Roberto Fuentes: “Alienígenas orientales”

R se levanta de la cama con mucho cuidado. Camina a tientas por la pieza, gira la cabeza y trata de distinguir el bulto entre las sábanas. Agudiza la vista, de a poco sus ojos logran ver algo. Ella duerme hecha un ovillo. Eso lo tranquiliza. Apenas sonríe. Abre la puerta y llega a un pasillo largo. Entra al baño sin encender la luz. Da el agua caliente de la ducha y orina. Mientras se baña, piensa en la promesa de llevar a su hijo al parque.

—Debería venirme más temprano del trabajo —piensa en voz alta.

Por la ventana se ve la luna, apenas un trocito.

—Parece una hamaca, mi guatón diría que es una banana —vuelve a decir en medio de la penumbra.

Se seca minuciosamente. Deja la toalla colgada en el soporte de la cortina. Se lava los dientes y enfila hacia la sala de estar. Sobre el sofá descansa la ropa y una mochila. Comienza a vestirse con una camisa azul, pantalón de tela gris, chaleco verde de cuello redondo y zapatos de cuero café. Toma una chaqueta negra y la mete adentro de la mochila. Se arregla el pelo de memoria. Ninguna luz de la casa ha sido encendida en todo ese tiempo. Toma una billetera, unas llaves y un celular de la mesa y los reparte entre los bolsillos del pantalón. Vuelve al punto de partida. Camina con sigilo. Abre una puerta. Su hijo duerme destapado. Lo cubre y le besa la frente.

—El parque… —murmura el niño entre sueños.

—Duerme tranquilo —responde R.

El niño acomoda la cabeza y se queda quieto. R vuelve a la sala de estar. Mira la calle y a lo lejos aparecen unas luces que se acercan. Toma la mochila y sale al patio. Abre el portón con un control remoto. Va al auto, tira la mochila en los asientos de atrás. Enciende el motor. Una música violenta lo altera y de un golpe apaga la radio.

—Este guatón anduvo metido aquí —se dice mientras sonríe.

Saca el auto y ve una camioneta estacionada frente a su casa. J lo saluda desde el volante mientras bosteza. R cierra el portón. J se baja de la camioneta con un bolso deportivo en la mano, conecta la alarma de su camioneta y luego trota hacia el auto de R. Entra y se acomoda en el asiento del copiloto.

—Buenos días —se saludan al mismo tiempo.

R vuelve a encender la radio. J parece asustado.

—Es Elvis —dice R.

—Bájale el volumen, está muy fuerte. Veo que todavía andas con el disco que te presté —le comenta J.

—Sí, a mi hijo le encantó. No ha escuchado otra cosa este fin de semana —responde R, acelerando el motor.

—¿No te lo dije? —alardea J—. Elvis vive.

—Vas a seguir con eso —dice R.

—Tu hijo es un niño mágico, sabe de música y reconoce en un segundo a los inmortales —insiste J con entusiasmo.

—Sí, debe ser eso —contesta R llegando a la autopista.

—El viernes te viniste callado —le comenta J.

R se rasca la nuca y le sube una línea al volumen de su radio.

—No tenía ganas de hablar.

—Eso lo tengo clarito.

—Me peleé con el huevón de mi jefe.

—Eso también lo tengo clarito.

R señaliza a la izquierda y sobrepasa un auto pequeño. Todavía se ven las estrellas a esa hora de la mañana.

—Todos andan diciendo que lo mandaste a la cresta —dice J, acomodándose en el asiento.

—El huevón es muy raro —responde R.

—Sucede que el Chino Farías es chico y cabezón —le comenta J—, sus ojos son diminutos y por eso no lo entiendes.

—Ese huevón no sabe lo que quiere —responde R.

—Claro que sabe, quiere ganar plata como todos.

—Sí, pero hay algo más…

—Ilumíname.

—El Chino Farías se acercó el jueves para felicitarme por sacar el escombro de la obra en menos de una semana —dice R.

—Esa pega la hice yo.

—Es verdad, pero tú dependes de mí, era responsabilidad mía.

—Sigue nomás.

—Me dijo que yo era un aporte y me recordó que le mandara a la brevedad la proyección del presupuesto de urbanización.

—Esa pega del levantamiento también la hice yo.

—El jueves llegué a mi casa y le terminé la tontera.

—Muy bien hecho, eres el trabajador del mes.

—Deja de huevearme. El problema es que había una diferencia en contra de casi trescientos millones de pesos.

—¡Chucha! —dice J y se trapica con saliva, tose un poco y luego vuelve a la normalidad—. Sigue, no más.

—Le mandé el informe como a las once de la noche. Y en la mañana, apenas me levanté, vi en mi celular un correo suyo que decía que revisara las cubicaciones y cotizaciones.

—Ah, por eso me tuviste toda la mañana chequeando leseras que al final daban lo mismo y que yo te había entregado antes.

—Tal cual. Por mi parte, revisé las cotizaciones y ajusté algunas cosas por aquí y por allá, pero la pérdida bajó solo a doscientos ochenta millones.

—La pega estaba bien hecha.

—Sí, en realidad no es pérdida, resulta que ellos querían ganar trescientos cincuenta millones y con suerte van a ganar setenta.

—Igual ganan.

—La cosa es que el Chino Farías convenció a don Marcial para que se metiera en este proyecto.

—¿Quién es don Marcial?

—El dueño de la empresa.

—Igual setenta millones no es malo.

—Pero no es lo mismo que trescientos cincuenta. Además, un solo error y se sale a ras.

J vuelve a mirar hacia el frente, asimilando toda la información.

—¿Y qué pasó entonces en la tarde? —pregunta el copiloto.

—Antes del almuerzo le mandé por mail la nueva proyección. Mientras comía recibí un mail de vuelta para que nos juntáramos a las 5.

—¿Nada más?

—Nada más. Seguí trabajando tranquilo, acuérdate que estuve contigo viendo lo de la nivelación.

—Sí, pero no me contaste nada en ese momento.

—No había nada que contar.

—¿Entonces? —pregunta J, buscando algo en el cielo.

—Llegó a mi oficina diez minutos antes de las cinco. Justo cuando iba a buscar los planos, el viejo se me adelantó. Se sentó sin saludar, venía muy serio. Abrió su notebook y me dijo que yo estaba equivocado.

—De entradita —dice J sonriendo y vuelve la mirada hacia R.

—Traté de explicarle mi trabajo…

—A ver, a ver.

—Nuestro trabajo, digo. Pero el viejo no me dejaba hablar, yo le insistía que era una proyección conservadora mientras él borraba las celdas del archivo, dejando todo en cero.

—¿De verdad?

—Sí, y decía «esto no se considera», «esto no es así», y borraba y borraba.

—Igualito a esa vez que me hizo pedazos el plano en la cara.

—En nuestras caras —dice R.

—Es verdad. Pero después de borrar todas esas tonteras, lo mandaste a la cresta. ¿Cierto?

—No, me aguanté. Me puse de pie y le dije que podía hacer con el informe lo que le diera la gana y le anuncié que me retiraba a terreno porque tenía mucho trabajo.

—¿Estabas alterado? —pregunta J, sobándose las manos.

—Aguantando las ganas de maldecirlo, pero justo cuando abría la puerta me dijo que yo no era un profesional digno de ganar un millón y medio de pesos.

—¿Eso te dijo?

—Sí. Yo me di vuelta y ahí sí que lo mandé a la cresta.

—¿Pero cómo lo hiciste, qué le dijiste?

—Ándate a la cresta, así mismo.

J no puede contener la risa frente a R.

—¿Y el Chino qué hizo?

—Al principio nada, luego cerró el notebook como atarantado…

—Se puso nervioso, qué buena.

—Salí emputecido de la oficina, detrás salió él y antes de entrar a su oficina me gritó algo.

—¿Qué te gritó?

—No lo escuché bien, pero le dije que fuera tan hombrecito como para decírmelo en la cara.

—¿Esa huevada le dijiste?

—Sí, yo estaba preparado para romperle el hocico apenas se acercara.

—Pero no fue así, porque a mí no me contaron que le hubieras pegado.

—No, entró a su oficina.

—Pucha, qué lata. El huevón tonto.

—En el fondo tiene miedo y está desesperado.

—¿Y no te echó?

—No, me fui a terreno, di unas cuantas vueltas, regresé a la oficina y cuando nos cruzamos él bajó la mirada. Luego me subí a tu camioneta y me trajiste a la casa.

—Quizás le hizo bien la parada de carros.

—En la noche leí un mail suyo.

—¿Te mandó un mail?

—Me preguntaba si el hormigón de hoy estaba coordinado y le contesté que sí, que hoy a las 9 de la mañana llegarían siete camiones.

J se rasca la barbilla y se queda mirando al cielo, pensativo.

—Les tengo que dar unas instrucciones a los carpinteros para tirar el hormigón sin problemas —dice finalmente J.

—Qué bueno, no quiero más dramas —responde R.

—Si el Chino Farías te hubiera echado, yo me iba al tiro también.

—No, en ese caso tendrías que quedarte, si el problema es conmigo.

—No sé, porque tú me trajiste a la pega.

Unos rayos de sol se asoman entre las montañas. R sale de la autopista y gira hacia el poniente por un camino estrecho y solitario. Un par de casas aparecen cada tanto frente a ellos.

—Le compré una tele a mi viejo —dice J.

—La que me habías contado, supongo.

—De cuarenta y dos pulgadas, con todas las huevadas modernas de ahora.

—¿Te salió caro?

—No, una cuota al contado. A fin de mes la pago.

—¿Y tu viejo, feliz?

—Chocho. Imagínate, la tele es japonesa y esos chinos son secos para la tecnología.

—¿La tele es china o japonesa?

—Da lo mismo si es coreana, son todos chinos para mí —responde J.

Una luz aparece y desaparece en el horizonte.

—¿Viste eso? —pregunta asustado J.

—Debe ser un cometa.

—No, son nodrizas.

—¿Nodrizas?

—Detente aquí para comprar el pan.

—Bueno —dice R, buscando más luces en el cielo.

Se detienen sobre la berma. J se baja del auto corriendo mientras R revisa su celular. Tiene un mensaje de su esposa donde le cuenta que su hijo se ha levantado con ganas de ir a la escuela. Entonces J vuelve al auto.

—Compré dobladitas y pan amasado.

—Y un par de marraquetas, ¿cierto? —pregunta R.

—Sí, todavía no entiendo por qué no te gustan las dobladitas y el pan amasado.

—Mucha manteca.

—Ah —dice J mirándose la barriga—, por eso eres tan flaco.

Ya ha amanecido. El auto cruza un puente sobre el lecho de un río seco.

—Las naves nodrizas vienen a puro sapearnos —comenta J mientras mastica un pedazo de pan amasado—. Nos graban y se van —agrega.

—¿De dónde sacaste eso? —pregunta R.

—De cosas que he leído, reportajes en la tele, la Biblia y otras cosas de donde saco mis conclusiones.

—¿De la Biblia?

—Todo sale ahí, todo está escrito.

—¿Cómo llegaste a eso?

—Los alienígenas son chicos, cabezones y tienen rayas en los ojos, así salen en los dibujos de las revistas y las películas. Los chinos se parecen bastante.

—¿Tú crees que los chinos son alienígenas?

—Por supuesto, si toda la tecnología viene de allá: los computadores, los autos y las teles como la de mi papá. Los chinos tienen la tecnología guardada y la van soltando de a poquito.

—Entonces mi hijo es un extraterrestre, porque tiene los ojos chinitos y es un campeón para el Mario Bros.

—No, tu hijo tiene síndrome de Down, por eso es chinito. Es distinto, un angelito.

—¿Un angelito? —dice R—. Si vieras las cagadas que se manda.

—Te salió vivaracho, por eso es tan bueno para los juegos.

—Mi hijo es un niño especial, pero no un alienígena.

—En el último de los casos, yo diría que el Chino Farías es alienígena. Piénsalo. Tiene cara de chino, es cabezón y siempre anda con un celular de última generación.

R va a contestar, pero se da cuenta de que están llegando a la obra. El auto se detiene frente a un portón de madera. Un guardia muy abrigado les abre. Un mensaje de texto en el celular le avisa a R que su hijo entró al colegio sin inconvenientes. Se asoma una sonrisa.

La oficina de R es un container. Un escritorio grande, una repisa y una cajonera componen el mobiliario. En el computador se oye música ochentera a muy bajo volumen.

—¿Qué instrucciones les tienes que dar a los carpinteros? —pregunta R mientras bebe dos sorbos de café con leche.

—Son cinco para las ocho —dice J, masticando un pan amasado con jamón—. Después hablamos de pega.

Están los dos sentados alrededor del escritorio.

—Me interesa discutir este tema, son siete camiones que vamos a tirar.

—Son ocho, anduve revisando los muros y faltan hartas calugas. La idea es que el fierro no quede al aire.

—Y nos van a felicitar.

—Y el Chino Farías con su pistola llena de rollos nos va a desintegrar.

—Dale con eso. ¿Cómo piensas en alienígenas siendo tan creyente?

—Las dos cosas van de la mano, Jesús era un extraterrestre, pero de los buenos.

—Entonces nuestro querido jefe…

—Es de los malos.

—Bueno, en ese caso no le pido permiso para la tarde.

—¿Para qué le vas a pedir permiso?

—Para llevar a mi hijo al parque.

—Vale la pena mentir por un angelito, inventa una hora al médico.

—No es mala idea. Mañana es un día flojo, no hay mucho que planificar.

—Siempre te doy la solución que necesitas. Incluso te ilumino con respecto al mundo —insiste J.

—Yo tengo mis propias ideas —dice R.

—Sé que no crees en Dios y lo acepto, ¿pero por qué no crees en los alienígenas?

—Yo no he dicho que no creo.

—Esto se pone interesante.

—Nunca he visto un extraterrestre, pero supongo que deben existir.

—Me cagaste, explícame.

—El universo es enorme y deben existir otras formas de vida…

—Eso mismo pienso yo.

—Pero como el universo es tan grande, me parece estadísticamente probable que otras civilizaciones estén demasiado lejos de nosotros.

—Para eso existen las naves espaciales.

—No creo que esas civilizaciones lejanas hayan alcanzado la tecnología necesaria para viajar distancias tan grandes.

—Me cuesta, pero te sigo.

—Jamás vamos a ser capaces de vernos.

—¿Y cuando pasen millones de años?

—Las civilizaciones nacen y mueren demasiado rápido como para que nos encontremos. Nosotros mismos duraremos miles de años más, quizás unos cientos antes de desaparecer.

—Tienes razón, todo es culpa de los chinos.

—¿De qué hablas?

—Los coreanos están a punto de armar una guerra nuclear.

—Bueno, eso te lo concedo.

—A ellos nos les pasa nada con la radiación, ¿sabías?

—No creo que eso sea cierto.

—Piensa en Hiroshima y en las centrales nucleares.

—¿Qué pasa con las centrales nucleares?

—Yo nunca he visto un chino deforme, con tres ojos o joroba —dice J, esperando la aprobación de R.

Por fuera del container aparece una silueta que les hace señas. R se pone de pie.

—¿Es el Chino? —pregunta J.

—Sí, ándate a terreno, yo voy a ir a ver qué quiere este huevón.

—De acuerdo, nos vemos más rato.

Al salir del container, J baja unas escaleras, se acerca a un carpintero y entonces se devuelve a mirar. Ve a R entrando a la oficina del jefe.

—¿Me iba a decir algo? —pregunta el carpintero.

—Después —contesta J, comiéndose las uñas mientras observa hacia las oficinas del segundo piso.

R sale de la oficina del jefe y entra en la suya a paso decidido. Toda la escena es observada por J con detención. R baja las escaleras, se ha puesto la chaqueta y una mochila cuelga de su hombro. J camina hacia él y lo espera al final de la escalera.

—Me voy —dice R muy serio.

—¿Qué te dijo?

—Nada importante, que nuestra manera de trabajar es incompatible.

—Te echó.

—Más o menos.

—¿Y te vas así nomás?

—Claro, total mi contrato es hasta fin de mes. Tengo dos semanas de vacaciones pagadas.

J se queda en silencio, contrariado.

—Todo va a estar bien —dice R.

—Yo me iría al tiro, pero tengo que pagar la tele de mi papá —se excusa con tristeza J.

—No te preocupes —responde R—, tú no tienes la obligación de irte conmigo. Además nadie más sabe hacer nuestra pega.

—Me gustaría que me echara, también tengo contrato hasta fin de mes.

—Pero no lo va a hacer, eso fue lo único que le pregunté.

—Gracias —dice un J algo incómodo.

R saca las llaves de su auto y se las pasa a J.

A la tarde me lo devuelves, esta huevada de pega queda muy lejos como para irse a pie.

—¿Y tú?

—No te preocupes, voy a caminar un rato y después tomo un colectivo.

—Pero —alcanza a decir J con las llaves en su mano antes de que R le golpee el antebrazo y se retire.

R entra a un minimarket. Hace el amago de marcar el número de celular de su esposa. Luego se arrepiente y guarda el teléfono. Comienza a recorrer los pasillos con un pequeño canasto en la mano.

—¿Qué busca? —le pregunta una joven de delantal verde.

—Cereales —contesta R.

—En el siguiente pasillo —dice la joven.

R finge que sonríe, ella también. Camina y elige dos bolsas de cereales de distinto tipo. Luego se mueve hacia el fondo y desde un estante frío saca dos yogures light. Se rasca la cabeza y empieza a mirar para todos lados. Distingue el pasillo de los jugos. Camina presuroso y saca cuatro cajitas con sabor a naranja.

—Con esto será suficiente —se dice antes de dirigirse a la caja.

Paga con la tarjeta de crédito y le da tres monedas de propina a la joven que echa los productos en una bolsa. Es la misma joven de hace un rato.

—¿Encontró todo? —pregunta ella.

—Sí, muchas gracias —contesta R despistado y sale del minimarket.

Ve un colectivo detenido en la esquina y corre a su alcance con la mochila en la espalda y la bolsa en su mano derecha. El chofer del colectivo se encoge de hombros. R entiende que el colectivo va lleno. Mira la hora en su reloj. Las 9 en punto.

—Todavía es temprano —se dice, acomodando la bolsa dentro de su mochila.

Un bocinazo lo asusta. Es un auto que se ha detenido a su lado. R no entiende lo que sucede hasta que ve a J conduciendo su auto. J sonríe feliz al volante y le hace gestos exagerados para que suba. Entonces R se acomoda en el asiento del copiloto. Parten mientras R deja la mochila en el asiento de atrás.

—Te dije que no te fueras —dice R, simulando seriedad.

—Yo no renuncié —responde J guiñándole un ojo.

—Cuéntame lo que pasó.

—El Chino me llamó a su oficina y empezó a hablarme del hormigón. Yo le dije que solo faltaba una cosa y que todo estaría bien, él me preguntó qué faltaba.

R se cruza de brazos y de pronto ve un camión con hormigón que pasa en dirección contraria.

—En eso lo miré bien a la cara y lo encontré más chino que nunca —sigue diciendo J—. Más cabezón, con los ojos como salidos. Le conté que yo siempre he tenido una teoría con respecto a los alienígenas.

R suelta una carcajada.

—No te creo —dice R.

—Entonces le expliqué mi teoría, y mientras yo iba hablando a él se le abrían cada vez más los ojos, pero sin dejar de verse chino. Me preguntó si es que acaso lo estaba hueveando.

—¿Y qué le contestaste?

—Que no era hueveo, pero que ya conocía su secreto y que no debía simular humanidad conmigo. En eso entra la niña de personal a la oficina, pero me parece que él no la vio, porque me dijo «váyase a la chucha», y la niña soltó los papeles que traía y se le cayeron todos al piso. En ese preciso momento le dije al Chino «ha sido un gusto» y salí diciendo que me habían despedido. La mayoría de los viejos se fueron derechito a los vestidores.

—No te creo.

—Renunciaron y no sé cómo van a tirar el hormigón.

—Tremenda cagada.

—Saqué mis cosas, las subí al auto y ahora somos dos los que tenemos vacaciones pagadas hasta fin de mes.

—¿Y qué vas a hacer?

—Ir a la inspección del trabajo, supongo. Ver fútbol y películas con mi papá durante una semana para después buscar pega. Total, que nunca nos ha faltado.

—Es verdad.

Otro camión se cruza con ellos.

—¿Y tú qué vas a hacer? —pregunta J.

R estira los brazos con las manos en la nuca.

—Hoy iré al parque, tengo que cumplir una promesa —dice R y sonríe con los ojos perdidos más allá de la ventana.

J enciende la radio. Elvis vuelve a cantar. El mismo que decía: «cuando las cosas vayan mal, no te vayas con ellas».

—Los inmortales no pertenecen a este mundo —sentencia J, buscando en el cielo alguna nave nodriza—. Es una lástima que no se muestren de día.

 


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Alienígenas orientales nació como un cuento, pero luego se transformó en toda una novela. Es el primer capítulo de un relato publicado por RIL Editores el año 2015.

ISBN: 978-956-01-0202-7/ 110 páginas.

Roberto Fuentes nació el año 1973. Es autor de Está Mala la Cosa Afuera (2002), Betto: El fantasma de mi abuelo (2007), Kartas (2007) y Oreste y las luces volcánicas (2007), novela que recibió el Premio Barco de Vapor. En abril del 2017 verá la luz su nueva novela, Küyen, donde aparece la misma protagonista de Estrella (2016).



Categorías:Tinta y pluma

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