Capítulo 5: El prisionero de la verdad

Por Aldo Berríos.

Hay gente que junta treinta dioses distintos en su mesa de arrimo, las bestias se pelean entre todas y después se cuestionan por qué tienen una casa repleta de fantasmas. Casi siempre lloramos por problemas autoinflingidos, esa es la realidad del asunto.

Hace unos años me metí a una secta, una que tenía un nombre casi imposible de pronunciar. Lo hice porque me aseguraron que se trataba de una Sociedad Secreta, un lugar apacible con infinitos misterios por descubrir (y ojo, que el enigma más grande era que nos obligaban a escribirlo con doble mayúscula). Se supone que no debo hablar de ciertas cosas porque firmé un acuerdo. Tampoco me gustaría terminar mutilado, metido en una bolsa Ziploc y arrojado al fondo del océano.

Igual entiendo el motivo de tamaño hermetismo: el debate ideológico es para personas profundas y/o con demasiado tiempo libre. Yo no podría lidiar con personajes amargos ni defendería cada una de mis palabras para que me consideren inteligente. Eso se lo dejo a Internet.

Nuestro mesías era un tipo extraordinario y alegre. Se peinaba el cabello en forma de espiral, o sea que tenía un principio pero no un fin. Todos lo aceptábamos tal como era. Confieso que me atraía mucho su aroma a zapallo, también sus pies descalzos y la forma en que me observaba con los ojos radiantes, aunque imagino que me hubieran sacado a patadas del templo al siquiera mencionar la palabra «bisexual». Los religiosos son muy impresionables y detestan esos conceptos ambiguos.

Igual hay que ser medio ocioso y tener poca vida para entrar a una secta (aunque allá les dicen «espíritus libres»). Yo entré por la comida, porque el cocinero se esmeraba en armar cisnes de chocolate blanco y palomas de mazapán. Espero que no se malinterprete, puesto que mi afiliación era una mezcla entre interés y apetito. Uno no puede vivir sin ambicionar algo, eso sería como enfrentar una depresión mientras te suenan las tripas.

Prefiero evolucionar, subir por el espiral de la cabeza de mi maestro y nunca volver atrás. Igual como esa película: «Retroceder nunca, rendirse jamás». Y por insaciable que fuera mi ambición, jamás quise ser un dirigente de la Sociedad Secreta, porque me cargan los compromisos y darle la mano a la gente. Generalmente mantengo mi agenda vacía por si salta la liebre. Además de eso, las sectas se caracterizan por estar saturadas de personas impulsivas. De ahí les viene ese afán por tener secretos guardados bajo siete llaves, para tapar lo que se hace durante rituales en que todos se desmayan o se sacan la ropa.

Tarde o temprano me incomodó ese comunismo artificial. Olía medio extraño y hediondo, todos éramos igualitos allá dentro y nadie se destacaba. Por eso preferí volver a esta sociedad, que si bien no es tan secreta, al menos me hace sentir que valgo un poco más. Supongo que necesitaba que me mintieran. De esa forma volví al camino de la grandeza, renegando con el mismo ímpetu de los sabelotodos, brutos y pelmazos. A diferencia de aquella secta del andrógino, acá uno puede dar su opinión con mayor libertad. Es una ventaja y un inconveniente de nuestro sistema.

Se me quita el dolor de cabeza cuando divago. Hablar le hace bien a mi enfermedad mental, tal como cuando dicen «caminando se te quita». Hay que mantenerse activo, hacer mucho deporte y comer sano. Nunca mirar a la esposa del prójimo, por buena que esté. Las reglas parecen simples, pero cuesta bastante seguirlas. Porque se supone que la teoría es una sola y en este mundo hay demasiadas. Nos comen a besos apenas se encienden las luces de color ultravioleta.

Lo más cercano a una Sociedad Secreta en nuestra cultura vendría a ser una mujer. Los secretos son de ellas, esa cualidad las identifica. Van por la vida imponiendo tendencias y dietas, para luego quejarse de lo mucho que les exigen. Entiéndanlo de una vez por todas, los hombres no vemos esos defectos. Si hasta nos sentimos mal por comer al lado de ellas. Cada vez que me baja el hambre me siento culpable, porque a uno no le gusta comer solo. Acá no tiene nada que ver la diferencia de género, porque cuando salgo con alguien espero que me acompañen comiendo algo decente. No pasto, que eso es para las vacas. A mí me gusta la comida que camina, de esa que tiene proteínas y que además te deja la panza hinchada. Y una cosa es escuchar a una mujer quejarse, pero otra completamente distinta es que lo haga con la misma frecuencia de tu estómago. Eso me parece un exceso.

Es cierto, hay que saber medirse. No es bueno caer en situaciones extremas, ya sea en creencias, mujeres o comida. Por ejemplo, una vez me quedé impresionado con la imagen de un gordo estratosférico, o sea que llegaba hasta el cielo con su masa corporal. Después de investigar su procedencia, descubrí que era igualito a Jesús. Un mesías. Me reservo los demás comentarios, porque no son amenos. La cosa es que el gordito pregonaba, lo cual significa profesar a viva voz, que todos debían obtener el autocontrol para alcanzar una vida plena y eterna. «Qué contradictorio», podrán decir algunos. «Chancho mentiroso», dirán muchos otros. A fin de cuentas, los credos son como cálculos intestinales para nosotros los escépticos. Los que decimos «farsante» cada dos minutos.

Qué le vamos a hacer, si todo es medio incomprensible cuando nos fijamos con detención. Hay que luchar para que no nos metan el dedo en la boca, aunque me imagino que cerrar el hocico sería una solución igual de buena. Vivimos en un callejón sin salida, aun cuando muchos intentan convencernos de que saben dónde se encuentra. En mi caso, siempre me he sentido un hombre con complejo de claustrofobia.

Hace mucho tiempo, cuando todavía arrastraba la bolsa del pan, casi me pierdo para siempre jamás. Y perderse es lo máximo, porque uno tiene la bendita posibilidad de reencontrarse. A veces no entiendo cómo es que existe tanto libro suelto para encontrar el propio yo, si está aquí mismo. Sea como sea, cuando chico me perdí solamente ante los ojos de mi santa madre. En una tienda de ropa se levantó el telón de mi tragedia griega. Ella me jura que cayó en la desesperación y el alcohol por no encontrar a su primogénito; el primero, el Truenito, el inicio de una larga lista de hijos menos agraciados que yo. Por mi parte le digo que me perdió de pura mala madre que fue. Imagino que es algo normal, que pasa de vez en cuando, si uno no puede ser un guardián ideal todos los días del año. De otra forma sería demasiado natural dejar nuestras semillas esparcidas en este mundo. Así no funciona la cosa. Si te cuesta está bien. Solo cuando algo te duele, sirve. Estamos frente al gimnasio de la vida, acá es un ejercicio constante el traer alguien a nuestra realidad, ya sean hijos, amantes, árboles o libros.

Al menos la obra teatral de mi extravío tuvo un final adecuado y feliz. Todavía recuerdo aquel desenlace con besos y abrazos por parte de mi madre, con gritos de película. Al final me encontró en medio de otra tienda, abrazándole la pierna a un maniquí. Eso fue lo más curioso del asunto. Creo que me debo haber confundido, porque igual mi mamá tiene cara de palo. Le falta carácter facial. Según lo que me contó, yo jugaba tranquilito con los muñecos de la tienda. De seguro me veía lindo en ese mundo de fantasía. Quizás por eso mismo escribo y ya no veo caras, sino monigotes. Mi percepción cambió cuando me perdí, aunque tampoco vamos a negar que ciertas personas pueden ser poco expresivas. Para un niño no implica gran trabajo confundir esas figuras con seres inanimados. Yo diría que hasta para los adultos es inevitable sentirse a ratos en un lugar repleto de marionetas. Basta con pararse un momento en medio de la capital a eso del mediodía. Una cosa de locos, lo digo como el nuevo profeta de esta tierra, que me necesita tan a rabiar.

Algo que me ha quitado muchas horas de sueño es qué imagen debo seguir. Porque por un lado tengo al pobre, delgado y regio Jesús (con un parecido enorme al líder de mi secta), y por el otro a una mole sentada en una graciosa posición de loto. Difícil saberlo, pero ya se aclararán las ideas. Es un dilema de sabios y santos, nuestro purgatorio personal antes de convertirnos. «¡Mesías, mesías!», nos dirán entonces en la calle, y nosotros haremos la señal de la cruz con bondad, desapareciendo detrás de una nube de sándalo. Bendeciremos a cuanto infeliz se nos cruce en nuestro camino.

Algo que nadie puede negar, ni siquiera los santos, es que la imagen importa. Lo exterior es pura propaganda, estoy de acuerdo, pero también tiene su gracia. Ahí entra una necesidad personal, pues carezco de una visión adecuada para reconocer mis virtudes. Necesito con urgencia a alguien que me asesore, que me ayude a ver nuevamente el mundo como el frío mercado que es. Una persona malévola, silenciosa y avispada que me asista en detalles rutinarios. En aquello que dejaré de apreciar a medida que me mueva hacia el sol. La idea es quedarme a medias entre Jesús y el gordo, porque no me agrada comer mayonesa con la mano desde el envase, pero un pancito no le hace mal a nadie. Yo a veces encuentro la paz y el amor comiendo. El ayuno es para el inseguro. Me importa un carajo que esté de moda volverse anoréxico, igual hay que estar medio loco para maltratarse de ese modo.

Y yo no estoy loco. Estoy perfectamente cuerdo. De hecho convivo en silencio con la beatitud, soy un prisionero de mi propia verdad.