Publicar un libro no te hace necesariamente un escritor

Por Carolina E. Varela.

Hace unos días discutía con mi jefa sobre la calidad literaria de un libro que estábamos editando. Lo publicaremos porque el autor vino a nosotras, pagó por la edición e imprenta y quiere que su libro esté en librerías. Así de sencillo. No envió su email preguntando si había posibilidad de publicación, si leeríamos su manuscrito, etcétera.

Al final de la conversación, yo le dije: “El mérito de fulanito es haber terminado su libro. Eso podríamos ponerle en la contraportada”. Comprenderán que la historia no es de mi gusto, y muchos de los que me conocen sabrán que a menudo, cuando hablo de libros que no me gustan, tiendo a poner los ojos en blanco. Y con este los puse muchas veces.

Pero lo del mérito no termina de ser verdad. Terminar un libro ES un gran mérito, no todos lo logran y cuando sabemos de alguien que ha publicado uno, lo miramos de forma diferente, ¿no? Claro que, de ahí a que el libro sea en realidad un buen trabajo, hay bastante trecho por recorrer.

Escribir un libro no te hace escritor propiamente tal. ¿O sí? Yo, a pesar de haber escrito y publicado uno, no me considero escritora. Primero, porque mi experiencia con la editorial fue algo nefasta y segundo, porque no seguí haciendo carrera como tal. Después de todo, el talento solo significa un 10% de lo que en realidad se necesita: un 90% de trabajo, dedicación y esfuerzo.

Me llaman la atención los que llevan años publicando y todavía no les veo gran avance en cuanto a calidad, vuelven una y otra vez a los mismos tópicos, parece que solo escriben y escriben, pero no leen nada, no integran lo que leen ni parece que tuvieran intenciones de mejorar. También hay otra especie que me causa curiosidad: los que son llamados a publicar por editoriales grandes, a sabiendas de que no tienen pasta de escritor. Hace poco leí (hasta donde me dio el hígado, a decir verdad) el libro de dos booktubers españolas cuyo caso me confirma que aunque seas un gran lector, eso no te convierte necesariamente en un buen escritor. El libro es pésimo y no lo digo solo yo, sino más de mil personas en Goodreads (es posible que haya más críticas en la web dando vueltas, buenas o malas, pero esa es mi referencia de primera mano). Es uno de los tantos libros que se imprimen como merchandising de una “celebridad”.

También existen aquellos que publican pero no buscan autodenominarse escritores, porque saben que ese no es su norte, ven su libro más como un objeto publicitario o de otras maneras, y está bien, todo bien. Al menos entienden su lugar y función en esta sociedad y eso se agradece. Como en todo tipo de cosas, para gustos los colores. De ahí también se entienden fenómenos como los libros de Youtubers, las autobiografías de famosillos, etcétera.

Una de las muchas aristas de una obra literaria tiene que ver con el ego del autor, porque escribir un libro también supone exponerse ante el público, no solo si de biografías se trata, sino de lo que se puede desprender de lo que escribes: tus gustos, tus lecturas, tu moral, tu comportamiento, tus ideales y tus trancas. De un modo u otro, siempre salen a la luz. Pero ya en el terreno obvio, el ego es una de las cosas con las que más me he topado estos últimos años trabajando en una editorial. Ese que ha sido exacerbado por palmaditas en la espalda, o que incluye al autor en su propia obra como personaje secundario, pero de enorme importancia para el protagonista. ¡Sacúdete en tu cripta, Miguel de Unamuno!

Siempre recordaré con cariño al escritor que me envió su manuscrito al email de la editorial y me dijo que su obra era como “El túnel” de Ernesto Sábato, pero mejor escrita. O al que me vio con su libro en una foto y me escribió: “Felicidades tienes una excelente historia en tus manos”. Como dice mi madre, si nadie más te piropea, empieza a hacerlo tú misma. Hasta ahora no me he topado con egos que desmientan mi teoría: mientras más alto sea este, peor será la calidad literaria de la obra.

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Porque, volviendo a lo anterior, publicar un libro no te hace escritor, hoy cualquiera que logre terminarlo, lo hace, incluso si no tiene dinero. Con las nuevas plataformas de autopublicación, la literatura se diversificó y democratizó, se hizo posible que muchos que llevaban años esperando por una oportunidad editorial, decidieran alzar solos el vuelo. Algunos de ellos resultaron ser grandes aciertos, pero otros… se ve que son muy simpáticos. (De aquí surgen tendencias como el “dinoporno”, del que hablaremos más adelante.) Además, en esta diversificación de la literatura, también se menosprecia el vocabulario, la redacción y la ortografía, cosa que hasta antes de la Internet era nada usual en los libros publicados por editorial. No existe la figura del editor ni del corrector de estilo, no hay una opinión objetiva de la obra antes de ser publicada.

Se publica según la moda del momento. Entre otros temas, en Chile abundan las novelas sobre dictadura, sobre problemas superficiales del barrio alto, sobre la relevancia de mi persona en todo lo que sucede alrededor porque sin mí las cosas no funcionan. ¡Ah! Y los thrillers tipo “Código Da Vinci” que incluyen dictadura, problemas superficiales de barrio alto y el mundo girando en torno al “yo”, en que el autor se pasea por las librerías sacándole fotos a su libro, dándose a conocer como tal. Demás está decir que el ego aquí abunda y la calidad escasea. Ya saben, si uno triunfó en eso, ¿por qué yo no?

Siento que ese respeto mínimo por el lector se perdió en pos del ego de los autores, se perdió la vergüenza, se habla de todo pero de nada a la vez, o se mastica lo que ya estaba dicho. Portadas lindas y contenido mediocre, temáticas vendedoras hasta el hartazgo. En algunos casos no hay real trabajo de por medio, solo lo primero que salió de la cabeza y de las entrañas, tirado sobre la mesa para que los incautos alaben la “increíble” historia de fulanito y este pueda sentirse en paz consigo mismo, mientras tacha de la lista de propósitos de vida el ítem “escribir un libro”.