Escritores, agentes de cambio

Por M.L. Sandoval.

Hace unos meses me invitaron a exponer sobre mi experiencia y relación con la literatura en varias escuelas en la que compartí, principalmente, con estudiantes de enseñanza básica. Fue una experiencia enriquecedora que formó parte de una especie de tour temático a mediados de año. Ahora bien, hubo una escuela en la que se dio una situación muy particular y a la que mi mente regresa de vez en cuando.

Sucedió que al finalizar mi exposición, la persona a cargo de la presentación dio la palabra a los niños que quisieran preguntarme algo. Había cerca de cien espectadores, entre estudiantes, profesores, asistentes de la educación y directivos. Ante la propuesta, varios niños alzaron el brazo con notorio entusiasmo. Fue una ronda de preguntas extensa en la que se conformó una fila considerable de niños esperando su turno para tomar el micrófono y conversar conmigo. Me preguntaron acerca de mi inspiración, qué libros había escrito, qué escribiría a futuro, cuánto tiempo me tomó terminar uno, y cosas por el estilo. Eso sí, hubo una excepción. Un niño que, con evidente esfuerzo, pidió la palabra desde su asiento. No quiso ser parte de la fila y por poco nadie repara en que su brazo llevaba alzado varios minutos. Algunos podrían pensar que el niño decidió preguntar desde la comodidad de su puesto, pero lo cierto era que la situación para él destilaba incomodidad.

No recuerdo su nombre, pero sí su aspecto. No pasaba de los once años y presentaba dificultades a la hora de hablar. Sin embargo, su pregunta, implícita en su afirmación, me quedó más que clara: “Yo también escribí un libro”, dijo, pero había algo oculto en esa frase.

Su frase no pasó desapercibida. Aparecieron las risas, quizá, en alguna esquina. Miradas de profesores con cierta incredulidad. Compañeros que daban aviso al del lado con disimulados golpes de codo. Al parecer, aquel niño no era muy dado a expresarse de esa manera, ni tampoco a dar muestras de un desarrollo cognitivo al nivel del resto de sus compañeros. En otras palabras, me dio la impresión que algunos esperaban más bien poco de él.

No obstante, consideré que mi sola presencia había provocado en el niño la motivación necesaria como para lanzar su verdad, esa verdad que tanto suele avergonzar a algunos en una sociedad plagada de estereotipos. Yo, el Escritor, con mayúsculas, me convertí ante sus ojos en la validación de aquello que ese niño disfrutaba tanto era algo digno de admirar. Que su dedicación a escribir podía no ser motivo de burla cuando un famoso escritor había hecho de las letras motivo de tantas alegrías. Lo sé porque lo he visto muchas veces. Los escritores podemos llegar a ejercer una influencia enorme sobre las personas, independiente de los criterios que definan nuestra calidad. Nuestras opiniones tienden a ser bien valoradas porque se admira el trabajo que implica la creación y publicación de un libro, aun cuando ese libro no lo haya leído nadie ni haya ganado nada. Proyectamos una serie de cualidades que gozan de gran consideración entre aquellos que no suelen escribir, que están empezando, o que todavía no han podido ver lo buenos que son. Esta influencia se hace especialmente patente en los niños.

No me quise quedar con la duda, por supuesto, así que le pregunté algunas cosas, como cuánto le había tomado escribirlo, de cuántas páginas era su texto, etc. No recuerdo los detalles con exactitud, pero recuerdo que su libro estaba compuesto por cerca de cinco planas, y que ya estaba trabajando en otros textos, incluyendo cuentos y poemas. El resto de los presentes parecía no creerle. Lo felicité, desde luego, y le ofrecí lo mismo que ofrezco a todos luego de cada presentación: apoyo y orientación.

Verán, yo tengo una fanpage en Facebook muy pequeña (ahora va en los 500 likes aprox.), y la suelo ocupar principalmente para dos cosas: dejar un registro de mis actividades a modo de portafolio, y conectarme con aquellos que soliciten mi ayuda. Cuando empecé a escribir lo hice con un objetivo muy claro, y era provocar emociones en las personas de la misma forma en que yo me emociono con las historias de otros autores. Si bien mi objetivo sigue vigente, se han ido sumando más, entre ellos, el ayudar a quienes recién están empezando.

A mí, como seguramente a tantos, se me cerraron muchas puertas al principio. Acudí a escritores que yo consideraba experimentados porque sus nombres resonaban en el mundo literario local. Entregué borradores con la esperanza de una “pronta respuesta” que nunca llegaría. Fui estafado por un editor inescrupuloso que se aprovechó de mis sueños por ver mi libro impreso, y hasta ninguneado por un escritor de gran renombre al no creer que mi libro vendió más que el de otros de vasta experiencia en un lanzamiento múltiple (y desordenado) en el que nunca se me pagaron las copias vendidas de mi obra, copias que, por si acaso, vendieron más debido a que amigos y familiares me apoyaron comprándolo en lo que consideraron un acontecimiento importante.

Como sea, experiencias de este tipo seguro muchos hemos tenido, algunas más humillantes que otras, pero en el momento en que comencé a formarme un nombre, a hacerme más conocido en mi localidad (y en menor medida en otras regiones) y, sobre todo, a ganar experiencia, me prometí nunca hacer pasar por lo mismo a algún autor en busca de apoyo. Esta es la forma que elegí para ayudar a los que se sienten más perdidos que yo. Les doy mi fanpage, les ofrezco la posibilidad de leer sus textos, corregirlos y criticarlos en la medida de mis conocimientos, y tal vez darles algunos contactos que son de mi plena confianza. Si se dan cuenta, no es tanto, pero cuando un niño, un adolescente o un adulto por el que nadie apuesta te pide que solamente le des un empujoncito, que lo escuches porque el mundo de la literatura parece tan amplio y salvaje, un poco de tu tiempo puede significar un mundo de diferencia para el que acude a ti.

Así que eso les ofrecí a todos los niños presentes, como siempre. Varios se miraron con entusiasmo, como si se hubiera abierto la posibilidad de ser leídos por toda una eminencia, al menos a sus ojos. Rato después, la directiva del colegio me invitó a un exquisito desayuno en el que fui el protagonista absoluto. Yo, un tipo que con suerte se ha dado a conocer en Concepción y en el que sus logros y trabajos apenas rasguñan el currículo de otros tantos, estaba siendo tratado con la más alta consideración.

Camino a la sala en que tenían preparado todo, me encontré con la sorpresa de ver mi rostro en multitud de afiches. Algunos niños sacaron los afiches de las ventanas y los llevaron hasta mí, solicitándome autógrafos y selfies. De más está decir que apenas pude comer, ya que estuve respondiendo las dudas de otros estudiantes que estaban ahí, esta vez de enseñanza media. Algunos ya me conocían y otros incluso me habían leído.

Entre esas conversaciones mencioné mi sorpresa en cuanto al niño que dijo había escrito un libro. Los profesores me dijeron que ellos estaban tan sorprendidos como yo. Aquel estudiante era uno que no solía destacar particularmente en nada, estaba dentro de los considerados como NEE (Niños con Necesidades Educativas Especiales), y que venía de una familia muy humilde en la que nadie era profesional.

Aquel dato fue el que me abrió los ojos.

Me explico. Mis presentaciones tienen un formato muy específico. Parto contando todos mis logros, o como se dice en buen chileno, “mis ganadas”. Muestro fotos de mis premios, mis apariciones en prensa, entrevistas, artículos dedicados a mis libros, invitaciones a conocidas universidades en las que fui la principal figura, etc. Esto suele generar una imagen de un tipo “seco”, que se las sabe por libro y de una gran trayectoria. Otros pueden pensar que mi exposición roza la pedantería, y algo de razón tienen, pero es una pedantería que está puesta ahí con una intención pedagógica.

La segunda parte de mi presentación consiste en contar mi vida como era antes de todos esos premios, apariciones en los diarios e invitaciones. Y es ahí donde muchos suelen prestar mayor atención, pues la exposición, cual relato posmodernista, desmorona la gran verdad antes expuesta: la del escritor grandioso que todo lo puede y todo lo logra.

Comienzo contando aspectos de mi vida en el colegio y en el liceo, de mi perfil de alumno considerado “mediocre”,de mis notas que apenas pasaban el 5.0, y del profundo desinterés que sentía hacia la literatura. Luego les cuento del momento en que decidí no seguir estudiando porque me licencié aborreciendo el sistema educacional, y porque prefería tener dinero en lugar de tareas. Les comento acerca de los años que pasé de mi vida trabajando en empresas de comida rápida, sin otro norte más que el vivir el día a día sabiendo que era capaz de mucho más, pero que nadie me creía. O los meses que trabajé de guardia de seguridad, haciendo aseo en empresas en la que pasaba completamente desapercibido. También les cuento que, como guardia, para matar las horas de aburrimiento, me llevaba libros (esos que nunca tomé en cuenta en mi época de escolar) para leerlos escondido dentro de mi garita mientras poco a poco iba dando forma a mis historias. A veces me ayudaban a mantenerme despierto en noches frías. Y para finalizar, les confieso en que hubo momentos en que luego de haber sido tratado como un invitado de honor por las autoridades de ciertas universidades, debía volver a mi trabajo, sacarme mi traje formal, ponerme mi delantal de aseo, y volver a limpiar las escaleras y baños de un edificio de cinco pisos.

El remate siempre es el mismo. Termino diciendo que, después de todos esos años, terminé siendo ascendido a un puesto directivo en gran parte gracias a mis libros. Los niños aplauden.

Considero que los que nos dedicamos a escribir contamos con una gran responsabilidad. Entre pares suele haber de todo. A veces cosas negativas, como ninguneos, guerra de egos, o qué se yo. Pero más allá de nuestro pequeño círculo artístico hay personas que buscan la oportunidad para seguir creciendo a través de la literatura y que ven en nosotros un referente a seguir. Somos agentes de cambio. Si pudiera publicar todos los cuentos que me han enviado los niños de los diferentes colegios a los que he asistido, así como de jóvenes o adultos que no saben a quién acudir y que han visto en mí una oportunidad de surgir por el solo hecho de escucharlos o leerlos, sabrían que tengo material para una buena antología. Es poco lo que hago comparado a lo que otros pueden hacer, pero es mucho para aquellos que no suelen ser escuchados.

Esta historia la suelo contar con orgullo en mis presentaciones, puesto que soy consciente de la importancia que se le da a la preparación académica en ciertas áreas ligadas al arte, y de lo debatible que resulta su validez. Escribir asusta. Las comparaciones e inseguridades terminan matando potenciales escritores. Los expertos de las letras intimidan al que siente esa llamita que dice: escribe, solo escribe, tal como aquel niño que hasta mi visita se había guardado semejante secreto. Pero cuando un niño escucha una historia como la mía, suele sentirse identificado con su realidad, con sus frustraciones. Recuerda que su padre es guardia, o que su madre trabaja haciendo aseo y que, hasta el día de ayer, el escribir era un hobbie lejos de las pretensiones de un escritor letrado, repleto de condecoraciones académicas. De pronto los niños ven desmoronarse al escritor imponente de inconmensurable conocimiento y ven detrás al hombre, al que sufre, y ven en ese sufrimiento el reflejo de sus propias vidas. Ven que es posible, y esta visión resulta tan poderosa que los insufla de determinación, vencen su miedo, ignoran los murmullos y las miradas prejuiciosas al punto de hacerlos levantarse de la silla y decir a viva voz: “yo también escribí un libro”.