El chantaje emocional de la música

Por Mariana Calderón.
Casi todos hemos estado ahí. En el lugar donde con mucha seguridad clamamos que antes las cosas eran diferentes. Mejores. En la memoria de muchas conversaciones habremos escuchado (o dicho) frases como: “Los grandes discos de rock se grabaron en los 60’s y 70’s”, “MTV antes era una autoridad musical, ahora solo muestra realities”, “Antes esta era la música popular, ahora la gente joven tiene a Justin Bieber”, “Yo escuchaba Soda Stereo en las fiestas y ahora escuchan reggaeton”, “Se terminó la era del álbum, ahora son más importantes las playlists”. Nadie puede negar que ha caído en al menos una de estas nostalgias, por eso nos encargaremos de diseccionarlas en un fastidioso intento de cuestionarlo todo. Sí, también cuestionaremos aquello con lo que estuvimos de acuerdo en algún momento.

“Los grandes clásicos no brotaron de la nada”

Me viene a la memoria una frase de John Lennon: “Antes de Elvis no había nada”. Si la tomamos en su contexto, entenderíamos por qué Lennon lo dijo, siendo todavía un adolescente, al descubrir las grabaciones de Presley justo cuando buscaba darle significado y canalización a su energía creativa, en un Liverpool que no era el eje cultural efervescente de estos días. Todo es cuestión de contexto. Para Lennon, antes de Elvis no había nada. Para Elvis antes estuvo Little Richard, Solomon Burke, Irma Thomas; así como para ellos estuvo Fats Domino, y si viajamos todavía más al pasado nos encontraríamos con Jelly Roll Morton y otros músicos talentosos que pusieron ingredientes al caldo de cultivo que fue el big bang del jazz, explotando a principios del siglo XX mientras le regalaban al mundo esa materia prima de la música tal como la conocemos. ¿Vamos al grano? Todo músico innovador se debe a alguien que alimentó su creatividad, su hambre de descubrimiento y su cultura musical. Quien cree que lo mejor estuvo en los sesenta está saltándose los años de gestación de ese sonido. Nada pudo venir solo, y si siempre hubo alguien antes, también vendrán muchos otros.

“La tecnología cambió nuestra manera de escuchar (y consumir) la música”

Yo también veía “120 minutos” a las 2 de la mañana del viernes porque al día siguiente no había instituto, para descubrir nuevas rarezas musicales o ver los videos de Blur que en horario normal me pasaban a cuentagotas. También descubrí a Sleater Kinney por MTV, a Björk, a Aphex Twin y hasta a Bauhaus. Me desconcertó que en cosa de dos años MTV se tratara de Teen Mom y de aquel bus del amor con alguna estrella decadente del hair metal, pero después del shock todo empezó a tener sentido: por supuesto que MTV iba a dejar de ser una autoridad musical eventualmente. ¿La razón? Internet. La libertad de elegir qué ver. Internet terminó con esa necesidad de tener un proveedor de música del que aceptabas lo que viniera, porque de pronto había Youtube y en vez de ver una hora de videos donde disfrutabas 3 y odiabas 20, podías teclear el nombre de tu banda y tenerlo todo a mano. Quizás MTV pudo haber hecho su transición de una manera menos deprimente, pero no podíamos esperar que el formato que definió nuestra adolescencia y su relación con la música permaneciera igual, si la tecnología vino a cambiar las reglas del juego. Ocurre lo mismo con el streaming musical interminable y su relación con el álbum. Porque antes comprabas un disco y lo escuchabas de principio a fin, hasta que pudieras comprar otro. Con la descarga vinieron más opciones, pero el álbum seguía manteniendo su importancia. Ahora es común encontrar canciones de bandas en medio de una playlist. A todos nos cuesta digerir los cambios profundos que va desarrollando nuestra cultura. Admito que me entristece que se pierda un poco el encanto del álbum, aunque he optado por mantener una mirada imparcial, porque tampoco creo que se hayan dejado de hacer buenos discos.

“Las generaciones actuales tienen tanta buena o mala música como las pasadas”

Esta es la más difícil de aceptar. No me malinterpreten, defiendo el gusto a capa y espada: yo soy la primera en decir que nunca en la vida voy a escuchar una canción entera de Taylor Swift, y también la que se va de un bar si no ponen más que Rihanna, o la amiga aburrida que no baila a Pitbull a pesar de que el ambiente lo exija (eso sí, te bailo la cumbia que sea). El gusto, la única libertad real que nos queda, no influye en absoluto con esta opinión. No importa cuán famosos sean Justin Bieber o Maluma, siempre hay algo de malintencionado y también de falso en decir que antes se escuchaba mejor música.
En el año 1998, Lauryn Hill colocó varios hits en las listas con su maravilloso disco: “The Miseducation of Lauryn Hill”. Sí, “Doo-Wop” era muy popular, pero también se escuchaba en cada fiesta “Boom boom boom boom”, de Vengaboys, donde solo hay samples huecos, una producción barata y letras tontas.
Por otra parte, quien cree que Justin Bieber es un fenómeno moderno debería recordar a David Cassidy, que también era un niño bonito cantando canciones de amor, que no compuso sus más grandes hits y que volvía locas a las adolescentes al punto de que sus conciertos provocaban desmanes.
Mientras había contracultura y punk en 1975, Patti Smith grabó “Horses”, pero también había pop meloso con Bay City Rollers y canciones como “Bye bye baby”.
Incluso en 1953, cuando el bebop jazz alcanzaba lo que muchos consideran un pico histórico entre el virtuosismo de grandes leyendas y la complejidad cerebral de sus improvisaciones, y había discos profundos con poderosas interpretaciones como “An Evening with Billie Holiday” o “The Duke plays Ellington”, uno de los mayores hits era también “How much is that doggie in the window”, de Patti Page, con ladrido de perro incluido, que en comparación nos podría sonar totalmente boba y acartonada.
Contrastes de calidad ha habido en cada década y en los últimos años también hay música increíble e interesante. La década del 2010 ya nos ha dejado a Nicolas Jaar, a Chancha Vía Circuito (argentinos), a Folläkzoid (chilenos), a Bomba Estéreo (colombianos), a Austra (canadienses) y así podríamos seguir hasta el cansancio. También podríamos nombrar lo malo, pero de eso ya tenemos suficiente por todos lados, tal como ha sucedido en otras épocas.