¿Quieres ser un experto? Empieza por fingir que lo eres

Por Mariana Calderón.

Music nerd es un título que se lleva y se gana, pero que no solemos mostrar demasiado, porque generalmente significa obsesión. Eso de no poder sentirte en paz cuando llegas a un lugar en donde odias la música, o detestar cuando suena mal (con una ecualización deficiente, bocinas cartoneando, demasiado bajo, etcétera). Ahí mismo empiezan a sudarte las manos de ansiedad, porque el disco que estaba puesto ya se terminó y llevas más de dos minutos conversando en pleno silencio. Estas compulsiones no las tiene todo el mundo. Yo soy esa amiga que no se concentra en la plática cuando el playlist no es adecuado, esa que se levanta a cuidar que las canciones no se repitan. Y que la música no pare nunca, por favor.

La personalidad de un music nerd se extiende a varios campos: el ingeniero de sonido está encariñado con el mejor equipo, la ecualización exacta según el género, los parlantes y otros gadgets; el coleccionista, que quiere tenerlo todo, desde los clásicos hasta las rarezas, sin importar el precio, y si es en vinilo, mucho mejor; el cazaconciertos, que ha visto a todos en vivo “hace tres años cuando no eran tan famosos”, cuando aquel festival no estaba vendido o esa banda tenía aún su alineación original; y el adicto a las novedades, que se sabe cada fecha de lanzamiento de cualquier banda, colaboraciones y proyectos alternos incluidos, así como la calificación que las revistas le dieron en sus reseñas. Sin embargo, todos los obsesivos de la experiencia musical tuvimos un origen. Un comienzo tan aterrador como una hoja en blanco.

Preguntándome cómo es que los expertos llegaban a ser expertos, en un par de años de coqueteo con la prensa musical, llegué a la conclusión de que muchos sabían menos de lo que sus títulos ostentaban. Que no hay un título aprobado por ninguna universidad para ser un music nerd y que todos empezamos en el mismo lugar, sin saber nada y mintiendo un poco. Un artículo en L.A. Times que leí hace unos días me hizo respirar tranquila respecto a mi nivel de expertise. Dejé de sentirme culpable por las veces en que juré conocer a un montón de bandas de las que no tenía idea. Me sucedió con Sisters of Mercy cuando tenía trece años y una afición por el Riot Grrrl punk que nadie en mi ciudad del centro norte de México con sus menos de 300.000 habitantes compartía (si los había nunca me enteré). Tuve dos opciones: o me juntaba con los skaters, o me juntaba con los góticos.

Opté por la segunda opción, quizás porque mi película favorita seguía siendo Beetlejuice. Pasé por un largo proceso de aprendizaje, de asentir y responder “sí, claro, Joy Division” y “Sisters of Mercy, por supuesto”, durante esos tiempos en que acumular conocimiento musical implicaba ahorrar mucho para comprar esa única revista extranjera que llegaba a tu ciudad con un disco de regalo, para bajar durante dos horas UNA canción en Napster de esa banda que dijiste conocer y no conocías. Por supuesto que también para comprar discos. Y me atrevo a decir que todos tenemos unas cuantas mentiras blancas a nuestro haber. Lo importante es intercambiar la farsa por investigación. Después de ese “sí, claro, Joy Division” que solté en mi adolescencia, vino una esforzada compra a ciegas de la versión en CD de el recopilatorio “Substance: 1977-1980”. Así, incansablemente, hasta que un día ya no hizo falta mentir.

El camino que te lleva a apreciar cualquier género musical suele ser confuso. Qué quieren que les diga, yo empecé a enamorarme de la música cuando compré un compilado anual de canciones porque venía una canción de Spice Girls. Cualquiera que asegure tener un historial intachable durante su época de fanatismo está mintiendo, y además tiene esa malsana necesidad de limpiarlo para dejar solo las cosas que se ven bien. Un music nerd respetable llegará incluso a enorgullecerse de esas canciones que lo avergonzaron en algún momento de su vida, las que despertaron su amor, su curiosidad y sus ganas de buscar otra banda que sonaba como una canción de su padre en el auto.

Yo sigo buscando nuevos géneros y redescubriendo otros viejos. Escucho el soul de los años cincuenta o lo nuevo de Ty Segall, le encuentro nuevas capas de significado en “A Love Supreme”. Internet nos favorece bastante, pero la curiosidad sigue siendo el mejor motor de búsqueda. Uno tiene derecho a perderle la esperanza a todo, pero la música nunca se termina.

Jamás dejaré de ser una obsesiva, pero ya casi no digo mentiras. Todavía prefiero a los góticos sobre los skaters y todavía me gusta Sisters of Mercy.

También me siguen gustando las Spice Girls.



Categorías:Musicolocado

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