“Éire óg”: la culpa que Irlanda llora en Tuam

Por Joseph Michael Brennan.

Escribo desde mi querida Galway, donde brilla un tímido sol invernal. Es 8 de marzo: Día Internacional de la Mujer. En mi universidad, manifestaciones opuestas de grupos pro-life y pro-choice se debaten con pancartas y gritos, pidiendo derogar o preservar la Octava Enmienda (la ley que prohíbe constitucionalmente cualquier forma de aborto en la República de Irlanda). Esto es cosa vieja, pero este año hay algo nuevo: una noticia que se proyecta como una sombra sobre la fecha y la lucha de ambos grupos. El reciente hallazgo de los cadáveres de ochocientos niños en un cementerio clandestino inserto en un “hogar para madres e hijos” muy cerca de aquí, en la antigua ciudad de Tuam. He visto publicaciones al respecto en The Guardian, The New York Times, La República, y muchos otros medios internacionales, y no dudo que alguien en Chile lo haya cubierto, pero creo que es sano dar un poco de información precisa.

Catherine Corless, profesora de arqueología de la National University of Ireland Galway, estaba estudiando el sitio donde –a mediados del siglo XX– una orden de monjas mantenía, en Tuam, un “hogar para madres e hijos.” Este tipo de instituciones acogía madres solteras para que vivieran su gestación a escondidas, y así poder resguardar el honor personal y familiar. Lugares parecidos abundaban en toda la isla hasta una fecha tristemente reciente. El destino de estas mujeres y sus hijos podía ser muy variado (se sabe de muchos casos en que las monjas tramitaban adopciones clandestinas, enviando a los niños a vivir lejos, sobre todo en Estados Unidos). Corless encontró registros de nacimientos y muertes de cientos de niños en la institución, debidas a un sinnúmero de enfermedades propias de la época. Pero se extrañó de no encontrar sepulturas ni registro alguno de ellas. Y así se mantuvo la situación hasta que, hace pocos días, dio con lo que buscaba: 796 cuerpos enterrados en el patio, en tumbas sin nombre.

La prensa ha hecho nata del hallazgo. Se ha hablado de una fosa común, de cuerpos amontonados… Se ha culpado a las monjas, tácitamente, de causar la muerte de los infantes. La indignación colectiva se siente en las redes sociales y en los medios tradicionales. La Iglesia Católica irlandesa expresa su sorpresa y su espanto, y nadie le cree: mientras más declaraciones emergen, más reacciones duran enfrentan. Catherine Corless ha tenido que salir a desmentir algunas de las versiones de la prensa: no era una fosa común, sino una serie de entierros sumamente cuidados. Nadie estaba botando los cuerpos como si fueran basura. Y entonces, ¿por qué esconderlos?, ¿por qué no había registro de estas sepulturas?, ¿por qué las tumbas quedaron sin nombre? La respuesta es simple y triste: porque más valía callar y ocultar las cosas que atenerse al escándalo, porque tazaron más cara la honra de las familias y el cristianismo status quo, por sobre la memoria de los niños.

Hay que entender. Irlanda es el país del romanticismo. Esta isla está llena de sueños y lo ha estado por los últimos ciento cincuenta años al menos. Yo mismo llegué aquí, en gran medida, arrastrado por mis fantasías: los acantilados negros batidos por un mar implacable, las colinas esmeraldas, la camaradería nostálgica del pub con su aire viciado de música… En el pasado, alojó otros sueños que hoy son menos familiares: Irlanda fue la “niña símbolo” del nacionalismo triunfante, en su rol de David céltico contra el Goliat anglosajón; la nobleza del trabajo agrícola y ganadero contra los horrores de la industria; y – ciertamente– la lealtad católica contra el relativismo protestante. Irlanda, “la hija menor de Roma” (mejor que la Francia traidora), fue ensalzada por autores nativos y extranjeros como la patria del auténtico catolicismo. La de Irlanda era una fe honesta y sencilla, sana y nutritiva como su leche, blanca como su lana. La Edad Media, que la llenó de epítetos, la llamaba Éire óg, “la virgen Irlanda.” Parecía como si San Patricio, junto con las serpientes, hubiera desterrado también el Pecado Original. Y la Irlanda pura, mientras rechazara la contaminación de las ideas heréticas, se mantendría siempre inmaculada, incapaz de pecar en su eterna infancia. No necesitaba Irlanda de los razonamientos de los teólogos: la “fe del carbonero” le era más que suficiente. Esta fue la Irlanda que Éamon de Valera  intentó galvanizar en su proyecto de respublica catholica, donde la Iglesia y el Estado coexistirían en perfecta armonía y en férrea asociación, como pilares de la sociedad hibérnica. Hasta el día de hoy, en este país “laico” la Iglesia católica tiene el control de la inmensa mayoría de los establecimientos educacionales primarios y secundarios. La ilusión se rompió en pedazos en 2010, cuando salieron a la luz pública una miríada de casos de abusos sexuales a menores por parte del clero católico irlandés. La visita apostólica de Benedicto XVI hizo imposible seguir escondiéndolo. El desastre fue mayúsculo, y el mutismo cómplice de la mayoría de los obispos minó –tal vez para siempre– la autoridad moral de esta poderosísima institución. El drama de los magdalenatos, como el de Tuam, ha salido a flote con el clamor que tiene solo después de esta crisis, y se lo debe analizar con la misma perspectiva. El pecado de fondo del catolicismo irlandés, o de la Irlanda católica, es el silencio.

A mediados del siglo XX, cuando la “casa” de Tuam estaba en funcionamiento, la sociedad irlandesa era pobrísima y, en gran medida, primitiva en términos de salud e higiene. Las muertes de los niños se debieron a las mismas causas que los mataban en otros lugares. Al parecer, tenían incluso mejores posibilidades de sobrevivir al cuidado de las monjas. Cuando morían, sin duda que se los despedía con desgarro y piedad religiosa: el patio estaba cubierto de flores y en él habían levantado una pequeña “gruta de Lourdes.” Esta no es la macabra historia de las monjas asesinas de Tuam. También es probable que muchas de las chicas que iban a esconderse ahí, lo hicieran por voluntad propia. No estaban secuestradas y es poco probable que estuvieran realmente prisioneras. Y sin embargo, la Iglesia Católica irlandesa en su conjunto y la sociedad católica que formó, sean colectivamente culpables de haber dado vida y haber mantenido vigente un cierto tipo de cultura, donde estos “magdalenatos” tenían sentido: aquella cultura que estigmatiza la sexualidad femenina, que objetiviza a la mujer como índice viviente de la honra de los hombres de su clan, que hace depender su valor de su virginidad, que esgrime la vergüenza y la culpa como instrumentos de control social, que posterga el bienestar de las personas en virtud de su propio prestigio. Los niños muertos y las madres anónimas de Tuam fueron sacrificados, cada uno a su manera, en el altar del romanticismo cristiano, de la ideología totalitaria del catolicismo socio-político. Yo, católico e “hijo adoptivo” de Irlanda, me alegro de que ese ídolo haya caído. Veremos qué cosa verde y viva brota de sus escombros.

Fuente de la foto: DailyNews.com