Dos acordes conquistan el mundo

Por Mariana Calderón / Imagen de nathykusajishi en Deviantart.

El horror de la canción pegada. La escuchamos al despertar, en el colectivo, en el metro y en repetición constante aunque ni siquiera nos guste. Varios estudios científicos han buscado este índice de pegajosidad en las canciones, llegando a diferentes listados de cuáles son las que más provocan este fenómeno. Algunos se basan en analizar la repetición melódica, otros en encuestas y respuestas de un grupo de gente sobre las canciones que reconocen con mayor facilidad, las que quedan impregnadas en su mente. Ninguna de estas razones puede ser definitiva, claro está, porque las artes, al igual que el boxeo, es un deporte de apreciación.

Pero algo es seguro. Las canciones que entran a nuestra cabeza y vuelven una y otra vez lo lograron por dos razones: repetición y exposición.

La repetición es una parte importantísima de nuestro aprendizaje y de la manera en que componemos y escuchamos música. Las secuencias similares durante una canción nos hacen recordarla, la vuelven familiar a nuestro cerebro y por eso terminamos por aprenderlas. También la hacen muy disfrutable. Casi siempre empezamos por sabernos el estribillo (la parte más repetida) y la tonada distintiva, ya sea en un riff, un acorde inicial o cantada en el medio. No solo la música popular se ha valido de este recurso que parece inherente a nuestra forma de aprender.

La industria exprime descaradamente algo que funciona y les hace ganar millones. El ejemplo más actual, notado por muchos y disecado por Patrick Metzger en su sitio The Patterning, el famoso “Millennial whoop”, un alternar entre quinta y tercera nota de una escala mayor que viene casi siempre cantado por el artista con un “oh-oh-oh” o un “ah-oh-oh”. Contado así es posible que suene a la labor de un neurótico el estar buscando estos patrones, pero cuando lo escuchen y comparen, sabrán que de verdad está en todas partes y también lo han escuchado.

Cuando le agregamos exposición, entonces tenemos la fórmula de un éxito pop asegurado. Porque esa canción que empezaste odiando es la misma con la que empezaste a mover el pie cuando la escuchaste en un café, la misma que aprendiste coreando en un bar a todo volumen, y la misma que ahora tienes en tu celular. Eso es el fenómeno de la exposición. Al igual que quitarse las cejas con pinzas, una vez que lo haces seguido, ya deja de ser desagradable.

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Que algo nos suene familiar no es ninguna coincidencia. De hecho, es la manera en que alguien se asegura de que consumamos sus productos. Los humanos somos criaturas de hábitos, quizás por algún pasado en donde el mundo era tan hostil que las cosas nuevas implicaban morir de una manera horrible. Por eso optamos siempre por elegir lo que nos parece reconocible.

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Nadie quiere ser un aguafiestas, y no me gustaría que la gente deje de sentirse bien y correr sus primeros 10 kilómetros con Bruno Mars en su playlist. Es imposible ser un policía del “buen gusto” sin caer en un montón de prejuicios, o convertirse en un cliché, un nerd musical que odia todas las formas del pop. Sin embargo, nunca está de más incentivar la crítica hacia lo que consumimos. Incluso la música.

En este sistema todo es potencialmente un producto, las fórmulas para vender se repiten hasta el cansancio y una máquina con los algoritmos adecuados sería capaz de producir el próximo éxito. Pero a nuestro factor humano le encanta retar sus propias creaciones. De vez en cuando llega alguien extraño que rompe los esquemas, casi siempre cuando las fórmulas están agotadas. Allí cuando nos cansamos del “oh oh oh” del millenial whoop. La historia del arte nos demuestra que siempre hay un inconforme, y ese ser creativo suele moverse hacia un lugar distinto, torciendo las vías del arte y del consumo.

Mientras mayor sea el rango de variedad en nuestra biblioteca musical, tanto más rápido nos aburriremos de que todo suene a lo mismo. Mantengámonos abiertos a escuchar cosas diferentes, optemos por la diversidad. Un sistema sin diversidad es débil, porque al igual que una fiesta con la misma música sonando toda la noche, está condenado al fracaso. Seamos eclécticos, pues, y como cantaron los Babasónicos, atrevámonos a querer lo raro.