José Luis Flores: “La última frontera”

El hombre que tiene miedo sin peligro, inventa el peligro para justificar su miedo.

—Alain

El camino los llevó entre árboles enanos y un terreno áspero, en cuyas pendientes crecían sus troncos retorcidos. Negros. Aquella había sido una frontera natural entre dos mundos, pero ahora el más grande y nuevo se abalanzaba sobre el otro, uno arcano y agónico.

El intendente Saavedra se había dedicado a construir una línea de fortines que servía como avanzada para proteger a los colonos instalados entre el río Malleco y el Biobío, además de una segunda línea que fortificaba el río Toltén en el extremo sur del territorio mapuche. A medida que se consolidaba la conquista y ocupación de la zona norte del Malleco, también se alzaban otros puntos defensivos que sofocaban aquella región. Pero antes de absorber por completo el mundo antiguo había que cercar sus caminos, clausurar esas rutas en donde todavía caminaban espectros de otra época.

Era invierno, por lo que la guerra estaba detenida. Precisamente en esa estación ellos hacían sus negocios: aceptaban encargos para recuperar personas, documentos o bienes extraviados durante los últimos malones mapuches. Aquella era una industria que se encontraba a las puertas de la muerte, ellos ya sabían que para la próxima primavera toda la región sería sometida, domada por la civilización.

En casos particulares se dedicaban a rescatar gente o tesoros por voluntad propia. Siempre había alguien dichoso de recuperar un hijo perdido. Para algunos, el precio es lo de menos. Por ejemplo, el patrón Agustín Umaña quería encontrar a su sobrina Estela. Según él, era un asunto de extrema urgencia, un tema familiar que necesitaba resolver cuanto antes. El capitán Sotomayor pudo oler la avaricia en su aliento, por lo que quiso tomar personalmente el encargo e incluso le pagó a sus hombres por adelantado.

Montaron pues, a pleno sol del día entre el forraje alto. En el ocaso dieron con un talud que parecía ser el margen del horizonte. Hacia el sureste llameaba la cordillera con una luz cada vez más pálida, difuminándose bajo el humo de los depósitos subterráneos de carbón que ardían desde hace años. Los caballos recorrieron con cautela el filo de la escarpa, mientras los arrieros observaban aquella tierra vetusta. La frontera entre dos mundos comenzaba a desvanecerse.

Los días siguientes atravesaron una región en donde las piedras asaban la piel. Cruzaban un nido de volcanes que se negaban a apagarse del todo, que aparentemente no querían extinguirse. Era un bello paisaje, sin duda alguna, uno muy amenazante que protegía sus tesoros. Avanzaron en fila india, apartando la cara de la pared de roca y su aire abrasador. Las encorvadas siluetas negras de los jinetes se movían con determinación, encomendándose al hombre y a Dios.

Más adelante descendieron por una profunda garganta de arena, mientras los cascos de sus caballos repiqueteaban antes de hundirse. Las sombras se volvían lentamente azules. Al bajar por la calzada, apareció un arroyo con huesos y restos de vasijas pintadas a mano. Sobre sus cabezas pendían grabados incrustados en el talud, pictogramas de caballos, pumas y españoles con casco. Un centenar de metros más arriba se asomaban nidos de paja y grietas de inundaciones.

Los hombres oyeron el murmullo de un trueno en la lejanía, prestándole mucha atención al trozo de cielo que apenas se distinguía en esa repentina oscuridad. La lluvia era inminente, las nubes zigzagueaban con violencia sobre el cañón. La tierra les enseñaba una verdad llamada vida y ellos la recibían con humildad.

Intuían que el hombre que perseguían ya no se encontraba en ese lugar. De seguro había bajado al valle o quizás estaba en los recovecos de Nahuelbuta.

Millelche contemplaba la lluvia con el mentón apoyado en las rodilleras de su pantalón, se acuclillaba en un terreno angosto de arcilla que lo asfixiaba con su polvo. Un bosque invernal se abría en el horizonte y lo miraba a lo lejos. Al caer la noche se quedó dormido en cosa de minutos.

Cuando volvió a despertar, todo estaba tan oscuro que Millelche no confió en su propio equilibrio. Tenía muchísimo frío. Se recostó hecho un ovillo mientras escuchaba el barrido de la lluvia. Poco antes de amanecer, volvió a sentarse con las rodillas recogidas. Esperando, siempre esperando. Al primer asomo de luz, decidió levantarse y abandonar el abrigo del peñasco. Cruzó el bosque fumífero hasta dar con una carretera convertida en una barranca de greda. Sus zapatos estaban plomizos, llevaba las manos cruzadas en el pecho y la cabeza haciendo el papel de cerrojo.

Santiago Sotomayor fue el primero en gritar. Otro hombre soltó un alarido, pero Millelche no se inmutó. Simplemente subió a su caballo, aprovechando la vereda para trotar con total libertad. El chico se limitó a escuchar la orden de su capitán: «Vayan por ellos». No importaba mucho quienes fueran «ellos», solo bastaba con reventarlos antes de que se reunieran con Troncoso o alguien peor.

Los emboscados emprendieron también el galope, pero sus perseguidores parecían ser más veloces que ellos. Millelche pudo ver a Sotomayor sacando su espada y blandiéndola contra un hombre, matándolo de un solo golpe que lo derribó junto a su caballo. Fue una imagen espantosa para el joven Millelche, una explosión para sus sentidos. El chico no soportó mirar por demasiado tiempo a su líder.

Otro cazador intentó dispararle a un jinete que huía, pero como parecía imposible atinarle, prefirió cuidar su munición. A ninguno le gustaba la idea de dejarlo escapar, aunque seguirlo quizás significaría caer en una trampa.

Aquel hombre era un indio del otro lado. Millelche estaba tan seguro de ello, que aceleró para no perderlo de vista. Entonces sintió una bala ingresar al costado de su caballo, lo que derribó al animal con un gran estruendo. El equino forcejeaba para alzarse, probando su valentía en el campo de batalla. Millelche le pasó el cinto alrededor del hocico, montándolo nuevamente. Cuando le palmearon la cruz, el caballo echó a andar con paso vacilante, con las patas algo separadas, mientras el joven también recuperaba un poco el aliento.

Mientras tanto, el capitán lo observó con ojos de odio, levantaba su mano sin soltar ninguna estocada. Simplemente ordenó que sus hombres dejaran el camino.

—Vamos a seguir el mismo camino recto que trazamos —dijo impaciente—. El que quiera morir bosque adentro, es cosa suya, pero no me vengan a joder el itinerario.

Dicho esto, cabalgó con sus cinco hombres. El último de ellos fue Millelche, quien no quiso exigir más a su animal. Pasaron por un sauzal de arboles manchados con arcilla.

En aquella frontera podía verse un sinnúmero de hombres rotos: pastores, aurigas, mineros, soldados, vagabundos y ladrones. Eran los vástagos fracasados de las dinastías del norte. Vivían como gente de la tierra.

II

Dejaron atrás las viejas acequias y aquellos sembrados donde el viento agitaba las farfollas de maíz, cruzando el río por el vado. Cuando los perros anunciaron su llegada, el sol ya se había puesto.

Por el oeste la tierra estaba roja. Cabalgaron en fila por la luz vinosa, mientras sus sombras parecían apoderarse del río. Entre los árboles ardían las lumbres del campamento y una delegación de indios a caballo salió a recibirlos.

Sotomayor no quería que eso pasara tan pronto. Le hizo un gesto al pastor y Millelche, ya que como ambos eran mestizos, hablaban el idioma de la frontera con fluidez y precisión.

—Buscamos a una mujer —dijo el pastor con su rechoncha sonrisa—. Debe llevar un mes en la Araucanía.

Millelche la describió como una mujer delgada, de tez blanca y cabello claro. El mapuche lo escuchó con calma, pero haciendo un gesto de desagrado con la boca.

—El cura tenía a todas las huincas —dijo el indio—, pues muchos loncos confiaban en él. Era bueno, el francesito ese.

Sotomayor le pagó al lonco el derecho a acampar, tal como rezaba la buena fe. Entonces hicieron su campamento, usando un árbol abatido por un rayo para cortar el viento. Al terminar mandó al niño y al pastor a visitar la misión de Santa Bárbara y le ordenó a su gaucho que hiciera guardia mientras los otros descansaban.

La misión era antigua, muchos curas la habían levantado y otros tantos la habían derribado desde la fundación de Villarrica. A pesar de que estaba oscuro, todavía quedaba suficiente luz como para ver una bandada de pájaros agrupándose en el muro de la capilla.

El pastor llamó tres veces antes de cruzar el umbral. Su temor a Dios llegaba incluso hasta aquellos lugares en donde se le prestaba culto. Simplemente miró al chico y dijo:

—Entra tú primero, yo te cubro desde aquí.

Lo único que había en esa pequeña construcción era el silencio de la muerte. Alguien había representado una escena desgarradora. Antinatural. Algo así como una caricatura que reflejaba los horrores de la humanidad.

Los penitentes yacían acuchillados, comprimidos entre piedras. Varios de ellos se encontraban alrededor de la cruz caída, mutilados o derechamente sin cabeza. Es muy probable que se hubieran congregado al pie de la cruz buscando protección, pero el hoyo en donde la plantaron y el montón de piedras que la rodeaban no mentían; de hecho revelaban que la cruz había sido abatida y el Cristo, que reposaba con las cuerdas ciñéndole las muñecas y los tobillos, fue masacrado por largo tiempo.

Millelche contempló silenciosamente aquel desolador espectáculo, encontrando en un hueco a una vieja arrodillada, con la mirada baja y envuelta en una capa descolorida. El chico pasó entre los cadáveres y se paró a su lado. Su rostro estaba gris y agrietado y la arena se había acumulado en los pliegues de su vestido. Pero todavía respiraba.

Le habló en español, luego en mapudungún, aunque ella no levantó en ningún momento la vista. Aquel chal que le cubría la cabeza estaba pálido, pero la tela conservaba intacto su tejido de estrellas, cuartos de luna y otras insignias de procedencia desconocida para Millelche, quien deslizó su pulgar sobre los dibujos.

Bajando un poco la voz, la mujer le dijo que era huilliche y que estaba lejos de su hogar. Que no tenía familia y que había visto muchas cosas feas. La mayoría de sus penurias tenía que ver con la guerra.

Millelche le aseguró que la llevaría a un lugar seguro, entre paisanos que la harían olvidar el miedo. Más tarde apoyó una rodilla junto a ella, tocándole el brazo con gentileza. La anciana se movió ligeramente, pero su cuerpo seguía rígido. Sus ojos eran como dos rezos que trepaban al cielo.

Cuando el muchacho salió de aquella cripta, se limitó a decir que no había señal ni del cura, ni de la mujer que buscaban. Luego guardó silencio y nadie lo quiso molestar.

III

Sotomayor no tenía que buscar culpables. No le correspondía, pues ya habían visto al indio escapar. En realidad existía un solo hombre que se movía con total libertad entre las tres fronteras: Marco Santa Rosa. Al igual que tantos otros, Santa Rosa fue un soldado en la guerra del norte. Cuando volvió al sur ya no tenía familia, por lo que se dedicó al negocio de traficante fronterizo, oficio que su padre había ejercido con anterioridad. Con algunos matices distintos, por supuesto, ya que Santa Rosa era un asesino.

Con el tiempo, otros hombres desesperados y furiosos se le unieron: indios, refugiados y desertores que se transformaron en su ejército. Los chilenos solían usarlo de excusa para cometer sus delitos, era mucho más sencillo culpar a un salvaje que a un hombre común y corriente.

Un viento fresco provenía desde el bosque, un canto como de sirena que llamaba a los viajeros a perderse en su propia incertidumbre. Millelche comió rápidamente. Quería dormirse temprano, dejar de pensar en ese hombre capaz de cometer los asesinatos que había visto. ¿Realmente era un hombre, o acaso podía clasificarse como otra criatura?

Aquella noche soñó con un huerto de sandías, un mulo negro y una casa con cerca azul. No supo cómo interpretar eso, aunque a los pocos minutos dejó de interesarle el mundo de los sueños.

El pastor comenzó el día con una oración: «Nuestro Señor protege el camino de los justos. ¡Feliz sea aquel hombre que no sigue el consejo de los malvados, aquel que no se detiene a mitad de camino ni tiene un puesto en la mesa de los impíos! La ley del Señor es como un árbol plantado al borde de nuestras aguas, que solo produce fruto a su debido tiempo en nuestras almas; sus hojas nunca se marchitan, todo lo que proviene de Él saldrá bien. Pero los malvados son como esa paja que se lleva el viento, por eso no son capaces de triunfar en esta vida. Los pecadores no tienen espacio en la asamblea de los justos, pues el Señor no está con ellos».

Mientras sus palabras se perdían, los caballos y sus jinetes se extraviaban otra vez entre la espesura. Solamente volvieron a la capilla para incendiar sus restos, pues querían que el fuego se viera a lo lejos. Que los enemigos de Dios vinieran. Y algunos lo hicieron.

Una avanzadilla de Santa Rosa apareció antes del mediodía. Llegaron disparando contra los hombres de Sotomayor. Al menos eso creyeron. Sin embargo, Sotomayor tenía lista una emboscada que se llevó a cabo frente al edificio en llamas. Cuatro tipos fueron abatidos sin misericordia, salvo por un joven de aspecto citadino.

Sotomayor se aproximó al sobreviviente, mirando su rostro limpio, casi imberbe, muy similar al de todos los que yacían junto a sus jamelgos.

—El degenerado está trabajando con niños —dijo el pastor—. ¿Qué mierda está haciendo?

Eran conscriptos, desertores embelesados por un viejo cobarde. Santa Rosa era peligroso, pero le ofrecía esperanza a los casos perdidos, a todos los que dejaron de creer en el orden. Sin embargo, cada vez habían más líderes oscuros como él.

—Ustedes no entienden nada —dijo el último invasor, soltando globos de sangre que pintaban sus labios—. Larga vida a Saavedra… —susurró el joven, una marioneta a la cual recién le cortaban los hilos.

El joven formaba parte del ejército de la frontera, era uno de los hombres de Cornelio Saavedra, el mismo que tenía a sus tropas estacionadas en Angol.

Amberes, uno de los hombres de la cuadrilla, se acercó a revisar las ropas del desertor. Había una pieza de oro entre ellas.

—Mira, Sotomayor —dijo mientras se la arrojaba a su capitán.

Sotomayor la sostuvo entre sus manos, reconociendo de inmediato el símbolo del virreinato del Perú. Era oro bueno, aunque de tiempos más inocentes.

Entonces le pidieron a Millelche que avanzara en solitario, cosa que lo hizo sentir asustado y al mismo tiempo libre. Posiblemente lo vigilarían, pero se movía más rápido que sus compañeros.

Un kilómetro más adelante se encontró con un sector repleto de rucas y establos, campos en donde las herramientas parecían abandonadas. Entonces el chico disminuyó el paso, puesto que sentía un aroma a comida. Se aproximó lentamente por una pasarela, muy atento por si habían perros sueltos. Al pasar frente a los cultivos, notó un cucurucho de papel con plantas en su interior.

—Hola —dijo una mujer en español—. No te conozco.

Por un momento le encontró un cierto parecido a aquella señora que había visto en la iglesia.

—Buenos días —respondió él—, estoy en busca de una mujer.

—No hay muchas mujeres en este camino, hijo —dijo ella, recogiendo el cucurucho con plantas—. Las hubo, pero ahora se las llevaron al norte, les pintaron la cara y las casaron a todas. ¿Quizás me buscaba a mí?

La mujer era, como mínimo, dos décadas mayor que la niña perdida.

—Lo siento mucho —dijo Millelche con cierta vergüenza—, pero usted no es la mujer que yo busco. Gracias.

Tras hallar un rastro de los hombres de Santa Rosa, hizo una marca sobre un tronco con la finalidad de que su gente pudiese seguirlo. En ella también les indicó que iría hacia el sudeste.

No avanzó mucho cuando el paisaje empezó a cambiar. El verde se transformó en un color gris opaco, como de piedra. Se detuvo en el acto al ver humo. Tenía que tomar una decisión.

Entonces bajó del caballo, extrajo su carabina y un catalejo que el pastor le había regalado. Acarició al animal y lo escondió donde sus amigos pudiesen encontrarlo. Al fin se adentró en la espesura de los bosques, persignándose y decidiendo que todo estaba en manos del Señor.

IV

Desde donde se encontraba Millelche, no podía verse bien lo que quemaba el grupo de Marco Santa Rosa. Estaban acuartelados en un risco. Santa Rosa era el único hombre que superaba los cuarenta años en ese lote de hermosos salvajes: niñitos blancos jugando a parecer peligrosos, mestizos sin clase, indios y mendigos transformados en bestias curtidas.

Sotomayor y el resto del equipo se encontró con el chico, quien acechaba como un puma a sus presas.

—¿Qué quiere que hagamos? —preguntó el pastor.

El capitán pensó por un momento. Sus ojos se movían de un lado a otro, como si procesara la información de manera física. Luego miró a uno de los hombres y sonrió con cierta malicia.

Se atrincheraron en tres posiciones distintas, separados por unos diez metros de distancia. Los primeros disparos vinieron desde el centro. El humo gris de los rifles se confundía con el polvo que levantaban los hombres de Santa Rosa, escabulléndose hacia una posición defensiva. No estaban preparados para tamaña sorpresa.

Al despejarse el humo, el grupo de Sotomayor encontró siete bellos desertores tirados sobre la colina. Los sobrevivientes disparaban de vuelta, pero sus disparos se volvían cada vez más erráticos, pues corrían.

Una figura salió de su guarida. Llevaba una manta sobre los hombros y la manga de la camisa rasgada, bañada de sangre oscura. El brazo en cuestión lo sostenía doblado sobre el pecho. Con el otro disparó tres veces contra los hombres parapetados.

—¡Putos! —gritó Marco Santa Rosa— ¡Vengan!

Parecía intoxicado. Probablemente todo su grupo estaba en las mismas condiciones de elevación espiritual.

Millelche apuntó bien y disparó como nunca. Era el primer tiro suyo que daba en el blanco. La descarga dio en el cuello del hombre, quien se trató de tapar la herida con una mano. Pero ya era tarde, la sangre brotó como un manantial y ahí mismo dejó de existir.

Sotomayor golpeó al subalterno en la cabeza, viéndose algo molesto.

—Usted no llega y mata oficiales —dijo el capitán—, hasta la guerra tiene sus códigos.

El chico se puso de pie y quedó a la misma altura de Sotomayor.

—Es que usted no vio la capilla —dijo Millelche con lágrimas de furia en sus ojos.

El capitán empujó al chico hacia el suelo. Le dio un puntapié en las nalgas, pero no demasiado fuerte. Luego de eso volvió a sonreír.

—Está bien, pero si alguien pregunta, lo maté yo. ¿Tienes algún problema con eso?

El chico le devolvió la sonrisa y le extendió la mano. Más tarde se limpió el polvo de la ropa y se unió a sus compañeros. Los sobrevivientes del grupo de Santa Rosa seguían borrachos, se arrastraban diciendo cosas bastante extrañas. Sotomayor tomó a dos de ellos por el brazo y los separó del resto.

—Estos dos se van con nosotros. Maten a los que quedan, no quiero ver a estos degenerados circulando por ahí.

Los balazos retumbaron en todo el valle.

Lo siguiente fue atender a la hoguera. Nadie estaba listo para ver lo que se incendiaba en ella. Eran restos de seres humanos. Habían colgado al cura de la ciudad en ganchos de pesca. Hicieron lo mismo con un par de ancianas mapuches y media docena de niños, demasiado desfigurados como para determinar su sexo.

Además de eso, habían un par de rehenes encerrados en jaulas. Entre ellos vieron a la sobrina de Umaña, que rezaba de rodillas. No tenía manos, sus muñones aparecían como dos guantes carbonizados. También estaba desnuda de la cintura para abajo y respiraba con pesadez. Al levantar su cara, Sotomayor descubrió que tenía el rostro intacto. La niña emitió un gruñido cuando intentó hablar. Millelche le dio un poco de agua y ella tragó con dificultad.

—Ya se acabó, mi linda —le dijo el Capitán, cubriéndola con un chal—. Ahora volverá a encontrarse con su familia y todo estará bien.

Ella movió la cabeza tratando de entender al hombre que la había salvado. La subieron a uno de los caballos de Santa Rosa.

Millelche y el pastor registraron el desaliñado cuartel de los bandidos, encontrando siete monedas de oro que guardaron metódicamente en una bolsa destinada para tales fines.

—Estás molesto por lo que le dijo el capitán a la niña, ¿verdad? —dijo el pastor.

El chico asintió con incomodidad.

—Dios nos ha otorgado la capacidad de mentir para darnos esperanza —siguió diciendo el pastor—. Si me lo preguntas, yo también deseo creer que esa niña va a sobrevivir.

El chico se veía confundido. Recorrieron nuevamente la zona, buscando evidencia de otros crímenes. Todas estas atrocidades mantenían a los indios alejados, el terror servía para evitar que se esparciera el conflicto. Los árboles comenzaron a moverse por culpa del viento, entonces Millelche supuso que entre las copas más altas todavía quedaban asesinos escondiéndose; y esos supuestos ojos atizaban su ira, lo hacían perder cada vez más la cordura.

Una hora después, algunos mapuches llegaron a revisar el área para reclamar cualquier cosa que les correspondiera. Millelche se aproximó al lonco y le entregó dos piezas de oro.

—Ustedes se van —dijo el hombre con una mirada sombría—, pero nosotros nos quedamos con todo lo que aquí sucedió. El diablo que hizo esto seguirá desgarrando nuestras almas para siempre.

El chico subió a su caballo y alcanzó a Sotomayor. Era incapaz de explicar lo que sentía, solo le quedaba encomendarse al dios del silencio.


17434577_10154408070642944_5316747644667776562_o

José Luis Flores Letelier (Santiago, 16 de junio de 1975) es un escritor y licenciado en derecho chileno, editor y guionista de Mitos y leyendas de la editorial chilena Salo. Se ha destacado, entre otras cosas, por la creación del Universo literario de Humankind.

Actualmente se desempeña como escritor y director creativo, especialista en el desarrollo de plataformas digitales educativas.

Creador de los Universos de Bajo Raíz, Ruido Blanco y coautor de Alicia la Niña Vampiro. Cuenta entre sus publicaciones con: Las Bestias, Calíope, Soy Una Biblioteca, La Delirante Compañía de los Sueños y El Mago del Desierto.