Todas somos mujeres trabajadoras

Por Myriam Aravena.

“Mi mamá no trabaja”. ¿Cuántas veces respondieron eso en el colegio? Quizás incluso ahora de grandes lo sigan haciendo. La mamá seguramente se levantaba, hacía el desayuno, los vestía, hacía el aseo de la casa, preparaba la comida, lavaba la ropa, regaba el jardín, iba a comprar y planchaba, pero a diferencia del papá, ella no traía dinero a la casa; entonces, no trabajaba.

La noción reducida del trabajador remunerado nos ha hecho ignorar a millones de mujeres que trabajan en sus casas y permiten que los demás miembros de la familia puedan salir a estudiar o trabajar de forma asalariada.

Millones de mujeres cuyas jornadas laborales no terminan nunca, que no tienen sábados o domingos libres y que a veces ni siquiera cuentan con salud ni previsión, son consideradas “no productivas” por el sistema. A esas mujeres quiero recordar este 8 de marzo en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Hoy vivimos en una sociedad que busca insistentemente la incorporación de las mujeres al mundo laboral remunerado. Nos dicen que es bueno que estudiemos más, emprendamos más y ganemos lo mismo que los hombres. Todos objetivos justos, no hay duda. Pero, ¿y las mujeres que trabajan en sus casas sin goce de sueldo? ¿Qué hay de ellas? ¿Simplemente se espera que todas trabajemos fuera de la casa? ¿Qué pasa con los hombres?

Las mujeres nos hemos incorporado al mundo del trabajo, pero los hombres no se han incorporado al de las tareas domésticas. La consecuencia es que tenemos a una gran cantidad de mujeres haciendo una doble jornada: trabajando fuera de casa y dentro de ella, sin un compañero que sea capaz de asumir la mitad correspondiente. No ayudar, sino hacer lo que corresponde. No se pide nada más, ni nada menos.

La lucha por los derechos de las mujeres trabajadoras debe ser pensada para todas las mujeres. Para eso necesitamos una sociedad que se haga cargo de responsabilidades que hasta hoy se nos habían cargado solo a nosotras, como las labores domésticas y la crianza.

Uno de los grandes logros del movimiento feminista fue demostrar que lo privado también es político, que la absurda separación entre lo público y lo privado solo servía para mantener a las mujeres y otros sectores oprimidos fuera de la esfera de influencia. Que las mujeres estuviéramos en la casa, sin derecho a voz ni voto, era parte del diseño de una sociedad patriarcal. Que las mujeres salgamos a trabajar, pero sin contar con la colaboración necesaria para liberarnos de parte de las tareas domésticas, también.

Necesitamos reconocer el trabajo de nuestras madres, de nuestras abuelas y de millones de mujeres que, por opción o no, trabajan en sus casas sin recibir ni un cinco (o “administran” parte del dinero que les lleva el hombre, si es que hay uno presente). Y para eso tenemos que crear conciencia, tenemos que diseñar políticas públicas que contemplen a los hombres en las tareas domésticas y la crianza y tenemos que dejar de hablar de mujeres “que no trabajan”. Porque, independiente de que no tengamos un contrato o estemos incluidas en las planillas de pago, todas trabajamos.