Capítulo 7: El cautivo de la fortaleza

Por Aldo Berríos.

Trabajar como profesor suena hermoso, es un sueño que pocos tienen la suerte y paciencia de cumplir. Sin embargo, a otros les dura casi nada el entusiasmo, esa es la realidad. Algunos odian enseñar porque detestan compartir sus conocimientos.

Como para los egoístas todo se trata de ellos mismos, entiendo que les moleste y hasta los descoloque la falta de hambre de sus alumnos. Detestan ver cada día esas caras de idiotas, esos ojos perdidos, aquella desidia frente al estudio. Porque cuando alguien bosteza en plena clase, un profesor deja de tomarse en serio. Quizás por eso van perdiendo la empatía. Cuando un mensaje se pierde entre el emisor y el receptor, algo precioso comienza a desvanecerse. Y cuando eso sucede, créanme que se pierde para siempre.

Yo entiendo perfectamente a esas monjas que usaban reglas pesadas hace mucho tiempo atrás, de esas que golpeaban a sus alumnos cuando andaban en la luna. Porque claro, esos setenta centímetros representaban el peso de su propia ley marcial. Los que han podido apreciar la otra cara de la moneda, sabrán que cualquier esfuerzo parece en vano cuando alguien se niega a aprender. Cada quien tienen sus excusas para no hacerlo, dignas de escribir, lo cual también vendría a representar una paradoja.

Por este motivo, las monjitas castigadoras son mis heroínas; porque los niños se están volviendo cada vez más malcriados y caprichosos. «Quiero esto», «necesito esto otro». No hay nada peor que escuchar esas dos palabras: quiero y necesito. Aunque claro, también está todo ese rollo del «me merezco».

Para un educador, hay un engorroso y arduo camino entre querer algo y obtenerlo, con una influencia directa de la crianza. No cabe duda que en la presencia o ausencia de los padres se comienza a armar la personalidad de los niños. Antes era menos complicado, ya que el respeto estaba relacionado con el miedo y así lo entendíamos nosotros los críos. En aquel entonces exudábamos obediencia.

Aunque no les teníamos tanto cariño a nuestros torturadores, al menos adquirimos modales decentes. Una cosa por otra. Los profesores funcionaban como un complemento de la vida familiar, porque la educación ya venía inculcada de casa. A golpes y patadas nos volvimos disciplinados, aptos para enfrentar un futuro que tarde o temprano también habría de maltratarnos. Por lo demás, un coscorrón de vez en cuando no le viene mal a nadie. Yo todavía extraño que me pateen cuando me equivoco, necesito el castigo y la reprimenda para descubrir el camino correcto.

Pero eso queda entre mis padres y yo, son secretos que me enderezaron y que todavía me ayudan a crecer como persona. En una actualidad como la nuestra, una impregnada por los medios de comunicación, parece comprensible que se haya relegado tanto el rol de los padres. Si los pendejos saben más que uno con el celular en la mano. Así no se puede enseñar nada. Sin ningún filtro, hemos depositado en manos de otros la educación de los locos bajitos. Porque si antes nos hacían callar para que hablaran los mayores, ahora ellos guardan silencio solamente para que los eduque una pantalla.

Yo me pregunto si será tan anormal tenerle cariño al dolor, al castigo, cuando en cada esquina me encuentro con un mocoso insolente. Ya sé, estoy mal, la violencia nunca sirve en este mundo perfecto. Resulta que la educación tiene su derecho comprado a ser inservible. Hasta ahí llega mi vocación de maestro. De todas maneras, prefiero evitar subirme a ese podio, ya que me gusta aprender. No hay caso, siempre seré el alumno.

La infelicidad me ha llevado a vivir en un perpetuo estado de hambre, comiendo bayas y frutas que saben a nada. El doctor me ha recetado reposo y diversión, vestido con esa túnica blanca que te obliga a obedecerlo. Porque esos tipos estudiaron para ser respetados, si hasta les dicen que son mejores que el resto. Cuando uno de ellos te dice que «bajes el ritmo», uno deja de bailar y se pone serio.

¿Pero quién habrá inventado todo eso de trabajar? Tamaña barbaridad. De seguro fue un ocioso y un masoquista que quiso someternos. ¿Quién más podría idear un estilo de vida que te chupa el alma para que luego te lo paguen con papelitos cochinos? La plata, que le llaman. Para mí no es otra cosa que una atrocidad.

Recuerdo que una vez viajé bien lejos, a otro país, en donde me pareció que el dinero era de juguete. No debo haber estado tan equivocado, porque al final todos lo tenían. Todos lo usaban y lo perdían. Yo por eso me robo las cosas, porque para mí son meros juguetes. Porque cuando alguien sufre por un juego, sigue siendo un niño. Y yo soy grande, nada más me tienen cautivo en esta fortaleza llamada sociedad.