Muerte y legado de Agustín Edwards

Por René Marchito.

Murió sin arrepentirse ni pedir perdón por la participación que tuvo El Mercurio en la promulgación del Golpe de Estado y en el desarrollo de la posterior Dictadura que afectó a nuestro país. La oportunidad de hacerlo fue en mayo del año 2000, en el contexto del aniversario número cien del mismo diario, a cuyo acto asistió incluso el expresidente Ricardo Lagos. También pudo hacerlo en la década de los 90, pocos días después de que el Frente Patriótico Manuel Rodríguez liberara a su hijo Cristián, tras mantenerlo secuestrado. Cecilia Serrano lo entrevistó para 24 horas, donde esta le preguntó qué le diría a las madres de los detenidos desaparecidos por la Dictadura. “Que tengan fe, nomás”, respondió despectivo. Porque así era Agustín Edwards Eastman, un empresario al que nunca le importó el dolor de las víctimas ni tuvo reparos en que su consorcio periodístico mintiera a destajo para justificar lo injustificable.

El quinto de una generación de “Agustines” dedicados a distintos negocios, descendiente de una numerosa familia inglesa que llegó al país a fines del siglo XIX y portador de uno de los apellidos más poderosos de la historia mercantil del país, cuyas responsabilidades en diversos conflictos civiles y políticos en la historia de Chile siempre estuvieron en primera línea, entre ellas las causas económicas que desencadenaron la Guerra del Pacífico, la Guerra Civil de 1891 que provocó la caída del presidente Balmaceda y la crisis del salitre a comienzos del siglo XX.

Agustín Edwards Eastman quedará estampado como el personaje más controversial de su familia, se instaló en la historia como un actor que no trepidó en vincularse con la CIA, el presidente Nixon y otras altas autoridades estadounidenses interesadas en impedir que el Gobierno de la Unidad Popular concretara su proyecto en la década de los 70. Tuvo la desfachatez de autoexiliarse a Estados Unidos antes del Golpe con el único propósito de afianzar todavía más esos oscuros lazos, y desde allá orquestó y cimentó el terreno para propiciar el Golpe de Estado, porque sabía que un Gobierno de izquierda democráticamente elegido no era lo más conveniente para sus negocios.

Con nexos en la Armada, Edwards Eastman preparó su desembarco en Chile solo cuando los militares ya habían tomado el poder. Desde entonces, el rol que tuvo El Mercurio en el papel de la información se fue degradando, reproduciendo los comunicados oficiales que entregaba la Dictadura. No es de extrañar que el papel del periodismo durante el régimen militar jugara a favor de sus intereses, del mismísimo grupo empresarial de Edwards.

Me parecen inolvidables los titulares de El Mercurio y La Segunda antes, durante y después del Golpe de Estado o el mismo tratamiento periodístico que se le daba a las ejecuciones de dirigentes políticos del Partido Comunista, Socialista y el MIR, entre otros, catalogándolos como “enfrentamientos con delincuentes”. También quedan en mi memoria los personajes que trabajaron para el régimen. y que posteriormente se desempeñaron en altos cargos gerenciales, directivos y periodísticos en el diario, como por ejemplo el caso del actual alcalde de Las Condes, Joaquín Lavín, quien fue editor del estrenado cuerpo de Economía y Negocios en la década de los 80, cuyo propósito era promulgar la nueva política neoliberal económica que nos tiene en el actual estado privatizado; o los propios columnistas (Pablo Rodríguez Grez, Sergio Fernández y Arturo Fontaine Aldunate, entre otros), quienes hasta el día de hoy tienen su tribuna asegurada en las páginas editoriales, refiriéndose a la actualidad nacional. Desde ahí resisten y defienden el legado de la vieja política neoliberal de los Chicago Boys y atacan sin pudor alguno las actuales reformas que vienen a poner un poco de justicia en el legado que mantuvo la Concertación y la Alianza por Chile.

Pero como todo negocio, El Mercurio tuvo su período de depresión económica después del Golpe de Estado. Aunque Edwards buscó las fórmulas para sacar a la empresa adelante consiguiendo financiamiento, nada más y nada menos que en la propia Dictadura, a través de fondos traspasados tanto por Pinochet como por la DINA y parte de la CNI. Con esto el empresario no solo confirmaba su relación con los militares golpistas, sino que también se convertía –aunque él nunca lo reconociera– en otro de los títeres manejados por el otrora comandante en jefe y su séquito aferrado al poder. Resulta a lo menos llamativos esos cuestionamientos que han surgido desde organismos de Derechos Humanos sobre el tratamiento que sus diarios le dieron a los hechos de violencia que se produjeron durante los diecisiete años en los que se extendió el régimen.

En cuanto al imperio periodístico que formó, debemos decir que todo se logró en complicidad con esto último. Hoy en día, El Mercurio se ve beneficiado con el modelo económico que promulgó a través de sus páginas y se ha convertido –junto al consorcio COPESA– en actor principal del duopolio informativo, teniendo en su poder diarios, revistas, portales de Internet y radios entre Arica y Punta Arenas, controlando el flujo de contenido periodístico acomodado a sus intereses. Suena bastante lógico, tomando en cuenta su trayectoria empresarial.

La proliferación de diversos medios independientes en la década del 2000 derribó poco a poco el mito. Porque la publicación de libros y estrenos de varios documentales dejaron en evidencia la real participación que tuvo Edwards Eastman en la promulgación del Golpe de Estado, desenmascarando a todos quienes contribuyeron para que su diario se convirtiera en el portavoz oficial de la dictadura.

En suma, muere uno de los personajes más siniestros y calculadores de nuestra época de represión. Se fue sin pedir perdón (igual que Pinochet), sin reconocer ninguno de sus crímenes. Acaba de partir un intocable. Y vaya que pesa el apellido Edwards en este país.



Categorías:Espacio Abierto

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