Capítulo 6: El horror en la sombra

Por Aldo Berríos.

Toda la inocencia que tenía de niño la dejé guardada en un guardarropa. Preferí dejarla allá adentro, al lado de las revistas favoritas de mi hermano menor. Porque pese a lo que digan, yo sigo jurando que no son mías.

Recuerdo que junto a mi hermana encontramos un día la primera película porno de nuestra vida. Era un VHS amarillo, por lo que asumimos que se trataba de una grabación familiar. Nos llevamos tremenda sorpresa cuando saltaron las imágenes y los gemidos. Para ponerme en contexto, no tendríamos más allá de diez y doce años respectivamente. Ese fue mi despertar sexual, porque desde entonces (en este caso hablo de mí, porque no tengo ni la menor idea de cómo lo vivió mi hermana por su lado) me dediqué a verla cada vez que mis padres salían a hacer trámites. La cinta era una especie de «Los ángeles de Charlie», pero cada misión se pagaba con sexo. Toda una joya del séptimo arte.

Yo elegí ocultar mi inocencia porque la gente me la estaba ensuciando. Así va a seguir todavía sanita para cuando me ponga senil y olvidadizo. Solo espero recordar dónde la dejé, porque a los viejos siempre se les pierden las cosas.

Otro motivo que tuve para esconder algo así de importante, fue mi imperiosa necesidad de guardar lo que me importa. Recuerdos y tropiezos. También suelo escribir en un diario de vida los nombres de todas las personas a las cuales he engañado; con nombre, apellido, fecha y razón para levantar mi calumnia.

Aceptémoslo, siempre hay un motivo de peso para abolir la verdad. Cada tres meses me pongo a revisar mi lista, entonces descubro lo bueno que me he vuelto mintiendo. Al principio solo tenía un par de personas a las cuales les regalaba falsos testimonios, pero durante mi última revisión aparecieron cincuenta víctimas nuevas. Casi todas son mujeres.

Sonará gracioso, pero aparentemente soy mucho mejor mintiéndoles a las niñas. Por este motivo, creo que necesito blanquear un poco mi lista. Todavía no tengo claro si quiero perfeccionar mi arte, o si de una vez por todas dejaré de mentir. Porque esto se asemeja mucho a un vicio: lo dejas de golpe o lo sigues haciendo para siempre. Todo eso de abandonar los malos hábitos gradualmente son puras patrañas. A nadie le ha funcionado planificar su sanidad mental. Este vendría a ser uno de los campos de la semántica en los que apoyo la radicalidad, porque la lucidez suele ser una ruta bastante desoladora. Y solitaria, también muy solitaria.

La primera vez que mentimos lo hacemos por probar, pero la que sigue es por placer, para disfrutar de esas sutiles diferencias que tiene cada sabor. Pero la tercera es la mejor de todas. Lo digo con un cigarro en la mano: con esa tercera mentira comprobamos el vicio. Nuestra falta de control.

Yo me muero de ganas de fumar todo el tiempo, incluso mientras fumo. Como además tengo voces en la cabeza, casi siempre hago lo que se supone que no tengo que hacer. Ellas son las culpables de mi desdicha, me hacen caer una y otra vez en tentación para que nunca me ponga de pie.

Solía ser muy distinta mi vida, antes la sangre no me pedía pecar tan a menudo. Pero lentamente me he convertido en un ser insaciable. Ahora herir a otros solo implica un daño colateral. Son gajes del oficio.

Porque no hay forma de ganarle a la justificación, gracias a ella podemos repetir ciertos patrones e incluso sentirnos víctimas de las circunstancias. Por ejemplo, yo suelo tener mi lista de fementidos a mano para no descuidar lo que digo. Prefiero vivir amarrado a esos errores, sin siquiera imaginar la posibilidad de subsanarlos. Quizás entienda algo nuevo cuando se me agote el papel de registros, pero al menos me siento en paz con mi honestidad sostenida en tres patas.

El estigma es que algún día habré de sangrar por otra persona. Suena metafórico, aunque no lo es tanto. Porque el precio de mi privacidad se asemeja mucho a una merecida bofetada. Y yo las recibo feliz de la vida, ya que cuando me las dan recién entiendo que he dejado mi huella. En otras palabras, cuando le hago daño a alguien reconozco una señal de importancia en medio de la nada. De eso se trata el horror en la sombra, a pesar de que todavía tenga en mis manos el bendito VHS amarillo.