“La muerte del padre”, de Karl Ove Knausgård

Por Vodka Popota.

Es algo muy ambicioso el contar una vida en seis tomos, una gran apuesta del escritor noruego Karl Ove Knausgård. Cada uno de nosotros está forjado por distintas experiencias, algunas de ellas nos abrigan y otras terminan entumeciéndonos. Por eso no ha de extrañarños que su nombre sea Mi Lucha.

El primer libro de esta serie autobiográfica, “La muerte del Padre”, nos lleva a la infancia de este escritor. A pasos grandes y detallados nos presenta a toda su familia. Su entorno aparece de una forma muy descriptiva, algo así como un reality show creado con talento.

Estamos frente a una novela de formación en plena crisis literaria, es decir, una historia que a ratos puede sentirse tediosa pero que también requiere todas sus partes. Comenzamos leyendo una reflexión frente a la muerte, luego se nos relata cada motivo por el cual una familia llega a dividirse.

Es realismo, un campo de oraciones tan minuciosas y personales que hasta nos hace sentir identificados. Karl Ove relata cada pasillo de su infancia como si todavía viviera en ellos. La separación de sus padres no le causa mayor trauma. Es un chico normal, con un hermano mayor al que admira. Tiene sus amigos, sus primeros amores. La primera parte se encarga de describirnos pasajes tranquilos, nos cuenta sus gustos literarios, musicales y artísticos.

Luego viene la muerte del padre, que sucumbe ante su adicción a la bebida y las consecuencias de una vida dejada. Yerma. Después de un divorcio que lo hace caer en la depresión, se vuelve un padre distante y cruel, muy poco cariñoso con sus hijos. La figura autoritaria toma tintes cada vez más negros, y la deplorable situación en que fallece lo consigue distanciar de sus hijos. De pronto se convierte en su desconsuelo.

Parece sencillo identificarse con Karl Ove Knausgård, pues tiene pensamientos comunes y a la vez profundos. Después de la muerte de su padre, descubre la pésima situación en que vivía. Su vida estaba deshecha, por lo que asume la responsabilidad de sacar la basura. Hay excremento, mugre acumulada, botellas vacías y un sinnúmero de imágenes que le sirven de catarsis al hijo. Al final nos cuenta los detalles del funeral, reflexiona acerca de todos estos hechos para sanarse a través de las palabras.

En uno de sus pensamientos colaterales sobre su familia actual, el autor nos relata con pesadumbre que su mujer y sus hijos pequeños suponen para él una auténtica molestia a la hora de escribir. Por consiguiente, se siente alejado del sueño de ser un gran escritor.

Karl Ove siempre asumió que escribir era su vida, que escondido en su soledad se escribe mejor. Para él va de la mano con lo creativo. Tiene problemas para mezclar el cariño por las letras y su familia. El afecto que recibe. Al final consigue entender que el aislamiento no es la respuesta que tanto anhela, porque tarde o temprano necesita interactuar socialmente, enfrentarse a personas distintas. En esa confrontación surge algo indudablemente positivo: atesorar lo que se tiene. Sin ese conflicto familiar los libros no existen.

“La vida es sencilla para el corazón: late mientras puede. Luego se para. Antes o después, algún día ese movimiento martilleante se para por sí mismo y la sangre empieza a correr hacia el punto más bajo del cuerpo, donde se concentra en una pequeña hoya, visible desde fuera como una zona oscura y blanda en la piel cada vez más blanca, a la vez que la temperatura baja, los miembros se endurecen y el intestino se vacía. Los cambios de las primeras horas ocurren tan lentamente y se realizan con tanta seguridad que recuerdan algo ritual, como si la vida capitulara según determinadas reglas, una especie de gentlemen’s agreement por el que se rigen también los representantes de lo muerto, ya que siempre esperan a que la vida se haya retirado para iniciar la invasión del nuevo paisaje. Entonces, en cambio, es irrevocable. Nada puede ya detener a las enormes colonias de bacterias que empiezan a expandirse por el interior del cuerpo. Si lo hubieran intentado tan solo unas horas antes, se habrían encontrado con una gran resistencia, pero ahora todo está quieto en torno a ellas, y penetran cada vez más en lo húmedo y lo oscuro. Alcanzan los canales de Havers, las criptas de Lieberkühn, las islas de Langerhans. Alcanzan la cápsula de Bowman en los riñones, la columna de Clarke en la médula espinal, la sustancia negra en el mesencéfalo. Y alcanzan el corazón. Este sigue intacto, pero como ya no goza del movimiento al que toda su construcción está dirigida, hay algo de abandonado en él, podríamos imaginarnos algo así como una obra que los obreros han tenido que abandonar a toda prisa, la maquinaria inmóvil brillando con luz amarillenta hacia la oscuridad del bosque, los barracones vacíos, las vagonetas del funicular colgando cargadas hasta los topes por la ladera. ”