Capítulo 4: El monstruo interior

Por Aldo Berríos.

Dicen que las mujeres son vanidosas y los hombres son egocéntricos. Nosotros nos compramos un auto o renovamos nuestro peluquín para sentirnos el centro del mundo. De las mujeres no voy a hablar en esta ocasión, porque como la sociedad anda sensible prefiero criticar a los que ya están acostumbrados a ello. Y si bien no me gustaría usar una alfombra en la cabeza, quién sabe lo que me gustará mañana. En pocas palabras, preferiría ser un pelado estilo Bruce Willis antes que parecer muñeco de ventrílocuo. Así como lo vimos en «El Sexto Sentido» (o «El Sexo Fingido», como le decía mi tía Victoria).

Yo suelo soñar con que me crucifican, pero que no duele tanto como en las pinturas. Por eso siento que el llanto es parte del mito, así como sucedió con pie grande, que en realidad era un hombre de las nieves. Y la nieve me perturba, porque desde que vi esa película donde unos jugadores se comían en plena cordillera porque les faltaba comida, le hago la cruz a la caspa del cielo. En cada una de estas historias alguien sufre para salvar al resto: Jesús se entregó por el prójimo, los muertos se entregaron a los vivos y de seguro el yeti quiere mantener en secreto su identidad de aborigen.

El egocentrismo no es lo mismo que la vanidad, por favor dejemos de usar ambos términos como si fueran sinónimos y disfrutemos sus diferencias. Una persona egocéntrica vive en función del pensamiento, para ella siempre prevalecerá su manera de interpretar el mundo. Y como todo ente que vive encerrado en sí mismo demanda una dosis de respeto, tarde o temprano le patina el embrague. En aquella característica que define al hombre hay una exacerbación de la consciencia, de lo que realmente implica acarrear una identidad. Tampoco tendría que parecernos un cáncer para los sentidos, puesto que proviene de un órgano benigno y como tal deberíamos asumirla. Cada vida tiene sus logros, un sinfín de capacidades y talentos que nos destacan del resto (más allá de que ciertos individuos busquen obtener un séquito de personas que los entiendan, los sigan, y que más tarde detesten que los contradigan). En muchas ocasiones un don podrá derivar en patología, pero el resto del tiempo funciona como un rasgo natural, mucho más sencillo.

Cuando los charlatanes hablan acerca de este tema, diciendo que el egocentrismo es una forma de aislamiento, que incluso nos priva de la dicha, ¿acaso no han conocido el mundo? El delirio de grandeza está primero en la sociedad y luego en el individuo. Nadie sabe manejar la frustración, en ninguna parte te enseñan a perder, y eso que la vida es una amarga y bella derrota. Estamos solos, qué miedo más grande e insoportable para la masa. Para colmo de males, la gente no puede estar sola. Miento. La gente no sabe estar sola, por eso mismo no sabe estar con otros.

Jean Piaget afirmaba que todos los niños son egocéntricos, ya que sus habilidades mentales no les permiten comprender los criterios y creencias de los demás. Para mí esto suena bastante similar al racismo, clasismo y sexismo: el ser humano posee un germen intrínsecamente discriminador. Prejuicioso. Pero esto no representa un defecto de personalidad, porque cuando lo pensamos con detención, el altruismo vendría a ser la rareza. Yo vivo a diario en mi metro cuadrado. ¿Qué voy a saber acerca de lo que sucede en otros países, en otras culturas y mentes distantes? Claro que puedo intentarlo, pero siempre voy a fallar a la hora de ponerme en tu lugar. Suena tan falso cuando los personajes emplean una voz populista, acariciándole el lomo al pueblo como si fueran portavoces del bienestar ajeno. Por cierto que no me refiero a ignorar la existencia del prójimo, yo simplemente digo que asumamos lo inevitable: que vivimos limitados por este cuerpo que nos tocó habitar. Toda opinión es absoluta, dejemos de hacerla pasar por altruista.

Al fin y al cabo, la autocrítica vendría a ser una cualidad que solo experimentan los depresivos. El crecimiento personal es una tortura, un calvario que pocos entienden porque se lo pasan jugando a estar tristes. De eso se tratan los libros, por ejemplo. Antiguamente nos poníamos felices cuando conectábamos con un escritor, mientras que hoy en día la sociedad funciona a la inversa: el pobre escritor encuentra felicidad y orgullo cuando se conecta con la gente. En mi caso, cuando le estoy dando la última mano de pintura a una obra quizás pienso en el lector, pero el resto del camino lo recorrí a solas, fue un viaje privado para expiar mis pecados. Supongo que eso me convierte en un pésimo personaje y producto. El lado más desinteresado de un libro sería el diario de vida, adopta esa forma cuando pierde la mitad de su narcisismo.

Algunos se creen dueños de la literatura. Yo soy uno de esos. Tampoco lo veo como algo terrible, porque supongo que cada amante cree conocer mejor que nadie a su amor. Y el egocentrismo ha adoptado un pésimo nombre por culpa de los que no saben reconocer su precioso contenido. Les pido encarecidamente que dejemos de buscarle el lado negativo a las cosas, porque siempre se lo vamos a encontrar. Hace un tiempo atrás conocí a un tipo que quemó su Biblia y empezó a recitar «El señor de los anillos», así de tullida está la religión de los libros. El ser humano es de opiniones polarizadas, no sabe pensar por fuera de un marco teórico. Armar un pensamiento propio no es nada de sencillo, pues está relacionado con la sabiduría y no con la eficiencia. Cada hombre escala una cima distinta a la hora de crear, pero en esa libertad también crece una bestia cuadrada y carente de raciocinio. Insolente.

Ahora mismo estoy jugando con un cuadro que tiene forma de libro. A medida que lo pinto voy descubriendo señales de mi carácter como escritor. La pintura comenzó siendo normal, un anhelo de perfeccionismo en medio de una pieza desordenada, pero tarde o temprano los colores se volcaron hacia la luz. Varias sombras discurren por acá y por allá, las figuras también se muestran y hacen lo suyo. El mundo ha encerrado a una pareja en su propia burbuja. La historia de siempre prevalece. Al final quedará un cuadro personal, uno que idealmente me hará reflexionar acerca de lo que se avecina. Como siempre, el camino recién comienza, aunque los locos estamos listos para morir por nuestro trabajo. De eso se trata el asunto.

Sin embargo, confieso que no estoy en condiciones de pagarme un psicólogo, ya que son mucho más caros que un viaje al otro mundo. Según ellos, su trabajo es una inversión a largo plazo. Hay que tenerles paciencia, porque si uno va una vez, seguiremos asistiendo por los siglos de los siglos, y amén. Presenciamos tanto robo hoy en día. Robos legales, quiero decir, porque de los otros ha habido siempre. Desde los tiempos de Salomón, hijo de David y Betsabé, o sea un hombre sabio y con plata. ¡Si hasta se dice que era el señor de los genios! De esos que conceden deseos, ya que los otros se creen la última chupada del mate. Aunque también hay genios que parecen tipos muy agradables. Como ese viejo chascón y canoso que inventó la relatividad. O que la encontró, porque nunca se sabe. Si aparte era disléxico el pobre. Se merecía un premio por estar viendo las cosas a la mala. Todavía quedan artistas y científicos que ven rarezas en el mundo, y quizás por eso se ganan la vida engañándonos. Bien por ellos, me parece una manera correcta de vengarse. Yo los felicito, pero no los imito. Porque la venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena. Así decía don Ramón. Y ese sí que sabe de la vida, porque jamás se dignó a pagar un mes de arriendo.