Ziley Mora: “Lo que más hiere a las comunidades mapuches es la lógica del modelo de desarrollo”

Por Carolina E. Varela.

La presidenta Michelle Bachelet lo llamó “conflicto rural” y fue cuestionada por una editora del Wall Street Journal. La machi Francisca Linconao permaneció durante catorce días en huelga de hambre antes de conocer la resolución de la Corte de Apelaciones de Temuco que sustituyó la prisión preventiva por arresto domiciliario y arraigo nacional en el marco de la investigación de la muerte del matrimonio Luchsinger-Mackay en 2013, y cuando se le pidió pronunciamiento a la ministra del Sernam acerca de este caso, la aludida no dijo nada. A raíz de los recientes incendios forestales en el sur del país, la teoría que incrimina al pueblo mapuche en redes sociales fue una de las más compartidas. En general, gran parte de la población los condena o los ve como culpables de los atentados terroristas o de algún desastre similar que acontezca en la zona.

Es uno de nuestros pueblos originarios, el pueblo indómito que describió Alonso de Ercilla en “La Araucana” en 1574. Invadidos y relegados a la pobreza, engañados y explotados, los mapuches han sobrevivido a la colonización primero de la corona española y luego del pueblo chileno, quienes les impusieron cultura, lenguaje, religión y visión de mundo sin importar la de ellos. Juzgados como borrachos y flojos, se resisten hasta hoy a perder definitivamente sus tierras ancestrales y su identidad.

¿Es un problema identitario la raíz del conflicto? ¿Por qué, a pesar de ser la mayoría mestizos, no nos identificamos con nuestros ancestros mapuches? El desconocimiento de la cultura ancestral nos lleva también a despreciarla y temerla en muchos casos, a subestimarla en otros. Por esa razón, entrevisté al experto en educación, etnógrafo, filósofo, investigador y principal especialista en las matrices de la cosmovisión ancestral mapuche y de la cultura mestiza de Chile, Ziley Mora, quien a lo largo de su carrera de etnógrafo, de docente y literaria ha generado un corpus de obras relativas, donde expone el lenguaje, visión de mundo y filosofía de este pueblo.

Su investigación antropológica comenzó en la década de los ochenta, en la zona lacustre del sur de Chile, al oriente de Temuco. Desde entonces ha realizado una profusa labor pedagógica y cultural que busca acercar la cosmovisión mapuche al pueblo chileno.

ziley-mora-2

¿Es la ignorancia de la cultura ancestral el primer problema que surge alrededor del conflicto mapuche?
—Evidentemente. Para empezar, el único -y el último- presidente de Chile que habló chezungunmapuzungun fue el padre de la patria, Bernardo O’Higgins. A nadie más le interesó, lo que explica la sistemática negación que por más de doscientos años se ha ejercido con nuestros ancestros. Porque si conociéramos la historia fundacional y colonial chilena, de su mestizaje, descubriríamos que el mal llamado “conflicto mapuche” resulta que no es tal, sino que se trata de un problema chileno; el combate no asumido de Chile con su ancestro, de Chile consigo mismo y su mala memoria. La memoria es frágil, pero no aceptarse me parece todavía peor. Este país no quiere reconocer su “preciosa morenidad”, como dice Elicura. Existe un desprecio hacia la matria, ni siquiera se desea asumir la historia de los nombres nativos, perdidos a causa de no registrar el nombre de la madre india, por ejemplo.

—¿Ese mismo desconocimiento es el que no nos permite identificarnos con nosotros mismos?
—Así es. Desde que existimos como república, la elite santiaguina nunca quiso asumir sus raíces, sin importar que fueran criollas, mestizas o indígenas. Siempre buscaron erradicar su identidad, un esfuerzo pretencioso y ridículo por donde se lo mire: primero quisieron ser españoles puros con abolengo, luego franceses, más tarde ingleses y gringos desde la segunda mitad del siglo veinte a la fecha. Acá importa y se valora más Harvard que Tiwanaku o Monte Verde, que está al sur del propio Chile. Es decir, nos enseñaron a querer ser lo que no somos, nos educaron no para ser sino que para pretender. Basta con darse una vuelta por el centro comercial de Providencia y Las Condes, donde los nombres y los mensajes de los lugares están en inglés.

 —En una entrevista del año 2016 que dio a radio Duna, usted explicaba que los mapuches no trabajan la tierra a la manera agrícola que hoy conocemos, por lo que la mayoría de los chilenos piensan que la desperdician en vez de aprovecharla. ¿Cuál es la relación del pueblo mapuche con la tierra?
—Es una relación de cuidado y reverencia, como el que se tiene con una madre. Le deben respeto, y sobretodo, su derecho a descansar, a no ser forzada ni menos violada. Reconocen la tierra como un ser vivo, con un ngen o “espíritu” propio, no la tratan como una cantera de comodities o de recursos a explotar tranzados en la Bolsa de valores de Londres. El mundo mapuche quiere su territorio –que es muchísimo más que campos para el cultivo comercial– para que descanse y “nos vuelva a hablar como antaño”. Su pensar es –a diferencia del agroproductor wingka– sembrar solo lo que una familia necesita. Tomar de la madre naturaleza lo que se va consumir, porque para mañana nadie sabe si estará vivo. Al respecto, yo me pregunto, ¿es lo mismo limpiar y ablandar la tierra, traer abono del corral, plantar una semilla, poner en el almácigo un espantapájaros, eliminar las malezas, esperar las lluvias, regar en el verano para luego cosechar el cilantro, hacer una pequeña oración antes de cortarlo y recién entonces comerlo (lo que hace una ñaña mapuche de Santa Bárbara o de Lumaco, por ejemplo), que aparcar el auto en el subterráneo de un edificio y pagar ese cilantro en la caja del supermercado antes de llevarlo al plato? Aparentemente, en ambos mundos se hace lo mismo, “comer cilantro”. Pero como reza aquel indiscutible refrán mapuche: “kiñeke mu truirfelelutruirfelalali” (si dos hacen lo mismo, no es lo mismo). La vida simple y el uso del cuerpo y de las manos para cada acto de la sobrevivencia, la vida cazadora en unos bosques “sin plan de manejo”, las rondas pastoriles (arriba, en las soledades y bajo las estrellas) y después la vida agraria y campesina del antiguo Chile indígena y mestizo, permitía experimentar con más realismo el mundo y la condición personal, la que era imposible de disfrazar con dinero para comprar servicios y productos que nos embotaran el alma. Nos permitía tomar directo contacto con lo que está al fondo de nosotros, dejando que reposaran las experiencias, que decantaran antes de revelarse auténticamente. Antaño –y todavía en ciertas zonas de la Araucanía, Aysén, Chiloé y Chile chico– era más fácil serenar el corazón,porque se tenía abierto el oído para escuchar los signos de la Madre Tierra, de la Ñuke Mapu, captar el mensaje del tiempo y del fluir natural de las cosas, donde el devenir de las especies muestran el núcleo de la sabiduría: todo en esta tierra es muerte y resurrección, se vive para morir y se muere para vivir.

—A partir de ese conocimiento, ¿cree que es posible que los chilenos miremos de otra forma la explotación de la tierra que por momentos amenaza la biodiversidad en nuestro país? ¿Es factible que el Estado le ponga freno o fiscalice de mejor manera el monocultivo, la introducción de especies no nativas, el papel de las forestales en el sur del país?
—Sería su deber históricamente ineludible. Hacerlo hoy, antes de que la mentalidad depredadora de las empresas forestales –aunque, en honor de la verdad, las empresas agrícolas criollas también cometieron errores durante casi doscientos años– termine con el resto del paraíso que tanto defendieron los mapuches durante más de quinientos años. Porque al morir los árboles, al igual que cuando muere el chezungun o “lengua de las gentes de la tierra”, con ellos muere un código secreto de sabiduría, hoy casi totalmente ignota; mueren las claves de la cultura ancestral marcadas en sus crípticas cortezas. Solo quedan algunos aforismos y ciertas proposiciones rituales que aluden a una desconocida riqueza del ecosistema ancestral.

La acción del Estado chileno sobre el conflicto mapuche

El conflicto mapuche se remonta al retorno de la democracia en el año 1990. Sus demandas giran en torno a tres ejes: la autonomía jurisdiccional (derecho propio), los beneficios económicos y el reconocimiento de una identidad cultural. La mayoría de las organizaciones representativas de nuestro pueblo originario piden derechos, aunque solo una parte de ellas se inclina por el lado de la total independencia.

El Estado ha aplicado la Ley Antiterrorista a todos quienes han optado por la vía violenta para hacer valer estos derechos, velando por la inversión chilena en tierras australes, condenando el accionar de los primeros. Sin ir más lejos, hace unas semanas atrás el diputado José Antonio Kast criticó al Gobierno por adoptar una postura de indiferencia ante el conflicto, evitando utilizar por completo sus facultades para rescindir lo que él califica como terrorismo. Pidió que sea combatido con militares y tecnología de punta.

—¿Cree usted que la militarización de la zona está relacionada con la defensa de los grupos económicos que explotan la tierra?
—Calificarlo de “terrorismo”, así a secas, es un pecado de simplificación. Militarizar esa zona no es una simple cuestión de “intereses de los grupos económicos que explotan la tierra”, ya que también representa una profunda miopía del Estado chileno. En las regiones sureñas donde más repercute el conflicto, se observa un quiebre profundo y creciente en la convivencia. El mundo mapuche no le cree al Estado ni tampoco los empresarios agrícolas y forestales, pues el factor de confianza está en sus niveles más bajos. A causa de la muerte y de los vivos duelos consiguientes, de tres comuneros mapuches, dos colonos suizo-chilenos y un carabinero –además de los múltiples heridos–, la sociedad nacional y local está cada vez más polarizada. Las miradas son cada vez más antagónicas, las vías de comunicación son demasiado débiles, están agotadas o incluso cortadas. Esta desconfianza se ha instalado también entre personas, grupos y, en muchos casos, entre las propias comunidades. La entrega de tierras, hecha con criterios bastante discutibles y sesgados por el clientelismo partidario, ha agravado la situación, porque aparte de dividir han enemistado a las comunidades entre sí, haciendo casi imposible vivir en ellas, dado que las condiciones de desigualdad se mantienen. Pareciera que para muchos la solución pasa por imponer a cualquier costo los intereses propios, excluyendo al otro, a ese ser diferente, negándolo y descartando la construcción de una sociedad pluralista. Es claro que los actos de violencia en la Araucanía son diversos, pero las responsabilidades y las consecuencias las cargamos todos y cada uno según su grado de culpa. Sin embargo, hay un factor causal común ampliamente consensuado: la falta de respeto y empatía histórica del Estado nacional, por no considerar al pueblo mapuche como un pueblo legítimo, como un actor con un largo historial de arraigo no degradante del territorio, ya que tampoco fue un conquistador advenedizo como sí lo fue España y lo es el Estado chileno a partir de 1881, siendo además una fuente-raíz de una cultura no grecolatina, cuya cosmovisión enriquecería los contenidos humanos de la democracia. De ahí que el objetivo de una propuesta real debería abocarse a implementar –ya sea en este Gobierno, el que venga o el que sea capaz– la paz social y el“buen vivir” (chengen); elevar la calidad de vida, con una economía productiva que respete la diversidad de los ecosistemas naturales y culturales, sorteando las prácticas violentas en áreas indígenas a través de tareas de construcción. Así como invertir en la minería del cobre resulta necesario para el crecimiento económico de Chile, invertir en la Araucanía y los pueblos originarios resulta primordial para el desarrollo humano de nuestro país, en la profundización cívica de la democracia, que es nuestra identidad nacional. Esto equivale a una concreta acción de cuidar el medio natural, deteniendo la sobreexplotación de los recursos básicos como es el hábitat humano. Digamos también que ningún país se vuelve sustentable sin una economía y una política responsable, por lo que en nuestro proyecto-país, ningún macro interés económico o político, bajo ninguna circunstancia, puede ser ilimitado y estar por sobre la reverencia a la Vida y la dignidad de las personas, especialmente cuando estas constituyen la fuente genética, su ethos. Los gravísimos trastornos medioambientales del planeta, la creciente huella de carbono, la toxicidad del aire y de las aguas, el mega incendio reciente, nos muestran que ninguna economía es viable en el mediano y largo plazo si se concibe al margen de los servicios que prestan los ecosistemas.

Ziley también nos aclara que el movimiento mapuche está a favor del poder territorial dsc_1028-copiaautónomo: “Frente a él se opone y resiste el sistema político homogeneizador, que es centralista; el Estado, que aún no reconoce plenamente ni asume que patrocinó el despojo territorial a dicho pueblo/nación, hoy –en la etapa de la nueva democracia– le suma la lógica de minorización en que se ha mantenido, con políticas sectoriales ejecutadas en sus proyectos, pero sin autonomía real ni un poder político endógeno”.

Parece optimista respecto a la solución de la violencia en el sur, pues cree que “es compleja pero posible, porque también pasa por modernizar el Estado, superar las estructuras coloniales que subsisten en el tratamiento con los pueblos originarios, no frenando aún más el apoyo al sector”.

 —¿Es posible, Ziley, que con una ley de representación indígena en el Parlamento se apunte hacia el camino correcto de la integración? ¿O la solución definitiva al conflicto pasa por la decisión del Gobierno de convertir a Chile en un Estado plurinacional, como es el caso de Bolivia?
—Esos serían los primeros pasos para recuperar la confianza. Luego se necesitaría conformar un equipo mediador de alto nivel resolutivo, competente en el tema, construyendo un puente que potencie la comunicación entre ambos mundos. Con esto se asesoraría al Estado y también a las comunidades mapuches en la necesidad de ampliar los canales de diálogo, ya que todos deben abrirse a sus contrapartes, conduciendo una agenda mediadora. La finalidad de este equipo sería diseñar, afinar y aplicar un plan de acción entre comunidades mapuches, Estado, ciudadanía, empresas forestales, iglesias, policía, ministerio público, poder judicial, entre varios otros. Su tarea reivindicaría cívicamente ese mal nombre de “conflicto mapuche”. Su primera labor aportaría nuevas distinciones para liberar a la ciudadanía de sus juicios caducos, abriendo un sendero de mediación para superar esta crisis. Han aparecido diversas propuestas este último tiempo: el acuerdo por la Paz Social de los senadores Espina y García, el aporte de Francisco Huenchumilla, el de la Asociación de Municipalidades con Alcaldes Mapuches, el Informe de la Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato con los Pueblos Indígenas (en pleno Gobierno de Ricardo Lagos), etcétera. Sumémosle ahora la Comisión reciente que presidió el Obispo de Temuco. Con todas estas propuestas ayudaríamos a generar un perfil activo de diversidad. Al difundir dicho trabajo, conseguiríamos sensibilizar al país y en primerísimo lugar, a los funcionarios del Estado (ministerios, instituciones, Ministerio Público, Poder Judicial), además de informar a las instancias públicas y gubernamentales acerca de los verdaderos términos que se juegan en esta centenaria crisis. Sería muy adecuado dialogar a través de conferencias y seminarios cerrados frente a las autoridades. Sugiero reproducir en dependencias y niveles del aparato fiscal, un seminario tipo llamada: “¿Por qué un sector del mundo mapuche optó por una vía no institucional? Caminos para el entendimiento”. También podría llamarse:“Mapuche, la herida chilena que todos debemos cerrar”. Los objetivos de toda mediación deben centrarse en buscar áreas de convergencia para un entendimiento nacional. Una vez establecidas, recién se podría crear una agenda política, jurídica, cívica y económica para su aplicación, empezando por las zonas y regiones en conflicto. Se trata entonces de establecer un puente y un sistema de diálogo permanente, con una metodología resolutoria de controversias entre las comunidades mapuches y las autoridades del Estado. Es preciso que todos se planteen opciones creativas, para no caer en procesos desgastantes ni mucho menos criminalizar las demandas de los pueblos originarios a priori. Necesitamos vivir en un país sin violencia, con niveles crecientes de inteligencia colaborativa.

—Dentro de esa misma integración usted plantea que el Estado debiera hacerse cargo, a través de la reforma educacional, del acercamiento a la tierra desde la niñez, desde el colegio para que se pueda apreciar la naturaleza. Al respecto, ¿es la educación actual parte importante del problema identitario con nuestros orígenes, la que obliga al chileno a pensar la tierra como un recurso a explotar indefinidamente? ¿Nos hemos vuelto pasivos frente al desastre?
—Por cierto que sí. Solo guiando a la niñez en su relación con la tierra nos haríamos más libres y felices. ¿De qué nos quejamos si por más de doscientos años hemos abandonado el bosque nativo, si en los patios de nuestras escuelas no hay árboles, jardines con flores ni cultivos? Un niño de cualquier barrio no titubea en mencionar siete marcas de autos, pero tartamudea cuando se le pregunta el nombre de un árbol o de un pajarito autóctono. En los recreos sus rodillas se estrellan sobre metros cuadrados de cemento. Y mientras más vulnerables sean esos niños, menos árboles verán en sus espacios de juego. Hay que acusar al sistema educativo chileno, hacerle saber que abandonó los deberes relacionados con la naturaleza. Toda escuela pública debiera ser un jardín botánico de aprendizaje de la biósfera. Como Finlandia ya que hoy nos gusta tanto el referente–, debemos optar por la educación ambiental como un poderoso eje curricular. Supuestamente, desde 1810 la jaula de la autonomía forjó un país verdadero, sin aquel fórceps de la cultura española; quedó abierta, pero los barrotes de nuestros paradigmas la vuelven a cerrar. Todavía existe una colonización mental de la masa, solo enarbolando la bandera antigua podría renovarse la nación chilena. Creo que la sabiduría natural de la Patria Vieja mapuche es el futuro y la garantía de que el ave del espíritu nacional vuelva por fin a cantar su canción propia, la que presintieron los libertadores. Mientras las elites del norte dejen su egoísmo centrado en la rentabilidad del capital, mientras el pueblo del sur no asuma su pasado con orgullo, sin discriminación hacia el hermano no mapuche, mientras la sociedad chilena no se conecte con su mestizaje cultural, seguiremos siendo apenas un bosquejo, una ilusión virtual. Por tanto, volver a apreciar la tierra como una madre de familia es lo único esencial, es imprescindible fundirse en los antiguos ideales del ecosistema de la Mapu.

El lenguaje como puente hacia la cultura ancestral

El último libro publicado por Ziley Mora fue el diccionario mapuche “Zungún. Palabras que brotan de la tierra” (Uqbar Editores, 2016). No se trata de un diccionario común, como a los que estamos acostumbrados, de palabras y definiciones. Ziley lo denomina un diccionario etnográfico-semántico, es decir, que vincula y asocia los vocablos nativos de acuerdo al significado ancestral que se perdió a través de la asimilación cultural desde la conquista española, para así perfilar de mejor forma la originalidad de una cosmovisión y hacer justicia con ella.

el-newen-de-la-zungun

Según un informe emitido por la Unesco, “la lengua refleja tanto la cultura de la comunidad a la que se pertenece como la identidad étnica del individuo. La(s) lengua(s) que uno aprende y habla desarrollan a menudo un sentido de identidad personal y de pertenencia a un grupo. No obstante, la lengua puede ser un arma de dos filos: si bien refuerza el sentido de pertenencia a un grupo étnico y los lazos sociales, también puede convertirse en un factor de marginación”.

—Actualmente en Chile la educación es más bien asimilacionista. ¿Cómo piensa usted que debemos avanzar hacia soluciones que permitan a los pueblos originarios tomar el camino que ellos elijan?
—He elaborado una propuesta detallada en estos casi cuarenta años de estudio e investigación que tengo de la sociedad mapuche. He aquí los principales lineamientos de mi propuesta remedial específica, la misma que he desarrollado en un documento aún inédito (nadie del Gobierno lo ha requerido), llamada “Iniciativas transversales para superar los factores de violencia en la Araucanía. Hacia un acuerdo sustentable de solución”:

  • Que el Ministerio de Educación planee e implemente el desarrollo de la alfabetización ecológica desde la educación intercultural bilingüe y desde los saberes ecosistémicos de la cosmovisión mapuche, reinventando el aula con minigranjas escolares orgánicas, con el cultivo de especies nativas en macetas didácticas, saliendo a terreno para ver y combatir la contaminación y la erosión, el reconocimiento de los hábitos de las avecillas y animales autóctonos, etc. [Hoy los textos escolares están llenos de leones, jirafas, o plantas tropicales, sin ninguna conexión con lo propio].
  • Instalar el Programa de educación intercultural como imperativo cívico en todos los establecimientos educacionales, como eje transversal del sistema educativo público y de los proyectos educativos privados y alternativos. Esto significa que la interculturalidad no solo debe ser una “modalidad de la educación para indígenas” (como hoy está planteado en el actual Proyecto de Ley General de Educación), sino un principio rector para toda la educación chilena, con el que se forme a las nuevas generaciones. Esto significa formar profesores y alumnos desde el orgullo de los 14.800 años de experiencia humana que tenemos los chilenos (Monte Verde), de la ejemplar historia del ancestro (hoy los textos escolares no tienen ninguna referencia a los grandes héroes y heroínas mapuches como Kallfukura, Mangin Wenu, Koñuepan, Janequeo, etc.), el valor sapiencial del lenguaje nativo, los relatos y conceptos míticos como metáforas de transformación, guías de la cósmica vocación del alma humana y su evolución en Pillán (espíritu que alcanza un cuerpo celeste), dado que el mito empodera al Ser porque este se alimenta de lo vasto, de lo grande, de la epopeya, de lo infinito. Educar desde el inarrumen (el mindfullness mapuche del “darse cuenta y cambiar” y desde los dieciocho verbos del “despertar”), desde las ceremonias comunitarias de gratitud por la Madre Tierra y su capital social, desde la sabiduría guerrera ante el amor, la sexualidad y la muerte, las claves chamánicas para combatir el mal y la enfermedad, desde el cuidado de la Naturaleza y el respeto de sus ciclos. En síntesis, desde las matrices éticas de la cosmovisión mapuche, bien asumidas en los programas educativos, enriquecer con ello la condición humana, agregando valor ético al saber científico de los ecosistemas, aprendiendo a vivir en la diversidad cultural, sea indígena o no indígena.
  • Amplia flexibilización curricular de la nueva escuela rural para integrar dimensiones culturales y saberes locales vitales para los intereses económico-sustentables de la comunidad. Ante el fuerte deterioro epistemológico y reducción de los saberes las culturas autóctonas por causa del asimilacionismo occidental, es urgente considerar a la escuela como “sanatorio cultural” o “centro de recuperación étnica” de la identidad local. Los programas de educación intercultural aquí deben efectuar una suerte de terapia intensiva para “desintoxicar” la cultura indígena local del agente mórbido externo.
  • Reconocimiento de la lengua mapuche como oficial en los territorios y regiones tradicionales. Avanzar en el bilingüismo nacional (mapuche/español) en las instituciones públicas, en los medios de comunicación y en las esferas comunicativas formales. Si el objetivo fundamental de las actuales reformas educacionales es formar profesionales que aprovechen su cultura para inventar soluciones y no para repetir rutinas, queda claro entonces la importancia formativa de acceder a un lenguaje polisignificante, metafórico, estructurado según otra rejilla mental, tal cual lo exhibe el mapuzungun o chezungun. Su particular estructura polisemántica y aglutinante optimiza capacidades mentales para hacer switching neuronal: una “tecnología” de la psiquis creativa para evitar congestión o atascos en las redes cerebrales. En consecuencia, a causa de esta característica única de los lenguajes indígenas de incluir plásticamente el “fluido del ser”, en cuanto constituir un “sistema de significaciones abierto”, representan una oportunidad clave para que desde él, desde su aprendizaje, se pueda renovar el sistema educativo occidental, en su desafío de formar a los chilenos no solo como cocreadores del incierto futuro laboral, sino como personas conscientes de su entorno.
  • Universidad de los pueblos originarios y Centros Comunales de Formación Técnica para la autosustenbilidad, la calidad de vida y el control cultural. En el corazón de la Araucanía, crear la Biblioteca Nacional de los Pueblos Originarios de Chile. Estos centros educativos, autónomos y controlados por los consejos indígenas de kimches (sabios), serían la forma moderna de dar continuidad, evolución y esplendor a una cosmovisión civilizatoria, que fue prematuramente cercenada con la espada y la cruz de la conquista española. Ellos también serían los prescriptores del propio currículum formativo, decidiendo soberanamente qué conocimiento, ciencia aplicada o tecnología de Occidente tomar y reproducir según sean los modelos de desarrollo que opten las comunidades.

—A través de su obra etnográfica usted ha dispuesto para el lector la cosmovisión mapuche a partir del lenguaje, de lo que aprendió con Ceferina Huaiquifil y la machi Francisca Colipe. Sin embargo, existen detractores de su trabajo, algunos de ellos de origen mapuche, que lo acusan de falsear traducciones, negar la existencia de la palabra “enfermedad”, inventar términos nunca usados, entre otras cosas. ¿Cuál es su postura frente a estas aseveraciones? ¿Es el pueblo mapuche celoso de su lenguaje y reacio a ponerlo en manos de un mestizo?
—Sí, hay varios peñis que tiene una suerte de “mapuchómetro” para medir cuán mapuche es esta persona, algo más bien absurdo porque en esta cruzada “el enemigo” no es el wingka per se. Esta es una “guerra” de cosmovisiones. Por lo que diría que esos celos son infundados, porque nadie tiene el canon, las “Tablas de la Ley” o la ortodoxia oficial de“la mapuchidad”, ya que es un fenómeno colectivo y en constante discusión creativa, como lo es toda cultura viva. Un europeo, por ejemplo, si es profundamente cercano al espíritu de su cosmovisión celta, vikinga, germana ancestral, también es un tipo de mapuche, de “gente de la tierra”. Dichas reacciones a mi trabajo etnográfico, aunque vengan de los sectores jóvenes del mundo mapuche, son psicológica y sociológicamente comprensibles (dudas respecto a “la secreta intencionalidad”de este investigador mestizo que se ha pasado la vida trabajando y publicando en su cosmovisión y que se asombra cada vez con nuevos datos porque queda “corto”) pero en absoluto justificadas ni menos justificables, sobre todo cuando utilizan un lenguaje denigrante en las redes sociales. Porque a veces pecan de desconocimiento y de reduccionismo, de ignorancia del fondo perdido de la propia  sabiduría, de eso que los difuntos kimche o “sabios” sí sabían. A ellos les parece tan tremendo o compremetedor aceptar las matrices de esta sabiduría única de la tierra, que prefieren descalificarlas a vivirlas, a asumirlas y así volverse dignos de dicha herencia del conocimiento. Y el camino más fácil es entonces desprestigiar al werkenque primero puso la cara -y en plena dictadura- en el levantamiento de la sabiduría, al mensajero, al decodificador del mensaje, al portavoz de la noticia, en vez de primero pensar con prudencia, luego investigar y profundizar en los conceptos chamánicos, los lexemas litúrgicos del éxtasis de una machi, comparar una comunidad con otras, sopesar las variables dialectales de las palabras o conceptos, consultar ciertas fuentes bibliográficas, etcétera. Es decir, no desean darse el trabajo que es preciso hacer antes de descalificar y frivolizar esos esfuerzos de rescate que están tras estos casi cuarenta años de investigación.

 —Sabemos que el lenguaje mapuche es más bien oral, no existen grafías más que las adaptadas al español para registrarlo. En ese sentido, llevarlo al idioma de los wingkas supone también una asimilación que muchas veces coarta su identidad. ¿Cree usted que es posible desarrollar una opción a la educación en Chile, abrirla al modo mapuche para que los padres puedan escoger cómo educarlos?
—Lo creo posible, porque ser mapuche, lo repito, más que un tipo de sangre, rasgos étnicos o una particular comunidad rural, un conjunto de tradiciones locales, es un estado de espíritu,una opción sapiencial que determina un modo vibratorio del alma. Y esa vibración la crea y determina un determinado lenguaje, la condiciona y genera el zungun, el verbo y mensaje mapuche. Este no pierde su eficacia en contextos de no oralidad, si es que se registraran y aprendieran con amplitud, veracidad y fina justeza. De ahí la importancia de traducir esta lengua de un modo etnográfico, es decir, dando cuenta de la semántica y de la polisignificancia perdida de los vocablos ancestrales, no caer en la tentación de la etiqueta simplificadora del significado, tal como lo intenté con mi diccionario “Zungun”. Si adoptáramos la palabra mapuche, esta determinaría una mentalidad, porque la gramática crea la conducta personal y social, el tipo de mundo que traemos a la mano. En definitiva, somos el tipo de cuento que nos contamos, el lenguaje de nuestra biografía, y junto a ello determinamos nuestra biología. Se volvería nuestro mejor sistema inmunológico cultural si la educación chilena adoptara el mapuzungun y lo tomara verdaderamente en serio. Y si no es así, los padres todavía tienen la última palabra.