Macron versus Le Pen: la lenta agonía de los partidos políticos

Por Juan Pablo Sáez K. /Periodista con Máster en Ciencia Política.

El paso de Emmanuel Macron y Marine Le Pen a segunda vuelta en las presidenciales francesas debe ser leído como una etapa más en la lenta agonía de los partidos políticos tradicionales, de esos que dieron forma a las democracias representativas de occidente durante el siglo XX. En los próximos años seremos testigos de los intentos denodados por parte de izquierda y derecha para sobrevivir al hundimiento de un sistema gangrenado.

Los indicios que nos advertían de este escenario se acumulaban desde la victoria de Silvio Berlusconi en las elecciones italianas del año 1994 y el triunfo de Tony Blair en el Reino Unido durante las elecciones de 1997.

La falta de experiencia política de Berlusconi, un empresario del fútbol y de los medios de comunicación, terminó de ponerle la lápida a un sistema construido sobre la base de partidos tan fuertes como el Demócrata Cristiano y Comunista. Estos habían logrado sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial, pero no a los escándalos de corrupción. Berlusconi rompió el molde histórico de los primeros ministros de Italia, demostrando que un advenedizo era capaz de controlar los destinos de una potencia europea. Pese al evidente conflicto de interés que representaba ser a la vez el jefe de Gobierno y la mayor fortuna del país, Berlusconi gozó durante mucho tiempo de una alta popularidad. Su promesa de replicar en el Gobierno su exitosa gestión en el mundo de los negocios, le permitió dominar sin contrapesos la política italiana por diecisiete años.

El caso de Tony Blair es distinto, ya que con él se produjo una transformación del orden político desde dentro del sistema. Este joven líder del laborismo inglés llevaba catorce años ejerciendo en política cuando decidió refundar la vieja izquierda británica y vaciarla de su contenido socialista, alejándola de los sindicatos. El objetivo era atraer al votante joven, un profesional de la clase media con tendencia a la derecha, poniéndole fin a la hegemonía de los Tories en el gobierno. Blair fue más allá: le cambió el nombre al partido (rebautizándolo como New Labour) y lo dotó de una teoría política que proponía un camino alternativo al de la derecha y la izquierda. Se trataba de una “tercera vía”, un centro político reformista y capitalista capaz de borrar las fronteras ideológicas entre ambos bloques. La estrategia dio resultado, puesto que Blair no solo ganó las elecciones el año 1997, sino que también le arrebató la hegemonía a los Tories, permaneciendo en el poder por diez años y entregándoselo por otros tres a su ministro, Gordon Brown.

En Chile, el año 1999 se produjo un desmoronamiento del antiguo régimen. Esto no se inició con los padres de la transición, sino de la mano de un exfuncionario de la dictadura: Joaquín Lavín Infante. Lavín fue el primer político chileno que intentó seriamente romper el clivaje derecha-izquierda, anteponiendo la resolución de “los verdaderos problemas de la gente” a los conflictos políticos. El 2006, la candidata socialista Michelle Bachelet replicó con éxito el discurso lavinista, privilegiando los “problemas ciudadanos” por sobre las preocupaciones de los partidos.

Más recientemente, los triunfos de Trump y de los promotores del Brexit junto al paso de Macron y de Le Pen al ballotage francés no hicieron más que confirmar esta tendencia. ¿Qué los une? La resolución de los problemas cotidianos de la ciudadanía, a través de medidas pragmáticas aplicadas “aquí y ahora”, tanto desde fuera del sistema (Trump, Macron y Le Pen se reivindican como outsiders políticos), como desde dentro (el Brexit es promovido por el mismísimo partido conservador inglés).

Esta seguidilla de eventos da cuenta de tres fenómenos. Primero, una descomposición progresiva de los grandes partidos y su reemplazo por micropartidos o “movimientos”, como se les llama ahora, que giran en torno a una personalidad neocaudillista que por lo general reniega de su pertenencia a un nicho ideológico. Estas personalidades se caracterizan por tener un flaco manejo político –esto es, una capacidad limitada de negociación con distintas fuerzas políticas y un control muy acotado sobre sus propios correligionarios–, lo que puede redundar en una ineficiencia de su gestión a la cabeza de un Gobierno.

Segundo, y como consecuencia de lo anterior, la emergencia de un discurso político superficial e individualista, ya que el discurso político de la segunda parte del siglo XX apelaba más bien a la construcción histórica de la nación. Grandes personalidades como De Gaulle, Churchill, Kennedy, Adenauer o Allende se anclaban a una narrativa histórica (la heroicidad en la Segunda Guerra Mundial, la cimentación de una potencia como Estados Unidos, la reconstrucción alemana de posguerra, la conquista progresiva de los derechos sociales en América Latina), sobre la cual se edificaba un proyecto comunitario a largo plazo que sobrepasaba a sus líderes (la construcción de una comunidad político-económica europea en el caso de Francia y Alemania, de “un mundo libre” en el caso americano, de un Estado benefactor a la chilena en el caso de la Unidad Popular).

En un mundo tan inmediatista como el que habitamos, uno influenciado por tecnologías de la información y la comunicación, el antiguo modelo se ve obligado a mutar para sobrevivir. De esta forma, el líder político de hoy utiliza un discurso en extremo simple, binario y emocional (malos versus buenos, reformismo radical versus conservadurismo extremo), como sucede con los casos de Trump, Marine Le Pen y los promotores del Brexit. El líder actual apela más a su historia de vida que a un pasado histórico. Un ejemplo claro de esto es Macron, joven exbanquero que prueba suerte en el terreno político, asociándose con la Socialdemocracia y fundando su propio partido; una especie de self-made man de la política francesa. Por este motivo, el proyecto de largo aliento de antaño da paso a una promesa carente de ideologías, individualista. El líder sigue hablando del “pueblo”, pero ya no desde la comunidad sino que desde el individuo, viéndolo como un “consumidor de derechos sociales”.

Por último, un tercer fenómeno que caracteriza al nuevo modelo, y que se desprende de los dos hechos anteriormente descritos, es la transformación de la política en una mera empresa que gestiona los intereses para los distintos grupos de presión. La política sigue siendo un reducto de lucha por el poder, pero el objetivo ya no es la búsqueda del bien común como ideal intangible, dado que las necesidades cortoplacistas han tomado su lugar. En este peculiar escenario, el partido político pierde su función de origen (ser el puente entre los grupos de presión y el Estado) y se transforma en algo distinto. El micropartido tiene una vida acotada, circunscrita al devenir de su fundador, pero su creación obedece a fines específicos como levantar un candidato a la presidencia. Sucede lo mismo a la hora de buscar una diferenciación del resto.

Los ejemplos abundan en el caso chileno. El más antiguo data del año 1989, cuando Francisco Javier Errázuriz creó la Unión de Centro-Centro con el único objetivo de competir en las presidenciales, diferenciándose de la derecha y la centro-izquierda. La UCC desapareció diez años más tarde, cuando dejó de tener presencia en el Parlamento. Asimismo, Alejandro Navarro creó el MAS con el fin de postularse como candidato a las presidenciales de 2010, Marco Enríquez-Ominami hizo lo propio creando el PRO en 2009 al igual que Andrés Velasco, quien fundó el movimiento Fuerza Pública como una plataforma para las presidenciales de 2013. Fracasado dicho intento, y tras su derrota en la primaria de la Nueva Mayoría, creó en el año 2015 el partido Ciudadanos. Puede que los únicos que escapen a esta regla sean la Revolución Democrática y la Izquierda Autónoma, dos micropartidos que reniegan del viejo orden, pero que paradojalmente tienen ambiciones y objetivos propios de los megapartidos.

Para concluir nos queda una anécdota que grafica la velocidad que caracteriza a este proceso de cambios: tras la victoria de Trump el año pasado, un amigo me dijo medio apesadumbrado: “se nos viene una crisis de las grandes”. “¿Se nos viene?”, le pregunté con sorna. Pero mi amigo tenía razón, ya estamos en plena crisis. El antiguo orden ha caído.



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