“Buena alumna”, de Paula Porroni

Por Constanza Anabalón Tohá.

Iniciar una reseña explicando cuál es la columna vertebral del relato, me parece lo más lógico y adecuado. Un punto inicial para situarse desde afuera, posicionarse bien en la silla escogida y empezar a leer. Sin embargo, siempre me ha costado definir el camino más adecuado. En la distinción mapa/territorio — reseña/libro, hay puntos que podrían ser más interesantes para el comienzo de esta exploración. En este caso, preferiría acudir a otra fórmula para hablar de “Buena alumna”, la primera novela de Paula Porroni.

¿Cuáles fueron las sensaciones, las imágenes que se me vinieron a la cabeza en este proceso de lectura? Yo diría que principalmente un libro y una película. El primero sería “El gran cuaderno”, de Agota Kristof. En segundo lugar, “La profesora de piano”, de Haneke (solo vi la película, no he leído el libro de Elfriede Jelinek).

A través de frases cortas, afiladas y carentes de emotividad —un poco psicópatas en algunos tramos— nos vamos internando en la vida de la protagonista, estudiante destacada que vuelve al pueblo inglés en donde estudió Historia del Arte a buscar trabajo, y que luego decide volver a estudiar, tras la chance de su madre de vivir doce meses más de “libertad vigilada”. El lenguaje utilizado por Porroni me recuerda mucho a “El gran cuaderno”. Las oraciones parecen cuchillos, no te das cuenta cuando pasas de una escena descriptiva a tener de pronto un punzón atravesado en la garganta.

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En relación a los temas tratados en ambos textos, hay cierta similitud en su relación con el cuerpo y el autocastigo. En el libro de Agota Kristof, encontramos la relación de los hermanos gemelos y las pruebas que ellos deciden pasar voluntariamente para fortalecer la mente y el cuerpo:

Por eso hemos decidido endurecer nuestro cuerpo, para poder soportar el dolor sin llorar. Hemos empezado dándonos bofetadas el uno al otro, y después puñetazos (…) Estamos desnudos. Nos golpeamos el uno al otro con un cinturón. A cada golpe nos decimos: esto no duele. Nos golpeamos más fuerte, cada vez más fuerte. Pasamos las manos por encima de una llama. Nos cortamos nuestros muslos, nuestros brazos, nuestro pecho con un cuchillo y echamos alcohol sobre las heridas. Y cada vez nos decimos: esto no duele. Al cabo de cierto tiempo, ya no sentimos nada.”

En la novela de Porroni, la protagonista lleva su cuerpo hasta el extremo, desde un entrenamiento excesivo hasta el daño directo:

Abro la puerta del baño, encajo tres dedos entre el marco metálico y la puerta, y cierro. Y entonces todo se detiene. Un cortocircuito. Un vacío. Como un martillazo en la sien. Y después llega el dolor, una ráfaga caliente en la punta de los dedos, y mi corazón late con fuerza, corre enloquecido y cae desbocado en un abismo. Apoyo la frente contra la puerta. Siento una arcada. Basura. Basura. Perdedora.”

Los gemelos de Kristof buscan, a través de estos “ejercicios” —en el libro se encuentran muchos otros que amplían el espectro corporal, tales como los entrenamientos de mendicidad, de ceguera y sordera, de crueldad— endurecerse completamente para dejar de sentir, sobrellevar la guerra y el abandono materno. El objetivo de la protagonista de Porroni, en cambio, pareciera ser el escape del fracaso. Porque ella, buena alumna como es, no busca la perfección. No corre desesperada tras la excelencia, como podría pensarse. Más bien corre, huyendo del olor a fracaso impregnado en toda la novela. Ella misma señala que “si papá viviese, tal vez un nuevo infarto lo mataría producto de la desilusión. Como consecuencia del fracaso completo, profundo, indignante, de la hija”. Esta hija que, a modo de conclusión, determina que “es porque me falta voluntad y disciplina que fracaso”. Esa voluntad que busca a través del control y mutilación de su propio cuerpo, haciendo que el fracaso y la dignidad sean inversamente proporcionales. En su mente, al menos.

Otro tema a destacar es la relación de la protagonista con su madre. Si comparamos la relación madre-hija de la novela con la que existe en “La profesora de piano”, claramente son dos visiones distintas. Pero solo hasta cierto punto. En la película encontramos una relación madre-hija simbiótica, enfermiza. Ellas viven juntas y el daño es evidente. La novela de Porroni desgrana el vínculo entre una madre y su hija, mediado por la distancia física que existe entre ambas. A través de los correos electrónicos y las llamadas telefónicas, se va develando este lazo descompuesto. Pero es sutil, así como hiede la frustración de la protagonista, como se cuela entre dedos quebrados en puertas ajenas, en espaldas acabadas en camas ajenas, en calzones manchados de sangre ajena. La codependencia y el fracaso tan bien reflejados en lo expresado por la protagonista: “Mamá quiere de vuelta a su hija, su única hija. Su inversión fallida”.

El libro tiene 120 páginas. Está cruzado por el fantasma implacable del fracaso y las relaciones complejas, se cimenta en una prosa certera y aguda, compuesta por las dimensiones políticas y sociales del poscapitalismo, la crisis del credencialismo, entre otras. Es un texto, en definitiva, sumamente recomendable.