Al rock chileno le falta rock

Por Andrés Urrutia.

Soy muy joven para decir “recuerdo cuando”, pero hubo un tiempo en que el rock llamaba a las masas, un tiempo en que a través de sus letras hablaban los sujetos que estaban fuera de los círculos elitistas, lejanos a esos tipos que hoy dominan el plano cultural. Allí se incubaron verdaderas revoluciones sociales, amorosas, estilos de vida que le dieron un nuevo ritmo a la sociedad posindustrial. Los Beatles experimentaron, los Who derribaron muros, Black Sabbath rompió con cada riff el canon de lo que era considerado buena música. Pero esos tiempos ya pasaron, ahora solo nos quedan las leyendas.

En una escala geográfica menor, varios artistas acá en Chile también marcaron las páginas de la historia. Los Prisioneros gritaron lo que el país callaba. Los Tres usaron su recién ganada libertad para experimentar. Fue interesante descubrir que el mismo día en que sus vocalistas pisaron el escenario, mientras Jorge González se despedía de su público, también se haya armado tanta polémica por la falta de rock en la Cumbre del Rock Chileno (el saludo entre Jorge González y Álvaro Henríquez fue más tenso que la cresta, eso nadie me lo va a sacar de la cabeza).

Aquel alegato tiene algo de razón. Es decir, un festival que se debería haber dedicado principalmente a dicho tipo de música, contó con más expositores del pop. Curioso y a la vez entendible, porque hace rato que nació una gran camada de artistas pop chilenos. Un pop que apela a las masas, a pesar de que las masas prefieran bailar reggaetón. Un pop introvertido, electrónico y hiphopero (como el pop gringo actual), que le gusta también la trova; un pop que apoya las luchas de la comunidad LGBT y el feminismo. Este movimiento, a pesar de su diversidad, se tomó la Cumbre del Rock valiéndose de una miríada de bandas nacionales.

La reacción llegó como ese ventarrón que te salpica de arena en la playa. Los principales argumentos consistían en que no tienen talento ni discurso, que su música es mala porque al final son puros apitutados artísticos. No vengo a rebatir esos argumentos, porque tampoco tiene mucho sentido hacerlo.

Creo que es un asunto de vejez, mis queridos rockeros. De vejez del rock, no de ustedes. El rock ha pasado a ser un ente pesado, algo así como un mamut caminando entre animales más jóvenes. Su peso y altura le otorgan ciertas conveniencias. Por ejemplo, la de mirar desde arriba para juzgar: “La música solo puede tener una buena composición, ejecución e instrumentos analógicos. Todo lo demás no es música”. Según esta crítica, el punk quedaría inmediatamente descartado porque no tiene buena composición ni ejecución; tampoco calificaría el electro, dado que solamente utiliza instrumentos digitales.

El verdadero problema del rockero es que se volvió elitista. Cree que alcanzó la cumbre de la música, donde todo lo que piense será bendecido por Euterpe, Musa de la Música. Cree que alcanzó la cima junto al jazz y la música docta. La gracia del chiste yace en que la música docta rechazaba al jazz, así como el jazz rechazaba al rock. Los rockeros olvidaron que su música no debería ser una música de elite, porque el rock es sinónimo de ruptura.

Si las bandas de rock nacionales han perdido espacios se debe a que empezaron a tocar para ciertos nichos, para esa elite y sus gustos “refinados”. De esta forma, hay tremendas bandas como Icarus Gasoline, Hielo Negro, Kuervos del Sur, Weichafe, Nuclear, que pasan piola porque son escuchadas por las mismas personas que juzgan un arte siguiendo las referencias. Hablamos del epítome esnobista. Por ese motivo, cuando las nuevas generaciones quisieron escuchar canciones de rock nacional no las encontraron, porque no aparecían en la radio, no aparecían en la tele, las podías conocer solo si tenías amigos rockeros o eras parte de alguna subcultura que los ligara. El rock dejó de tocar para las masas, para el público en general. Y allí se perdieron los espacios.

Ya nadie habla de los Chanchos o Los Miserables, que siguen tan buenos como siempre. Lucybell se fue a la B hace rato. Ases Falsos, pa’ qué decir. Que Manuel García se vaya para la casa, por favor. Mon Laferte, te amo en secreto. A pesar de los problemas que tengo con Los Bunkers (LÓPEZ), igual los cabros entienden eso de hacer temas globalizados.

Entonces aparecieron otras voces que tienen más sentido: las Javieras Menas, los Alex Anwandter, que muchos acusan de falta de talento o discurso. De ser falsos, pencas, malos músicos, malos artistas. Yo creo que son los rockeros quienes están demasiado alzados en sus torres de marfil, torres que empiezan a parecer ilusiones intelectuales porque son de cartón.

Hay que volver a las barricadas, compañeros, no quedarse solo en el bar y en la Rockaxis. El trovador les cantaba a todos, no solo los monjes copistas, demasiado encerrados en sus trabajos corales que agradaran al señor. Los trovadores cantaban al vulgo y a los reyes, mediante ese poder cambiaron la opaca música medieval. Los artistas están para derribar las murallas de lo cómodo. Jorge González entendía eso súper bien, por eso me duele tanto su partida.



Categorías:Musicolocado

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