“Instrumental”, de James Rhodes

Por Vodka Popota.

Su esposa intentó prohibir la salida de este libro, ya que el léxico utilizado, la crudeza de la narración podía dañar a su hijo, pero ahora sabemos que el daño fue autoinflingido. Era James Rhodes contra sí mismo.

El caso llegó hasta el Tribunal Supremo, donde James comentó: “Allí se referían a este material como tóxico y yo me sentía culpable, como si hubiera hecho algo mal. No solo sufría la vergüenza por haber sido violado, sino también por ver cómo un grupo de jueces no te permitían explicarlo”. Por otra parte, el juez del Tribunal Supremo, Lord Toulson, sentenció: “Alguien que ha sufrido lo que él ha sufrido, y que ha luchado tanto contra las consecuencias de su sufrimiento, tiene derecho a contárselo al mundo. Por eso permitimos su publicación”.

Estamos frente a un libro descarnado, no frente a un canon de música como muchos critican (por lo poco que se habla de ella). Se trata de un manifiesto de liberación personal, un drama que involucra el abuso y las violaciones que sufrió James cuando era niño.

“Abuso. Qué palabra. Violación es mejor. Abuso es cuando le dices a un guardia de tráfico que se vaya al infierno. No es abuso cuando un hombre de 40 años te viola y te convierte en su juguete”.

Es la pérdida absoluta de tu derecho a decir no, tu intimidad siendo vulnerada. Los demonios de James Rhodes adoptaron varias formas: tuvo altos y bajos emocionales, se encerró en la droga, buscó un refugio entre las sombras porque se sentía parte de ellas. Luego vino la música, esa querida música que lograría sacarlo de las tinieblas. La herida de este personaje no estuvo exenta de dolor, aunque en ciertos tramos se siente un dejo de redención, por ejemplo a la hora de hablar de sus conciertos.

Cuando te roban la infancia quedas un poco estancado en ella, buscándola una y otra vez en cosas de adulto. Gritar no es suficiente, porque la única ayuda que necesitamos es la de nosotros mismos. En el caso de James Rhodes, esa salvación adoptó la figura de Johann Sebastian Bach.

La primera parte del libro nos habla acerca de la necesidad de exorcizar nuestro pasado. De sanarnos a través de él, por más lúgubre que parezca. De forma brutal se nos cuenta que desde los 6 años un entrenador de boxeo abusó sexualmente de James, denigrándolo en reiteradas ocasiones. Lo controla, lo vuelve un pequeño herido, enfermo y desequilibrado que crece en un mar de antidepresivos y sangre propia. Los fantasmas de dicha experiencia se apoderan de su alma, el músico aprende a manipular para conseguir todos sus objetivos. La supervivencia se transforma entonces en un camino de autodestrucción y vergüenza. El vocabulario es vulgar, lo cual está bien para este tipo de experiencias. Se destila a la perfección su deseo de morir, sus cinco intentos de suicidio, sus arrepentimientos y su necesidad de asistencia. Hay un cierto tono de absurdo en esa eterna búsqueda de la felicidad, algo así como una lágrima derramada a los pies de la ira.

La segunda parte del texto se destaca por el amor hacia la música y su cualidad redentora. James nos presenta breves biografías de los compositores que lograron salvarle la vida, incluso nos regala una lista de Spotify llamada “Instrumental, de James Rhodes”, para que vivamos junto a él todo lo sucedido.

“Los compositores y la enfermedad mental suelen ir de la mano, tal como sucede con los católicos y el sentimiento de culpa. Sí, Schumann estaba un poquito trastornado”.

Rhodes se pregunta por qué la música clásica tiene que ser aburrida, propiedad exclusiva de cuatro momias que defienden un sentimiento de superioridad ante la música popular. De forma casi pedagógica nos trata de enseñar que la música no le pertenece a algunos, sino que es de todos. Nos habla de una pieza en particular al principio de cada capítulo, acercándonos a la obra y su autor mediante sus filias, fobias, manías y trastornos. Su lado más oscuro está repleto de pasiones enfermas.

En definitiva, se trata de un libro fuerte pero también renovador. Un paseo por los caminos más álgidos de la vida y la música. Un mantra para acallar el desconsuelo.

“No tengo ni idea de si voy a sobrevivir a los próximos años. Desgraciadamente, siempre estoy a dos malas semanas de distancia de un pabellón cerrado”.



Categorías:Crítica de libros

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