Jaime Collyer: “Sin comentarios”

Difícil explicarlo ahora o conceder al asunto una mínima dosis de verosimilitud, ateniéndose a una secuencia mínima de los hechos o a indicios premonitorios que permitan, al final, justificar el asunto, establecer claramente lo que es causa y efecto. Un ordenamiento parasitario de los factores que ayuda, no pocas veces, a reorganizar una porción del universo súbitamente desarticulada. Otras veces no, y un gesto cualquiera, intrascendente, puede acabar pulverizando la débil coraza de lo cotidiano, abriendo una grieta irreparable en la esfera de la costumbre y sus tentáculos viscosos.

En mi caso particular, todo es un punto menos grandilocuente, aunque no por ello más comprensible: un día me quedé mudo, literalmente, incapaz de articular una palabra, con mi aparato de fonación sumido en la más absoluta inoperancia, en un silencio inesperado y radical, a pesar de mis esfuerzos denodados en contrario.

De todas formas, no me preocupa mayormente a estas alturas. Resignado ya al silencio, y reducido a una condición subliminal durante la jornada, me interesa únicamente testimoniar su génesis o aportar la información necesaria a futuros estudiosos del asunto. La ciencia ha de seguir adelante, con sus pretensiones habituales.

En esa vena, no puedo menos que referirme en primera instancia a Deborah Salazar, dulce espectro subyacente a mis pesares, testigo indeliberado del proceso que me condujo al silencio y, desde cierta perspectiva, el factor gatillador de todo el proceso. Ante ella pronuncié mis últimas palabras, cabe aclararlo, en la celebración vasta y populosa del matrimonio de Cacho Martínez, un conocido de ambos. Alguna vuelta adicional del azar y la superposición fortuita de nuestras horas de ocio nos llevaron a coincidir felizmente, un sábado por la noche, en la boda de Cacho, que resolvió al fin desposarse con Marianela, su noviecita de toda la vida, y celebrarlo en grande. Cherchez la femme! A la sombra del heroísmo o nuestros gestos menos llamativos, suele haber, casi invariablemente, una mujer. Napoleón dirigía sus ejércitos con gesto adusto y una de sus manos oculta en el interior del abrigo. Con seguridad, escondía una liga de Josefina, para extraerla en momentos de intimidad y neutralizar con su fragancia la soledad del poder. Es claro, entonces: una liga femenina prefigura y hace inteligible una guerra, un imperio completo en la vieja Europa, el mundo entero.

Nadie nos presentó, a Deborah, a mí, al llegar a lo de Cacho. No tenían por qué hacerlo, bien considerado el asunto. Igual reparé en ella, cuando el ritual colectivo era ya un gran desbordamiento y estaba todo el mundo más o menos acalorado, casi todos con los ojos turbios y la camisa fuera del pantalón. Entonces reparé en ella, en su presencia tan nítida y tan delicada que parecía un cisne fuera del agua, buscando su pileta, aunque más no fuera por la bacanal de fondo. La bacanal la realzaba a su manera contra los valses y mambos y algún fotógrafo que merodeaba por la región del comedor y las mesas en lugar de hacer su trabajo. Había brindis en abundancia y a gritos, incluso de parte de señoras muy respetables que habían perdido los papeles, y primos del novio que andaban con la corbata ladeada desde el primer momento, y todo el mundo a medias desfigurado por el alcohol, eufórico o bien despatarrado bajo una mesa. Sumido en un aislamiento por lo demás entendible en esas circunstancias, me descubrí de pronto observándola, a Deborah, que se dejaba idolatrar en la esquina opuesta del gran salón por una corte de varones sonrientes y en esmoquin. Una mujer perceptiblemente segura de sí misma, definida en cada uno de sus gestos, que evidenciaban desde ya una voluntad férrea e inconmovible, su carácter firme, su estilo tan taxativo.

Quedé en algún sentido prendado de ella, desde el primer momento. Hasta mis oídos llegaba —lo recuerdo perfectamente— el estribillo ad hoc de un viejo tema de los Platters: Only you, advertía a la concurrencia la voz melodiosa y plañidera de Tony Williams, only you can make the darkness bright, en lo que tácitamente iba prefigurándose como una porción de intimidad, una incitación a compartir con aquella mujer el sector del salón donde otras parejas iniciaban ya el despliegue de sus habilidades motrices. Lo pensé un poco, deseché mis últimas vacilaciones y me aproximé al grupo en que ella estaba, teniendo en cuenta que las circunstancias justificaban perfectamente un gesto osado y de esa índole.

Al llegar ante ella, la miré a los ojos.

—¿Bailamos? —le dije.

Los detalles son relevantes: sus admiradores quedaron perplejos; ella en silencio, mirándome con curiosidad.

—Sí, claro, por qué no —dijo, y me tendió su mano.

Sus admiradores quedaron demudados. Resolví alejarla un trecho razonable del lugar y de todos ellos, y me dispuse al asunto.

Abrazados con discreción al compás de los Platters, nos presentamos, yo Tarzán, tú Jane, dejamos de constituir dos ilustres desconocidos en mitad de esa gente, los zulúes y varias tribus menores, que proseguían con su divertimento a nuestro alrededor. Un primo adicional del novio gritó entonces, por enésima vez: «¡Que vivan los novios!». Un gesto que provocó, esta vez, algo menos de entusiasmo entre las tías y el padre de la novia.

A Deborah —creo recordarlo— le señalé poco más que mi nombre y me concentré en la música. Nunca fui un gran bailarín, ciertamente: desventaja estructural que a Deborah, que bailaba divinamente, no parecía importarle. Luego acotó algo relativo al aporte de los Platters en la década del 50 y el influjo omnipresente del bolero en la posguerra. Era algo que requería una mínima respuesta de mi parte, algún signo de acuerdo o complicidad a cuenta mía. Entonces vislumbré lo que iba a ocurrirme, el gran silencio agazapado a la vuelta de la esquina, dispuesto a saltarme al cuello en el momento menos esperado. Algo acababa de abandonar para siempre su morada habitual, como un pequeño roedor en el bosque, buscando rehuir las trampas y a los cazadores, escurriéndose por entre los arbustos. Ese roedor abrumado era mi lengua dentro de la boca, entre las cuatro paredes donde, hasta entonces, vivía con empacho, confortablemente; donde ahora se agitaba con desesperación, afanándose por articular un sonido, un único sonido o una palabra, una frase cualquiera. Fue la antesala del quiebre, la senda conducente al descalabro. Ya ni siquiera pude concentrarme en el baile; todo a mi alrededor se había vuelto de una tonalidad grisácea, deslavada. La armonía del ritual circundante —pese a todo, la armonía— comenzaba finalmente a resquebrajarse. De pronto me pareció, al mirar de reojo a mi alrededor, que había una tensión irrecuperable, apenas simulada, en el rostro de la parentela o de quienes posaban sonrientes para el fotógrafo, y una honda tristeza en los ojos de la novia (Cacho Martínez no era ningún buen partido, después de todo), y una pizca de rubor en algún primo que la miraba, a la novia, en exceso. Cosas de esa índole, algo como una ansiedad oculta en quienes habían venido hasta allí a celebrar, en un salón atestado de gente en apariencia dichosa. Cosas que es mejor callarse.

Deborah aludía ahora a los devaneos pictóricos de los 60 y sus fetiches. Yo seguía en completo silencio. Fue —ahora lo sé— un gran salto al vacío, una desconexión tan imprevista como definitiva, la sustitución de mis facultades verbales por la expresión complaciente de un individuo sin nada que decir, acaso sin remordimientos. Apenas con cara de imbécil, oyéndola atentamente.

Entonces concluyó el baile. Era el turno de Cenicienta, el momento señalado para que se arrojara corriendo escaleras abajo. El barullo del lugar acabó de sustituir los últimos compases del «Only you» y Deborah se quedó observándome con una mezcla de extrañeza y curiosidad, vacilando entre la carcajada —por lo demás entendible— y la más franca conmiseración. Juntos asistimos al nacimiento del fenómeno, durante ese instante breve de alarma por mi parte y desconcierto por la suya, evidente en la sorpresa de su rostro y luego en su mirada atenta, escrutadora. Parecía haber desarrollado un interés repentino por el caso.

—Tú no eres muy locuaz, ¿verdad? —postuló al fin—. ¿Un tipo locuaz? ¿No?

—No mucho, la verdad —alcancé a decir—. Verás, es que yo…

Y no dije más. Nada más. En lugar de ello, me encogí de hombros y fijé la vista en la torta de novios. Después carraspeé una, dos veces, miré de nuevo a mi alrededor, me ajusté la corbata, me acomodé el jopo sobre la frente. Solo nos quedaba despedirnos. O, en su caso particular, resignarse al monólogo con un individuo que había derivado al más completo ostracismo. Un hombre que no volvería a responderle.

—En fin —concluyó sonriente—. ¿Por qué no nos vamos al bar, a ver si conseguimos un whisky?

En el bar, todo mejoró sustancialmente.

Ella resolvió, en el camino, asumirlo con espíritu deportivo y se mostró muy comprensiva, embarcándose en un prolongado monólogo acerca de la afonía y sus posibilidades ocultas, y una miscelánea de otros temas. Yo me limité a asentir o negar donde correspondía. Después la llevé a su casa. Tampoco en el trayecto volví a hablar, ni una sola palabra.

* * *

Estuve un par de días encerrado en mi departamento, sin saber a qué atenerme, barajando las opciones del caso, que no eran muchas. Comí frugalmente, a la espera de que se me vaciara la despensa y de morir yo mismo abandonado, en lenta agonía, quizás de inanición. Entre una y otra comida, me autocompadecí abundantemente ante el espejo, ensayando cada tanto variadas formas de vocalización, sin resultados. Tan solo conseguí algunos gruñidos e incoherencias, y un suspiro último con el que redondeé cada intento. Al tercer día vino la portera a dejarme la correspondencia. Le indiqué por gestos que no podía hablar. Ella hizo referencia, con su probada locuacidad, al clima y el frío invernal. Como no era invierno, no supe bien cómo interpretar su aporte. Se fue por donde había subido, hablando consigo misma, y es que nunca se sabe, ya ve usted, con este clima horrible. Por la tarde vino un vecino a requerirme algo, una taza de azúcar. Entendió prontamente mi situación y se alarmó un poco. Me preguntó repetidas veces qué había ocurrido, pero solo pude gesticular frente a él mi desconcierto. Me preguntó si quería que diera aviso al ministerio y a mi familia. Respondí con un asentimiento decidido a ambas propuestas y así lo hizo, de inmediato: llamó al ministerio para decir que me hallaba indispuesto y que ya les llevaría yo la licencia médica el lunes próximo, y luego a mi familia.

El fin de semana irrumpieron mis padres y hermanos, un primo médico, especialista en el aparato digestivo, y un tío que es contable en una empresa estatal, todos convocados a la misma hora por mi progenitora. Su asedio duró hasta el atardecer, con el departamento lleno de gente —entre todos acabaron de vaciar la despensa— y yo gesticulando ante todos ellos para explicar que no tenía ninguna explicación, garabateando en un pequeño bloc de notas algunas consideraciones acerca de las inesperadas vueltas que da la vida. Leyeron por turnos los varios despachos emitidos, todos muy contentos, divirtiéndose abiertamente.

—No hay nada que hacer por el momento —concluyó entonces mi primo—, salvo armarse de paciencia y ver cómo evoluciona. En los próximos días puede haber algún cambio.

Fue como la orden de desalojo. Luego mi primo tuvo un último rapto de inspiración y sugirió, antes de marcharse todos, que consultara a otro especialista —no aclaró qué especialista— y me hiciera varios exámenes, incluido uno del aparato digestivo. Alguien aludió, en última instancia, al frío reinante y las afecciones inevitables a las vías respiratorias y, aun cuando era evidente que no estaba resfriado, la calma pareció retornar a esos espíritus atribulados. Más adelante habrían de volver sobre sus pasos, con nuevos consejos y propuestas.

El lunes retorné al trabajo con un certificado de mi primo que daba cuenta, en letra apenas legible, de una afección transitoria en el aparato de fonación. A mis superiores y mis colegas del ministerio les dio más o menos lo mismo. Mis manos estaban perfectamente: nada me impedía seguir clasificando papeles y hacer en todos ellos alguna acotación ilegible para remitirlos a las oficinas adyacentes y luego esperar a que los enviaran de vuelta.

Al promediar la mañana, el encargado de sección me citó a su despacho para indicarme, tranquilizadoramente, que él era una persona de lo más razonable y que no le gustaba fastidiar a nadie por las puras; que, desde su punto de vista, nada justificaba mi traslado o despido, y ni siquiera enviarme con licencia para la casa por un tiempo. Mi hoja de servicios era, se había encargado de averiguarlo, intachable y a él le importaba verdaderamente poco que yo hablara o no. En cierta forma, hasta le parecía una ventaja.

—Si todo el mundo hablara menos aquí —me dijo en tono de burla—, les cundiría bastante más. ¡No andarían con sus peticiones constantes de traslado o de un aumento salarial! Tiene gracia.

No tenía demasiada gracia, pero me reí igual. La sonrisa se me quedó luego pegada al rostro, hasta que él me indicó con la mayor seriedad que, de no haber otros impedimentos, podía retornar cuanto antes a mis labores.

En el curso de la semana, el rumor acerca de mi novedosa condición se propagó a los varios rincones del ministerio y las demás oficinas, y arreciaron las bromas. Alguien sugirió que me transfirieran al mesón de Informaciones en la planta baja. Alguien más, que hiciera el discurso en la fiesta de fin de año. Hubo nuevos aportes hasta el viernes. Luego sobrevino la calma, el silencio, ya no se habló más del caso, sino del fútbol y la situación tan desmedrada del sector público.

Días después sonó el teléfono y al levantar el auricular, con un entusiasmo inesperado, afloró del otro lado la voz de Deborah. Habían transcurrido casi dos semanas desde la boda.

Suponía —me señaló de entrada, hablándole al silencio— que no me habría dignado aún volver al planeta Tierra, pero le daba lo mismo. Insistía en que nos encontráramos en una cafetería del sector céntrico.

—Dentro de una hora, si estás de acuerdo. Puedes gruñir de vuelta un par de veces.

Yo gruñí un par de veces, entusiasmado.

Nos encontramos una hora después en el Café Comercial. Allí comprobé agradecido que nada había cambiado de su parte y que no esperaba, tampoco ahora, demasiado de mí. De hecho, no esperaba nada. También en esa ocasión pareció bastarle con un silencio atento y reconcentrado que ella misma atribuyó a una forma «simplemente adorable» de timidez. Ni siquiera aludió en demasía al problema, asumiendo tácitamente la iniciativa del diálogo —por así llamarlo—, conformándose sin objeciones con mis asentimientos o las negativas vehementes, con el arqueamiento súbito de las cejas para manifestar sorpresa o repentino entusiasmo, mi rostro y manos en constante movimiento, una pantomima improvisada al servicio de ambos. Tampoco entonces afloró de mi boca algún signo de humanidad, ni tan siquiera una conjunción —que no es mucho pedir— o un monosílabo, lo que hubiera servido cuando menos para diferenciarme de un chimpancé, pero a ella no pareció importarle: su natural expansividad, la pasmosa indiferencia que exhibía ante el fenómeno, bastaron para llenar esa tarde —y los encuentros posteriores—, esos días en que, por decirlo de algún modo, me fui repentinamente del aire.

—Es una lástima no haberte encontrado antes —concluyó aquella vez—. Nunca había disfrutado de tanta atención por parte de nadie, créeme.

* * *

Es algo sabido: aun los acontecimientos más inaceptables acaban sepultados bajo la avalancha de lo habitual, se vuelven en determinado momento razonables, incluso triviales. En el principio eran el caos y el desconcierto colectivo y mi departamento seguía poblándose, una que otra vez, de mis conocidos y familiares, todos deseosos de brindarme su consejo. A ratos mostrándose abatidos y mi madre lloriqueando frente a todos, cuando andaba en su vena melodramática. Yo servía aceitunas y canapés, los animaba a todos con gestos a que se sirvieran una copa en el aparador. Sus hipótesis competían aún entonces en originalidad. Un viejo amigo del colegio, orgulloso de sus títulos y diplomas, vino a visitarme y aludió a una hipotética «lesión cerebral», de carácter progresivo, a raíz de lo cual planteó, muy seriamente, la posibilidad de que en determinado momento comenzara yo a babear o me volviese incapaz siquiera de abotonarme la camisa. Luego estuvieron todos observándome de reojo.

—Esto es una infección de la garganta o el oído medio, no es más que eso —lo refutó mi primo el médico, molesto—. Hay que darle penicilina, eso es todo.

Los más sofisticados de entre ellos hurgaban, en otras ocasiones, en los aportes siempre útiles de Freud («Debe ser, tiene que ser, algo psicosomático. Sería bueno que se hiciera ver la cabeza, ¿no?») y alguien del ministerio, ubicado en el escalafón por sobre nuestro jefe, se mostró algo menos comprensivo que él, y partidario de una solución drástica. «Que le den una pateadura a este imbécil», comentó como para sí mismo en un almuerzo, «a ver si así se le quitan las ganas de embromar».

La diáfana polémica fue decreciendo con los días y con la absoluta falta de resultados. Las reuniones diagnósticas improvisadas en mi apartamento —más bien estrecho— se tornaron monótonas, cada vez más infrecuentes, hasta que la gente comenzó a escasear. A partir de un momento, nadie me exigió ya más explicaciones, quizás desalentados todos al comprobar que no las tenía, ninguna explicación plausible.

Descontando a los buenos samaritanos residuales, todo aquel con quien aún preservaba algún vínculo pareció conformarse, al igual que Deborah, con los aspavientos mínimos que ahora resumían mis aptitudes simbólicas. Me convertí así, y nadie más conforme que yo con todo ello, en una entidad periférica y tangencial a los demás; un espíritu difuso en sus contornos, que asistía aún, mínimamente, a los rituales en sociedad, pero quedaba normalmente olvidado en un rincón, indiferente y mudo, ajeno a cuanto sucedía más allá de las estrechas coordenadas en que me había refugiado desde hacía un tiempo.

Tan solo Deborah siguió, al final, visitándome en mi departamento con incomprensible asiduidad y nuestra relación derivó gradualmente, sin estridencias, a ese ámbito de silencio en el que no era precisa ninguna pantomima: el territorio ese a oscuras en que las manos y los labios se bastan a sí mismos y todo aprendizaje cede lugar, en que solo queda la avalancha informe de los orígenes, eso que es básicamente incomprensible. El silencio era entonces como un péndulo que oscilaba entre ambos y nos igualaba en mitad de las caricias, y la transformaba a ella en el único factor vinculante con el rebaño, algo como un dique de contención: eso que impedía mi regresión acaso definitiva al nivel de las amebas o el macaco Rhesus.

El cambio ocurrió, una vez más, de modo imprevisible, sin aviso previo. Nos dirigíamos los dos a una plaza pública. Ella había monologado poco esa tarde, pero no era yo el más indicado para exigirle alguna explicación. Había en rededor los niños con sus globos, los perros escuálidos de siempre, un estudiante de arte que bosquejaba un sector de la plaza, y hasta un encuestador que interpelaba a los transeúntes para indagar acerca de sus preferencias en algún rubro. Íbamos precisamente en dirección al encuestador cuando ella se paró en seco y me indicó, tomándome del brazo, que me parara, que la mirara a los ojos. Había en su rostro algo nuevo, algo diferente, una alegría reciente que acababa de embargarla, una sonrisa franca y sin dobleces. Al requerirle con un ademán que se explicara, me miró fijamente, sonrió con un dejo de turbación y dijo:

—Verás, yo… es que yo…

Y ya no dijo más. Nada más. Recordé —cómo no— el viejo tema ese de los Platters, en el matrimonio de Cacho Martínez, y acerqué mi rostro al suyo. Nos besamos largamente, quizás un par de minutos, con algún perro y el encuestador atentos a nosotros.

Luego nos abordó el encuestador, excusándose por la interrupción, y nos preguntó algo relativo a los electrodomésticos y los equipos de alta fidelidad. Quedamos por completo desconcertados. Él nos miró atentamente; luego se fijó en la hoja de respuestas.

—Está bien —dijo—. No tiene importancia, déjenlo.

Marcó por sí mismo lo que consideró más conveniente, nos dio las gracias y siguió de largo, yendo a abordar a un vagabundo próximo, que no parecía demasiado afín a ningún electrodoméstico. Deborah y yo lo seguimos con la mirada. Enseguida, la insté a mirarme y le indiqué la dirección del Café Comercial. Camino del lugar, me pregunté cómo haríamos para solicitar al propietario del mismo dos cafés express y algún pastelillo. Pero no era un gran problema, nada que pudiera ya inquietarme, verdaderamente.

 


whatsapp-image-2017-02-10-at-3-16-20-pm

Esta historia pertenece a Los héroes, publicado por Editorial Catalonia, primer tomo de Cuentos Completos de Jaime Collyer (Santiago de Chile, 1955). Escritor de vasta trayectoria, que ostenta además el título de psicólogo, obtenido en la Universidad de Chile, y el grado de Magíster en Sociología, obtenido en Madrid.

Ha desarrollado una activa labor académica en universidades chilenas y del extranjero, impartiendo cursos en torno al cuento y la narrativa contemporánea, experiencia que incluye una estancia como profesor visitante en los Estados Unidos, en el año 2001. Autor de los volúmenes de cuentos Gente al acecho, La bestia en casa y La voz del amo, todos ellos galardonados con el Premio Municipal de Santiago, y las novelas El Infiltrado, Cien pájaros volando, El habitante del cielo (Premio Altazor de Narrativa 2003), La fidelidad presunta de las partes y Fulgor. En el año 2014 publicó Swingers, su cuarto libro de relatos, donde especula con ironía con respecto a la clonación de seres humanos. También ha incursionado en el ensayo, publicando los volúmenes Pecar como Dios manda: desde los orígenes hasta la Colonia (2010), Chile con pecado concebido: el siglo XIX (2014) y Todos somos cucarachas (2016).