilidad y se cuelga de una de las ramas; pero cuando está a punto de alcanzar con sus dedos una de las carnosas y blancas flores, la cabeza del ofidio sale de entre las hojas y abre sus fauces.

—¿El brujo te ha dicho que bebas del néctar de las flores de este canelo? —le pregunta la serpiente.

—¿Quién eres?

—¿Te ha dicho el viejo putrefacto que si bebes del néctar de este canelo, ciertamente morirás?

—Morir es el destino de todos los hombres, las serpientes no saben nada de la muerte porque cambian su piel y nunca perecen; ¿qué puedes saber tú de la muerte?

—Es cierto, todos los hombres mueren, pero no todos vienen a esta isla y encuentran nueva vida antes de reunirse con Pu Am, el Gran Espíritu. Pero si tocas este árbol y bebes del néctar de sus flores, tu destino será peor que la muerte: te condenarás a la Minchenmapu, la tierra de los espíritus en desequilibrio. Si bebes de ese néctar, serás condenado a vagar como un wekufe, un demonio sin forma. Y de ese infierno, pequeño Melián, no hay escape.

—Sabes perfectamente que no moriré, que ya estoy muerto—responde el joven arrancando la flor de cuajo—. Sabes que mis ojos serán abiertos y que seré como los grandes espíritus que conocen los caminos del mundo de los vivos y del astral, y que veré las almas de mis parientes incluso mientras esté despierto.

—Todo tiene un precio y vas a pagarlo antes de poder volver a tu cuerpo. Puede que lo que dejes atrás sea incluso lo que te hace ser quien eres.

Melián se acerca la flor a la boca, pero la serpiente se abalanza sobre él y le muerde la mano, enterrándole profundamente los huecos colmillos en la carne. Melián puede ver cómo el veneno se esparce por su cuerpo, petrificando cada una de sus falanges, cada uno de sus músculos. Se apresura a flectar el codo y beber el néctar de la flor, pero apenas el dulce líquido ha tocado su garganta, el joven cae de la rama, inconsciente, aterido y trémulo, hundiéndose en el lago salado. Su cuerpo llega al fondo con suavidad y su rostro se entierra en la arena que lo succiona, actuando como una membrana, o como una piel, que lo deja pasar por sus poros hacia el interior de un útero etéreo, el cuerpo del Gran Espíritu. Melián se levanta y puede ver su cuerpo en posición fetal, aferrándose a la vida; él ya no está ahí, y se siente liviano, está parado sobre el mar; a su alrededor solo hay horizonte, una línea morada que se difumina hacia arriba y hacia abajo, formando una bóveda surcada por nubes rojizas. Cuando mira hacia abajo puede ver que sus pies están sobre otros pies. Lo que está debajo de él parece su reflejo pero no lo es. El mundo gira, queda frente a frente con la imagen de sí mismo; es él, pero sus ojos reflejan el brillo de los ojos de la culebra mientras abre sus mandíbulas.

—Meliantu, cuatro soles, hijo de Mailen, hija de Ailin, hija de Suyai, hija de Lihuén, hija de Yankiray, la que yació con un hombre convertido en roca por Ten Ten y devuelto a su forma humana cuando bajaron las aguas elevadas por KaiKai; pequeñajo deforme y torpe, despreciado por todos, nada más que un inútil, tú debes ser hijo del Trauco y no de tu padre. ¿Dónde podrías llegar tú? No eres más que un huérfano, sin lof, sin linaje, no más que un ermitaño, ni mejor que un kofkeche inmundo y barbudo. ¿Quién te va a escuchar a ti? Puedes engañar al viejo siendo servil, someterte a sus torturas y creer sus mentiras, pero en el fondo, pequeño Melián, yo sé que eres un fracasado, un bueno para nada. Y si yo lo sé, quiere decir que tú también lo sabes. No eres más que un miserable al cual le ha llegado su justa hora de morir. Pero no te asustes, la muerte para ti es un descanso casi inmerecido: en la muerte podrás reunirte con tu amada madre, olvidar los dolores y el esfuerzo, olvidar el deber, olvidar el cansancio, el hambre y las humillaciones… Ríndete, pequeño fracasado, ríndete y acepta tu derrota, tu futilidad, tu debilidad, tu fragilidad; eres como una hoja en medio de un huracán: no entiendes, no sabes, no comprendes; vuelve al regazo de tu madre y llora… Muere, pequeño, y descansa.

—No puedo —se responde el niño a sí mismo—, tengo que vengarme.

El doble de ojos de víbora termina su soliloquio ponzoñoso con lágrimas en los ojos. Las mismas que corren por las mejillas de Melián. Se ofusca y se lanza sobre su interlocutor. El joven se mueve a un lado y toma la muñeca de su agresor, la dobla, pone la otra mano sobre la nuca de su doble y lo precipita al suelo boca abajo. Se sienta sobre él y le habla al oído: no son palabras sino intenciones, pensamientos abstractos que se transforman en los sonidos correctos en su boca sin que él sepa cómo, entiende que ese es el conocimiento que le ha otorgado el néctar de la flor. Las palabras hacen tiritar y sudar frío a su gemelo, que se retuerce con fuerza, hasta que de la boca de su doble sale reptando el ofidio blanco.

Más tarde, despierta tiritando de frío. Está acurrucado dentro de una canasta de mimbre, por cuyo tejido se filtra el aire helado que punza su piel. En la cesta hay cuerdas vegetales, cántaros con agua y algunos atados de hierbas y leña seca. En el centro cuelga una enorme cazuela de greda, en la cual arde un fuego. Sobre ella hay una especie de toldo alto, parecido a un globo de cuero; el olor particular de la grasa le indica que probablemente se trate de piel de ballena, aunque todavía están en la playa rodeados por un trío de almas.

—Durante la época de los primeros hombres, antes de que Pu Am le encargase el cuidado del mundo a los seres humanos —escuchó hablar al viejo Curimán, aunque como si este se hallase muy lejos, en una profunda oscuridad—, Antu Pillán, el sol, y Pire Pillán, quien está encerrado en el volcán Lanin, lucharon en cielo; en su enojo lanzaron a sus propios hijos a la tierra, pisoteándolos y enterrándolos, destrozados, en lo profundo de la corteza terrestre. Pu Am, el Gran Espíritu, compadeciéndose del llanto de las estrellas por sus hijos, juntó algunos de los trozos y creó con ellos una enorme serpiente; la cabeza del hijo de Antu formó el extremo llamado Tren Tren y la del hijo de Pire Pillán el extremo llamado KaiKai: de esa forma aseguró el equilibrio entre el agua y la tierra en el mundo. Un día, sin embargo, las serpientes entraron en disputa y, así como sus padres lucharon por el amor de Kuyen, ellos lucharon por poseer esta zona del planeta. KaiKai subía el nivel de las aguas y Tren Tren elevaba las montañas. Los lituches, los primeros hombres, corrían despavoridos en pos de las cimas de los montes. Los que no eran suficientemente rápidos para llegar a ellas, eran convertidos en peces, rocas o sumpalwes. Solo la intervención de los Ilochefes y la aparición de la Pillantoki pusieron fin al ataque vicioso de KaiKai. Más tarde, la gran serpiente despertó de nuevo y lanzó sus hordas de no muertos sobre las tribus del país del mar. Tus padres lucharon con valor para proteger a su pueblo, mas perecieron a manos del Trauko. Hoy, Melián, estás a punto de completar el primer paso en tu instrucción. Pero para poder vengar a tu clan debes volver a vivir.

—¿Por qué estamos aquí? —pregunta el jovencito, amodorrado y adolorido.

—Acabas de resucitar —responde el viejo—. Ahora puedes ver los dos mundos de manera superpuesta. Si hubieses despertado en la playa, probablemente te habrías vuelto loco. Es necesario que recibas poco a poco los estímulos para que tu mente se acostumbre al nuevo flujo de información. Es por eso que te he puesto dentro de este canasto.

—La culebra dijo que moriría, me mordió —dijo aún desorientado y con la vista borrosa.

—Y lo hiciste, la flor te intoxicó y tu cuerpo dejó de respirar; el veneno de la culebra te trajo de vuelta. ¿Recuerdas cómo te llamas?

—Meliantu me llamó la culebra.

—Reconoces a estas almas —Curimán apunta a los padres del muchacho, que lo miran semitransparentes por sobre los bordes de la canasta.

—No sé quiénes son. ¿Por qué me miran así, tan tristes?

—Has pagado un alto precio, Meliantu… Tenemos mucho que hacer y ya es hora de partir: estás vacío; es hora de llenarte.

Curimán suelta los lastres amarrados a la canasta y el globo aerostático comienza a elevarse. Los padres del chico lo miran desde abajo y se van haciendo cada vez más pequeños. Melián siente que algo le hace falta, algo que no puede recordar. Las figuras se van haciendo irreconocibles en la distancia, todo está rodeado de azul y un blanco húmedo. Curimán le sonríe y lo insta a ponerse de pie. Melián se da cuenta de que están flotando a muchos metros sobre el mar. La canasta está amarrada a un globo de aire caliente hecho con la piel de una ballena. A lo lejos puede ver la cordillera de los Andes, blanca e imponente; al otro extremo solo hay una costura azul entre el cielo y el mar. Sus ojos ven movimiento dentro de los volcanes y también sobre estos, pequeñas manchas que se mueven bajo el mar y entre los bosques a lo lejos.

El jovencito vive en dos mundos, aunque quizá ya no pertenece a ninguno.



Categorías:Tinta y pluma

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