Padre, ¿por qué me has abandonado?

Por Carolina E. Varela.

“Silencio” (2016), la última producción de Martin Scorsese, narra la historia de dos sacerdotes jesuitas, Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver) en su viaje al Japón de 1640 en busca de su mentor, el padre Ferreira (Liam Neeson). De este último no se sabe nada hace tiempo e incluso se cree que ha apostatado.

Estamos frente a una fiel adaptación del libro ficticio y homónimo de Shusaku Endo. Durante la travesía, ambos padres se enfrentan a la persecución de los cristianos en tierras niponas, practicando su fe a escondidas o pisando imágenes de Jesús y la virgen María para salvar sus vidas. Su guía será el apóstata Kichijiro (Yosuke Kubozuka), quien los llevará hasta aldeas donde los conversos han esperado largos años por algún padre que les ayude a celebrar misas, bautizos y el rito de la confesión.

Esta obra cinematográfica no apunta al martirio que sufrieron los cristianos durante el shogunato Tokugawa, mucho menos a compadecerse de ellos frente a los “terribles” seguidores de Buda. Ya para la mitad del filme, los cristianos han sido descubiertos y varios de ellos son torturados hasta la muerte por negarse a abandonar su fe. Es aquí donde comienza la lucha interna de su protagonista, el padre Rodrigues, ante este silencio que ha guardado Dios mientras sus fieles caen en su nombre.

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Sentimos un llamado al debate. Rodrigues se mantiene firme en su fe porque está enamorado del rostro de Cristo, ponerle el pie encima a su imagen sería algo impensable. También nos enseña su postura ante el gran inquisidor, exponiendo que el cristianismo es la verdad absoluta y que esta verdad no puede ser manipulada. Sin embargo, peca de orgullo cuando lo sostiene a pesar de que los nipones insistan en explicarle que su mirada religiosa no se parece en nada a la visión europea. Por lo tanto, el cristianismo nunca será entendido de la misma forma.

El mismo padre Ferreira, una vez que se reúne con Rodrigues, le explica que aquello que los nipones conocen como el “Hijo de Dios”, no es más que una representación del único Dios que conocen, el Sol. Que no han entendido el cristianismo como lo entienden los europeos, por lo que llevarles el evangelio sería como poner semillas en una tierra infértil. Para Ferreira no existen los verdaderos conversos japoneses, sostiene que solo son un puñado de paganos que al morir en realidad no lo harán por la fe cristiana.

¿Estamos frente a un discurso del director o la voz de su personaje? ¿Cuál era el propósito de Scorsese al abordar este tema? ¿Acaso intenta mostrarnos que el cristianismo en Japón en realidad no existió, porque su forma de abordarlo siempre fue distinta a la de los cristianos europeos? ¿Por qué nos muestra entonces esta fe ciega en los pueblos más pobres de Japón? Los japoneses convertidos, antes de morir, creían en la idea de un paraíso al que llegarían a descansar, no a sufrir. Estaban convencidos de ello y se lo hacían saber al padre Rodrigues, mientras este seguía cuestionándose el silencio de Dios.

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Rodrigues es capturado junto a un grupo de conversos y forzado a mirar desde su celda las torturas que deben soportar sus compañeros de fe. Estas solo terminarán cuando el jesuita se resigne, cuando apostate y pise el rostro de Jesús. Ferreira lo insta a hacerlo para detener el sufrimiento. En seguida Dios le habla a Rodrigues y le da permiso de pisotear su imagen. Podríamos llamarlo fracaso teológico, pero también un sedante de la conciencia. ¿De qué otra forma podría cargar ese dolor sobre los hombros, cuando aquel que debería guiarlo no ha dicho ni una sola palabra? Para algunos podrá ser la voz de Dios, para otros la salvación del espíritu.

Dejando la carga cristiana de lado, me atrevo a decir que Scorsese plantea el fracaso como una victoria. El echar pie atrás en una lucha encarnizada también es un signo de buen juicio, especialmente cuando se tiene todo en contra.

Ya convertido al budismo, casado y con hijo, Rodrigues sigue los pasos de Ferreira y dedica su vida a la revisión de los barcos que llegan a Japón desde Holanda, en busca de objetos cristianos. Ha mantenido su fe en secreto, confesando una última vez a Kichijiro, quien ha negado incontables veces a Cristo, pero buscando la redención a cada momento. Este es el más claro ejemplo de quien ha fallado, aunque todavía se empeña en volver al redil para sentirse en paz consigo mismo.

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La última escena nos confirma esta fe oculta y nos plantea más dudas. ¿No será que la fe se puede manejar a conveniencia? ¿Le está permitido a un cristiano evitar el sufrimiento si es en favor de los demás? Si hacemos este ejercicio desde el siglo XXI, quizás no tenga el mismo efecto que durante el siglo XVI, pero de todas maneras nos lleva a descubrir la fe con otra conciencia; más libremente y ya no a ciegas.

Los que estén buscando mensajes cristianos apegados a una fe clásica no deberían ver esta película, porque si bien “Silencio” es una cinta inteligente, bien cuidada y con un reparto magnífico, se nota que fue desarrollada para espectadores que no temen quedarse pensando el argumento después de verla. Scorsese creó una obra que merece ser digerida con absoluta tranquilidad.

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5/5 Totalmente Recomendada



Categorías:Crítica de cine

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