Ya no habrá una próxima vez

A plaque marking Chris Cornell's gravesite appears, covered in guitar picks, flowers, photos and notes, following the late singer's funeral at the Hollywood Forever Cemetery on Friday, May 26, 2017, in Los Angeles. (Photo by Chris Pizzello/Invision/AP)

Por Lorena Leigh.

La mañana del 18 de mayo tomé el bus 504 en Francisco Bilbao, con dirección al centro. Llovía copiosamente. Una gotera en el asiento contiguo hacía el papel de metrónomo, mientras los automovilistas sorteaban las anegadas pistas de Santiago.

Ese día quedará grabado en mi retina. Menos mal que me encontraba sentada cuando leí aquel tuit: “Muere a los 52 años Chris Cornell”. Volví a leerlo en voz alta mientras entraba en un túnel sordo. Podía ser un engaño, como tantas otras noticias que se leen a diario. Pero no, porque muy pronto la noticia se expandió por las redes sociales. Cuando la BBC se sumó al trending topic, solo atiné a retuitear: “¡No!”.

Incluso me pasé un paradero. Continuaba lloviendo, pero mi paraguas permaneció cerrado. Caminé unas cuantas cuadras y entré a un banco para sacar algo de plata. Revisé tres veces que no hubiera dejado mi tarjeta en el cajero. Tomé el bus de regreso, pero le erré al número. Me vine a dar cuenta cuando ya llegaba a Marín por Salvador. ¿A qué había ido al centro?

Supe de Chris desde sus inicios, con Soundgarden el año 84, porque tenía un pololo DJ que trabajaba en Radio Carolina y me mantenía al tanto del acontecer musical. Mi oreja era más popera en ese entonces y lo dejé pasar.

Veintitrés años después a alguien se le ocurrió traerlo a Chile. En solitario. La promoción sonó como bombo en fiesta, especialmente con las canciones Be yourself y Like a Stone, del grupo AudioslaveSi mi motivación hubiera sido más poderosa que solo encontrarlo mino, de seguro habría comprado tickets para ir a Espacio Riesco. Mi experiencia en conciertos me decía que con suerte lo vería en una pantalla gigante. Prefería admirarlo con un buen par de audífonos, en la comodidad de mi computador.

Con nuestra banda decidimos tocar esos dos covers, y como me reconozco matea, busqué todo el material que existiera para practicar. No exagero si digo que vi los videos unas cien veces. Hasta que sucedió lo inevitable y me enamoré. Las versiones de estudio me llevaron a su voz, mientras que los enfoques de sus presentaciones en vivo me guiaron hacia su mirada. La esencia del grunge estaba en ese tono apático, depresivo, desencantado y marginal. ¡Qué virtuoso que era al mismo tiempo! Y su mirada podía mutar de la ira a la melancolía en cosa de segundos. Siempre en lontananza.

En 2009 vino al Pepsi Fest, en 2011 a Maquinaria y en 2014 a Lollapalooza, pero ni siquiera hice el intento de ir. No sé, como que los festivales con tantas bandas no fueron hechos para mí. Chris sería uno entre tantos y yo lo quería en exclusiva.

Cuando vino el año pasado, lo hizo el mes de mi cumpleaños y en el Teatro Municipal. El autoregalo perfecto en el escenario ideal. Cercano e íntimo. Luché por mis entradas y no faltó el pero: la página web estaba caída, la conexión no funcionaba bien… En cosa de segundos se había vendido todo. Cierto, el lugar era pequeño, ¿pero tan rápido? Luego se abrió un segundo concierto, y un tercero. Pero no lo logré. “La próxima, sin falta”, me dije, tratando de convencerme de que yo quería ver un despliegue magnífico. A sabiendas de que un unplugged era lo soñado. Al parecer no peleé por mi entrada lo suficiente.

La mañana del 18 de mayo supe que no habría una próxima oportunidad. El mundo se me vino encima. Mi cabeza fue incapaz de concentrarse y mis dedos se mantuvieron pegados al teclado del computador: Twitter, Facebook y las páginas de las radios rockeras. Las actualizaciones del tuit original decían que Chris se había presentado un par de horas antes con Soundgarden en Detroit, que se había mantenido alejado de las drogas, que podía ser un suicidio, que no mostró indicios de estar deprimido, que estaba tomando Ativan, incluso que se había despedido con la última canción. Yo solo repetía en mi cabeza: “No puede ser”.

Me fui a acostar pensando en lo afectada que estaba. No podía ser solamente su voz y su mirada. La razón era su edad. Y es que uno cree que si llegaste a los cincuenta años, es porque la hiciste. Que cualquier depresión que hayas sufrido, ya fue superada. Se supone que vas de vuelta.

El último video que vi la noche del 18 de mayo fue un concierto de Linkin Park en el que Chris aparece al minuto 3:00 cantando: “I´ve felt this way before, so insecure”. Desagarrador. Luego, a coro, repite tocándose el estómago: “These wounds they will not heal. Fear is how I fall. Confusing what is real”.

Es un hecho. Ya no habrá una próxima vez.