Alberto Rojas: “A merced de las olas”

Karl Flach intentó abrir los ojos, pero le pesaban demasiado. Tanteó a su alrededor y solo encontró el frío casco del submarino. La sensación de mareo se mezclaba con un zumbido que llenaba sus oídos, impidiéndole ponerse de pie. Se restregó los ojos con sus puños e intentó enfocar la vista una vez más.

Lentamente las borrosas imágenes comenzaron a tomar forma. Primero fue su mano, luego el piso del submarino, donde comprobó que se acumulaba una pequeña cantidad de agua, lo que claramente era signo de una fisura en el casco. Luego intentó enfocar hacia la popa y gritó el nombre de su hijo.

—¡Heinrich! ¡Heinrich!

El muchacho le respondió al instante, mientras avanzaba a gatas hasta donde se encontraba su padre. Flach lo abrazó con fuerza, como si no acabara de comprobar que lo tenía realmente entre sus brazos. Ese momento era más importante que toda la fama que pudo obtener construyendo el primer submarino chileno el año anterior, 1865. Ni el pago prometido por el presidente José Joaquín Pérez valía tanto como aquel abrazo.

—Padre, ¿qué pasa?

—No estoy seguro… pero al menos estamos a flote —dijo Karl Flach, notando el suave movimiento del sumergible—. Recuerdo que estábamos bajo la superficie, que todo marchaba según lo planeado y de repente…

—Algo nos golpeó, ¿verdad? Nos arrastró…

—Sí —afirmó Flach, rascándose su cabeza—. Y luego apareció esa luz. ¿La viste?

—Por supuesto, era una luz muy intensa —afirmó su hijo—, tan fuerte que no pude mantener los ojos abiertos. Parecía venir de todas partes.

—Debimos haber chocado con algo en la bahía. Tal vez algún buque de carga entrando a Valparaíso o un ancla.

—¿Pero a esa profundidad, padre?

—Tal vez la flota española regresó de El Callao para terminar de cañonear Valparaíso. Eso debe haber sido…

Pero Flach dejó inconclusa esa frase. Sus ojos estaban fijos en la penumbra que se extendía hacia la popa.

—¿Dónde están los demás?

Flach y Heinrich se arrastraron hacia la sección trasera del vehículo, allí estaban las manivelas con que los hombres movían las hélices. De los nueve tripulantes, solo encontraron a tres. Flach alcanzó al que estaba más cerca y lo tomó por el hombro, alejando instintivamente su mano al sentirlo.

—¿Está vivo? —lo interrogó su hijo.

Karl Flach no articuló palabra alguna, petrificado por la imagen que se revelaba ante sus ojos. El tripulante parecía un cuerpo arrugado y marchito, como una uva cuando es dejada al sol hasta convertirse en pasa. Así estaban los tres cuerpos que encontraron en aquel estrecho habitáculo de poco más de 12 metros de largo. Flach y su hijo estaban encerrados con tres momias de piel arrugada, con las cuencas de los ojos vacías y la boca desencajada.

Heinrich contuvo las náuseas y retrocedió nuevamente hasta la proa.

—Dios mío, ¿qué les ocurrió?

—No tengo respuesta, hijo —musitó Flach—. Es como si toda el agua, toda su sangre hubiese sido drenada hasta dejar los cuerpos convertidos en pellejos. Pareciera que llevan décadas en el desierto.

—¿Y qué pasó con los demás? —insistió el muchacho de 15 años—. ¿Dónde está el resto?

—No tengo idea…

—¡Entonces tenemos que salir de aquí! —gritó su hijo—. ¡No puedo respirar!

—¡Cálmate! —le recriminó su padre.

El muchacho lo miró con los ojos llenos de angustia y se echó a llorar. Flach lo tomó entre sus brazos y dejó que se desahogara un poco. Luego secó sus lágrimas con un pañuelo y le indicó que se sentara.

Entonces el ingeniero alemán se arremangó los puños de su camisa, tomó con fuerza la rueda que abría la escotilla y empujó en sentido contrario de las manecillas del reloj.

Pero no ocurrió nada.

Tomó aire y lo intentó nuevamente, logrando un ligero movimiento. Al final recogió del suelo mojado un martillo que siempre llevaba consigo, golpeando varias veces la rueda. Los mecanismos cedieron y la rueda giró libremente, hasta llegar al tope.

Con todas sus fuerzas empujó hacia arriba, abriendo la escotilla. Al instante una bocanada de aire marino llenó el pequeño sumergible, y Flach asomó la cabeza, encandilándose con el sol. Un cielo azul con retazos de nubes lo recibió de lleno.

Las olas se mecían rítmicamente contra su metálica creación. Flach observó el exterior del sumergible hacia la proa y reparó en unas extrañas marcas negras sobre el casco, como si un intenso fuego hubiese dejado quemaduras sobre el acero. Entonces comprobó que el submarino flotaba con libertad en medio del mar, pero muy lejos de la bahía de Valparaíso.

¿Cómo podían estar tan alejados de la costa? ¿Acaso habían sido arrastrados por alguna corriente submarina?

—¿Qué se ve, padre?

—Mar… —respondió con voz grave—. Solamente mar hasta donde alcanza la vista.

Flach se dio media vuelta, intentando encontrar algún punto de referencia a su espalda. Pero sus ojos vieron algo que lo dejó todavía más petrificado que la imagen de los tripulantes. El temerario ingeniero alemán comprendió que ya no estaba en aguas chilenas, ni siquiera en el Océano Pacífico.

A no más de trescientos metros de distancia, surcaban las aguas dos buques de madera. Ambos eran pequeños y toscos, uno ligeramente más grande que el otro, con velas cuadradas. De popa a proa no debían tener más de 40 metros, contando cada uno con tres mástiles. A menos de un kilómetro también se distinguía el perfil de una tercera embarcación que lucía velas triangulares.

La primitiva estructura de esas embarcaciones no desconcertó tanto a Flach como las cruces rojas de cuatro puntas que tenían pintadas sobre sus velas blancas. El viento las hinchaba a cada instante. En el tope del mástil principal se distinguían largos estandartes con escudos que no supo identificar.

Por encima de las barandas, Flach pudo divisar numerosas siluetas que lo apuntaban y corrían por la cubierta. El viento le trajo voces en un idioma que no estaba seguro de comprender, voces que se alarmaban después de verlo.

Sin pensarlo dos veces, el ingeniero alemán empujó a su hijo hacia el interior del submarino y cerró la escotilla con violencia.

—¿Qué pasa? —exclamó Heinrich.

—Ayúdame con el lastre —le ordenó Flach—. ¡Tenemos que sumergirnos!

—¿Por qué? —insistió su hijo.

—¡Solo ayúdame! —dijo Karl Flach, fuera de sí.

El muchacho acató a regañadientes, moviendo hacia la proa los lastres ubicados justo al medio del submarino. La inclinación se dejó sentir de inmediato. Luego encendió una de las lámparas de carburo mientras Flach observaba su reloj de bolsillo. Cuando comprobó que habían transcurrido dos minutos exactos, le ordenó a su hijo estabilizar los lastres.

—Bien —musitó con la mirada perdida—, a esta profundidad estaremos seguros. Al menos por ahora…

—Padre, quiero saber qué viste allá afuera —exigió Heinrich.

Flach lo miró fijamente a los ojos y después lo tomó por el cuello.

—No estoy seguro, hijo…

—Pero por algo debes haber reaccionado así. ¿Acaso viste buques de la flota española?

—Algo así…

—¿Los pudiste identificar?

—Creo que habría sido imposible no reconocerlos.

—¿Y cuántos eran?

—Tres…

—¿Tres buques de guerra?

—No, hijo. Eran tres… carabelas.

 


 

Este cuento se publicó por primera vez en “CHIL3: Relación del Reyno” (Ediciones B, año 2011) y estará incluido en una futura antología que Alberto está preparando con algunos cuentos publicados y otros inéditos.

AR-02-1024x728Alberto Rojas Moscoso (Santiago, 1970) es periodista de la Universidad Diego Portales, con un Magíster en Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile. En 1995 obtuvo el primer lugar en el Concurso de Literatura Juvenil Marcela Paz con su novela La lanza rota. Luego publicó La hermandad del viento (2009), el segundo título de su serie de fantasía épica Leyendas de Kalomaar, galardonado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura como la mejor novela juvenil de ese año. En 2010 publicó junto a otros autores la novela Chile: Relación del Reyno (Ediciones B). Más tarde vieron la luz tres nuevos libros de su autoría: La sombra de Fuego (2011), El medallón del Sol Negro (2014) y La Venganza de la Reina (2015). Ha participado en diferentes antologías del género fantástico en Chile.



Categorías:Tinta y pluma

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